Capítulo 7: Bajo las luces
La semana después de firmar el contrato fue un torbellino de preparativos. Mi mamá, Perla, se transformó en una productora implacable. Hablaba por teléfono con Eduardo decenas de veces al día, discutiendo conceptos, vestuarios, horarios. Recibimos paquetes con ropa: lencería fina de encaje, medias de red, corsés, tacones altísimos. También juguetes nuevos, específicos para las grabaciones: consoladores de silicona médica en tonos carne y colores vibrantes, vibradores inalámbricos que podían controlarse a distancia, pinzas de pezones con perlas, arneses de cuero de alta calidad. Cada objeto era una promesa de lo que vendría.
—La primera sesión es mañana —anunció mi mamá una noche, mientras probábamos unos bodys transparentes frente al espejo—. Eduardo quiere empezar con algo “íntimo pero potente”. Una escena solo nosotras dos, para establecer nuestra química en cámara. Después, si sale bien, filmaremos con los chicos.
—¿Qué tipo de escena? —pregunté, ajustando las tirantes del body negro que dejaba mis pezones completamente visibles.
—De iniciación —dijo ella, acercándose por detrás y rodeando mi cintura con sus brazos. Nuestros reflejos se superponían en el espejo, dos mujeres desnudas bajo la tela transparente—. Yo, la madre experta, enseñándote, mi hija virginal, los placeres del cuerpo. Pero con un giro: la virginal ya no es tan virginal, ¿verdad? —Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando los pezones—. Será más bien una demostración de cómo una madre puede llevar a su hija a nuevos niveles de éxtasis.
Me excitó la idea. Ser observadas, pero con un propósito. No solo por el placer inmediato, sino para crear algo, para capturar nuestra lujuria y venderla. Era un nuevo tipo de poder.
Al día siguiente, un coche con chofer nos recogió a las diez de la mañana. No iba a la casa de Eduardo, sino a un estudio profesional en una zona industrial reformada. El edificio era discreto, sin letreros, con una entrada de metal y un interfono. Eduardo nos recibió personalmente. Vestía ropa casual pero impecable: jeans negros, camiseta gris, gafas de sol a pesar de estar bajo techo.
—Bienvenidas al estudio —dijo, sonriendo—. Aquí es donde la magia sucede.
Nos guio a través de un pasillo blanco y bien iluminado hasta una puerta pesada que se abría a un espacio enorme. El estudio era como un loft industrial, con techos altos y vigas de metal, pero transformado en un set de cine. Había varias áreas definidas: un rincón con una cama grande y sábanas negras, otro con un sofá de cuero rojo, otro con una bañera de hidromasaje empotrada en el suelo. Las paredes estaba