Capítulo 6: La Invitación del Diablo
Las cuarenta y ocho horas se extendieron ante nosotros como una llanura desolada bajo un cielo plomizo. El mensaje, con su ultimátum preciso y su tono de fría superioridad, había congelado el tiempo en nuestra habitación. Después de un silencio que pareció durar una eternidad, mi padre, Rodrigo, fue el primero en romper el hechizo de terror. Se levantó de la cama con movimientos lentos, pesados, como si cada músculo le pesara una tonelada. Fue a la ventana y abrió las persianas por completo, dejando que la luz plateada de la luna llena bañara la habitación, iluminando nuestros rostros pálidos y nuestros ojos oscuros por la falta de sueño y el miedo.
—No vamos a llorar —dijo, su voz no era fuerte, pero tenía una cualidad de acero que nos obligó a mirarlo—. El llanto no nos salvará. El miedo tampoco. Tenemos dos días. Dos días para pensar, para planear, para decidir qué diablos vamos a hacer.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó mi madre, Claudia, su voz un hilo roto—. Tiene fotos, videos… nos puede destruir. Si no vamos a la policía, nuestra única opción es… es hacer lo que pide.
—¿Dejarlo entrar aquí? ¿Dejarlo que se una a… a esto? —Renata señaló vagamente la cama, el espacio donde habíamos hecho el amor y la guerra horas antes—. Esa persona es un monstruo. Un depredador que se alimenta del miedo. Si cedemos, nunca se irá. Siempre querrá más.
—Ella tiene razón —dije yo, sentándome en la cama, la sábana fría contra mi piel desnuda—. Si cedemos ahora, nos tendrá para siempre. Seremos sus títeres. Pero si nos negamos…
—…nos destruye —completó mi padre, volviéndose hacia nosotros, su perfil recortado contra la luna—. Esa es la trampa perfecta. Cedes y te posee. Te niegas y te aniquila. —Hizo una pausa, sus ojos recorriéndonos—. A menos que cambiemos las reglas del juego.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Renata, inclinándose hacia adelante.
—Que en lugar de ser las víctimas que reaccionan, nos convertimos en los cazadores que tienden una trampa —dijo mi padre, y en sus ojos vi un destello de esa ferocidad calculadora que usaba en los negocios difíciles—. Él quiere venir aquí. A nuestro territorio. Eso es una ventaja para nosotros, no para él. Conocemos esta casa. Controlamos el ambiente. Podemos prepararnos.
—¿Para qué? ¿Para matarlo? —susurró mi madre, horrorizada.
—No —dijo mi padre rápidamente—. No somos asesinos. Pero podemos obtener algo de él. Pruebas de su identidad. Algo que podamos usar para chantajearlo a cambio. Un seguro. O… podemos humillarlo, someterlo, como hicimos con Dante, pero de una manera que le deje claro que si nos toca, caerá con nosotros.
La