Capítulo 3: Complicidades de sangre
La verga de Rodrigo estaba ahí, a centímetros de mi entrada, y mis piernas abiertas hasta doler por las manos de mi mamá. El aire se me había ido de los pulmones. Solo veía su punta rosada, gruesa, apuntándome como un dedo acusador. Sentía el calor que salía de ella, un calor animal que me quemaba la piel aun sin tocarme.
—Respira, preciosa —susurró mi mamá, sin soltar mis rodillas—. Relájate. Se va a sentir rico. Imagina que es un dedo grande, nada más. Tu cuerpo está hecho para esto.
Yo traté de respirar, pero el aire me salía en jadeos cortos. Rodrigo me miró a los ojos, buscando confirmación. En sus pupilas vi mi propio reflejo: una chica asustada, pero con las tetas apuntando al techo y la panocha brillando de excitación. Yo, con la cabeza enterrada en los cojines, asentí. No podía hablar. Él sonrió, un gesto tenso por la excitación, y empujó.
El dolor fue agudo, punzante, como si me partieran por la mitad con un cuchillo caliente. Grité, un grito ronco que no reconocí, y mis uñas se clavaron en la tela del sofá. Mi mamá apretó mis piernas con más fuerza, inmovilizándome.
—Tranquila, ya pasa, ya pasa —murmuró, acercando su rostro al mío hasta que nuestras frentes se tocaron—. El dolor se va rápido. Aguanta, mi vida. Aguanta por mamá.
Rodrigo no entró de un solo golpe. Se detuvo cuando solo la cabeza estaba dentro. Yo sentía esa presión extraña, invasiva, como si mi cuerpo protestara por la intrusión. Jadeaba, con lágrimas asomándose en las esquinas de mis ojos. Él esperó, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a la sensación. Su respiración era pesada, controlada. Podía ver el sudor en su frente.
—¿Estás bien? —preguntó, su voz ronca.
—Sí… —logré decir, aunque la palabra salió quebrada.
—Bien —dijo mi mamá, y su mano bajó desde mi rodilla hasta donde nuestros cuerpos se unían. Metió un dedo, rozando la base de su verga y mi piel estirada, y ese simple roce me hizo estremecer—. Mírala, Rodrigo. Ya se está mojando otra vez. A su cuerpo le gusta, aunque su cabecita diga que no.
Era verdad. A pesar del dolor inicial, una humedad caliente volvía a brotar de mi interior, lubricando donde antes había sequedad y resistencia. Rodrigo empezó a moverse. Lentamente al principio, sacando casi todo para volver a entrar. Cada embestida era más profunda, más segura. El dolor se diluyó, reemplazado por una sensación de plenitud que me hizo gemir. Era extraño, invasivo, pero… rico. Muy rico. Sentía cada centímetro de él dentro de mí, cómo llenaba espacios que no sabía que existían.
—Así —alentaba mi mamá, observando cada movimiento con ojos brillantes, como un ávido espectador de una obra de teatro obscena—. Más rápido, Rodrigo. Ella ya está lista. Se le está poniendo la piel de gallina, ¿ves?
Rodrigo obedeció. Su ritmo se aceleró, sus caderas chocando contra mis muslos con un sonido húmedo, obsceno, que se mezclaba con nuestros gemidos y la música de jazz que aún sonaba de fondo. Yo me dejé llevar, mis gemidos se volvieron continuos, un quejido animal que no reconocía como mío. Mis manos ya no estaban en el sofá; una se aferraba al brazo de mi mamá, la otra se enterraba en el cabello de Rodrigo cuando él se inclinaba sobre mí.
Mi mamá se inclinó y me besó, metiéndome la lengua en la boca mientras su hija era follada a unos centímetros de su cara. Era demasiado. Demasiados estímulos. Su sabor a vino y a mí, el olor a sexo y sudor en el aire, el sonido de los golpes de Rodrigo, el crujido del sofá. Me perdí en la sensación. Dejé de pensar. Solo sentía.
—Me voy a venir —anunció Rodrigo, apretando los dientes, sus músculos abdominales tensándose bajo mi vista.
—Adentro —ordenó mi mamá, separándose de mi boca, sus labios brillantes de saliva—. Quiero ver cómo le llenas la panocha. Quiero ver su carita cuando sienta tu leche.
Rodrigo empujó una última vez, profundo, hasta que nuestras pelvis chocaron, y se detuvo. Sentí su verga palpitar dentro de mí, una serie de espasmos poderosos, y luego una oleada de calor a través de la fina goma del condón. Él gruñó, un sonido gutural, y su cuerpo tembló sobre el mío. Yo, por mi parte, sentí otra ola d