Capítulo 4: La Calma Antes de la Tormenta

Los diez días que precedieron a la llegada de Valeria fueron un lento y deliberado entrenamiento en el arte del deseo suspendido. No hubo grandes producciones como la de la piscina o el estudio, sino una corriente subterránea de contacto constante, una educación en los detalles más íntimos. Y en ese período, mi madre, Elena, decidió tomar la iniciativa en un área específica: la adoración oral, pero ahora con un final más completo, más posesivo.

Comenzó una mañana, después de que mi padre saliera a un encuentro temprano con un cliente. Yo estaba en la cocina, preparándome un café, cuando ella entró. Llevaba sólo una bata de seda abierta, y bajo ella, nada. Su mirada era directa, hambrienta.

“Tu padre no estará de vuelta hasta el mediodía”, dijo, acercándose. “Y he estado pensando… hay una parte de ti que no he explorado como quiero, y hoy quiero explorarla toda.”

“¿Qué parte?” pregunté, aunque mi cuerpo ya estaba respondiendo, el calor extendiéndose por mi entrepierna.

“Esta”, murmuró, y deslizó una mano dentro de mi pantalón del pijama, tomando mi pene ya medio erecto. “Y sobre todo… estas.” Su otra mano acarició mi escroto a través de la tela. “Siempre me han fascinado. Son tan… imponentes. Tan masculinas. Pero hoy no solo los voy a saborear. Hoy voy a tomarte por completo.”

Me guió al salón, donde la luz de la mañana entraba a raudales. Me hizo sentarme en el borde del sofá y se arrodilló entre mis piernas. Con movimientos lentos y ritualísticos, me bajó el pantalón y los calzoncillos, liberando mi erección