Capítulo 5: La sala de los espejos
La semana que siguió a la noche con Eduardo fue un largo, lento, húmedo suspiro. Mi cuerpo, marcado por la doble penetración y por la verga de Eduardo, se recuperó con una rapidez que me asustó. Los moretones en las caderas se volvieron amarillos y desaparecieron. La sensación de estar abierta, violada, se transformó en un cosquilleo persistente, una memoria física que me hacía mojar la ropa interior en los momentos más inoportunos. En clase, durante una exposición aburrida sobre la Revolución Mexicana, de repente recordaba la lengua de Eduardo en mi clítoris y tenía que cruzar las piernas con fuerza, respirando hondo para disimular el rubor. Mi cuerpo ya no era mío; era un instrumento que había sido afinado por manos expertas y ahora resonaba con ecos de placer que no se apagaban.
Mi mamá, por su parte, estaba en un estado de excitación permanente. Se movía por la casa como un tigre enjaulado, sus ojos oscuros brillando con una luz que yo ya reconocía: la luz del próximo juego, de la próxima transgresión. Hablábamos poco de lo que había pasado, pero estaba en cada gesto, en cada roce casual. Cuando pasaba detrás de mí en la cocina, su mano se deslizaba por mi cintura, se metía bajo mi camiseta y pellizcaba un pezón. Cuando me sentaba a ver la tele, ella se arrodillaba frente a mí y, sin decir nada, me bajaba los shorts y me lamía hasta que me venía, rápida y silenciosa, mientras yo mordía mi puño para no gritar. Era su manera de reafirmar su propiedad, de recordarme que, aunque otros hombres me hubieran poseido, yo seguía siendo suya.
—Te extrañé esa noche —me susurró una tarde, mientras me tenía contra la pared de la cocina, sus dedos enterrados en mí por detrás—. Ver cómo te corrías con la verga de otro hombre… me puso tan caliente que pensé que me iba a venir solo con mirar. Pero también me dio celos. Quiero ser la que te haga gritar así. Siempre.
—Lo fuiste —jadeé, sintiendo cómo sus dedos me abrían—. Siempre lo eres.
—No suficiente —dijo, y me dio una nalgada fuerte que me hizo gritar—. El viernes va a ser diferente. Voy a participar. Voy a follarte delante de ellos. Voy a follarlos a ellos. Voy a ser la puta más guarra de la habitación, y tú vas a verme. ¿Te gusta eso?
—Sí —gemí, y era la verdad.
La invitación de Eduardo para el viernes siguiente llegó por mensa