Esto que les voy a contar es algo real, que me paso ya hace unos años atrás, cuando ya creía que todo estaba perdido (al menos en el tema sexo) ya que todo era muy monótono y aburrido, o al menos las pocas veces que lo hacíamos con mi marido.
Sin mucha pena ni gloria llegué a los cuarenta años, pero realmente no los celebré. Mi hijo y mi hija se habían independizado y se habían mudado de casa, cada uno se fue a alquilar una casa por su cuenta, ambos con sus parejas.
Mi marido Carlos parecía haber perdido todo interés en el sexo. Por la pandemia yo había comenzado a trabajar sola desde mi casa, y cuando la pandemia terminó, mi jefe me bajó las horas de trabajo y solo trabajaba por las mañanas. Así me pasaba la tarde en tareas hogareñas, ordenando mis plantas en el jardín, a veces me pasaba tardes enteras mirando Netflix o alguna otra plataforma, o simplemente me sentaba en el sillón de la sala de estar, preguntándome cosas de mi vida.
Una tarde me fui a visitar a mí amiga Carolina, aprovechando que vive cerca de casa y que ya se podía salir a la calle con normalidad, ella había cumplido los cuarenta el año anterior. Estaba soltera y por todas las cosas que me contaba siempre que hablábamos, parecía estar muy feliz.
Me dijo que el encuentro ameritaba una celebración y abrió una botella de Chianti frío. Después de dos copas comencé a contarle todas mis penas. Ella me escuchó atenta y sorpresivamente me pregunto:
—¿Cuántas veces a la semana te masturbas? …
Me quedé aturdida con lo que me dijo, no sabía a razón de qué venía esa pregunta, me quedé muda contemplándola para entender si me había preguntado lo que había preguntado, volvió a interpelarme:
—Bueno … ¿Cuántas veces? …
Un tanto ofendida le respondí:
—¡Pero yo no hago eso! …
—Bueno … ¡Ahí está tu problema! … ¡Estás frustrada sexualmente! … yo uso mi consolador para aliviar mis tensiones y también miro porno …
Realmente me quedé estupefacta, silente, sin palabras. En los cinco años que la conocía, jamás la había escuchado expresarse así, pensé para mí que tal vez el vino también la estaba afectando. Se acercó más a mí y me rodeó con un brazo, me dijo suavemente al oído como si fuera un secreto.
—¡Oh, querid