Escamas y cenizas
El reino de Auralia, su capital Piedraluna (ciudad-fortaleza de mármol y gárgolas), la corte medieval con sus rituales políticos, matrimonios diplomáticos y el culto a la Llama Eterna.
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El reino de Auralia, su capital Piedraluna (ciudad-fortaleza de mármol y gárgolas), la corte medieval con sus rituales políticos, matrimonios diplomáticos y el culto a la Llama Eterna.
Un reino medieval asentado entre montañas de pizarra y costas brumosas. Su capital, Piedraluna, es una ciudad-fortaleza de torres de mármol gris y murallas talladas con gárgolas. La corte rige mediante alianzas matrimoniales, juramentos de sangre y el culto a la Llama Eterna
Isavel se miró en el espejo de plata pulida y no reconoció a la mujer que la miraba. El traje de novia era una cascada de encaje blanco y perlas cosidas a mano por las monjas del convento de Santa Vera. Le cubría hasta la garganta, le apretaba las costillas y la hacía parecer un cadáver amortajado.
Kael Drakkarth llevaba cuatro meses en Piedraluna, y en ese tiempo había aprendido tres cosas sobre los humanos.
La noche en que todo cambió, Isavel fue convocada al Salón del Trono.
No hubo vacilación, no hubo cortesía. Kael la tomó por la nuca con una mano que ardía y la atrajo contra sí, y su boca encontró la de ella con una precisión que no era humana, que era instinto puro, la certeza de un depredador que ha encontrado lo que buscaba. Isavel abrió los labios bajo la presión
No anunció su visita. Simplemente apareció en la puerta del ala oriental, una anciana encorvada envuelta en mantos negros, con los ojos lechosos de quien ha visto demasiado y ya no puede dejar de ver. Los guardias no quisieron detenerla: había algo en ella que hacía que la mano se negara a empuñar
Cuando Kael le contó lo que Mora había visto, no se asustó. Se enfureció. Tres siglos de mentiras, de rehenes encadenados, de reliquias robadas, de matrimonios forzados para mantener un sistema basado en el miedo y la desconfianza. Y ella, la princesa que debía ser la pieza sacrificable
Se alzaba sobre la llanura de ceniza como una torre negra vomitando humo, y a su alrededor, el terreno era un laberinto de roca volcánica enfriada, de ríos de piedra solidificada que formaban puentes y arcos naturales. No había vegetación. No había agua. Solo fuego y piedra y el rugido subterráneo
Vaelith le pidió a Isavel que sostuviera una llama. No una antorcha, no una vela: una llama desnuda, sin combustible, flotando en su palma. La prueba de la Alianza de Fuego era antigua y simple: si el fuego humano podía arder sin consumirse, sin quemar a quien lo sostenía
Era una columna de acero y estandartes que serpenteaba por la llanura de ceniza como un río de metal. Diez mil hombres, ataviados con las armaduras negras y plateadas de la corona, con catapultas que lanzaban recipientes de aceite ardiente y ballesteros montados en caballos de guerra.
No fue un tratado escrito en pergamino y sellado con cera. Fue una declaración hablada en la lengua antigua y en la lengua humana, pronunciada por Isavel y por Vaelith, lado a lado, frente a los restos de dos ejércitos que habían dejado de luchar.
Años después, en la gran biblioteca de Piedraluna —ahora abierta a dracónicos y humanos por igual—, una niña de cabello negro y ojos ámbar leía un libro que nadie le había dado. Lo había encontrado en un estante que antes estaba cerrado con llave