Capítulo 4: Alianzas de Carne y Confesiones en la Oscuridad

El amanecer del cuarto día en la casa de campo no trajo consigo la luz pálida y tímida de los días anteriores. Un sol feroz, despiadado, atravesó las ventanas polvorientas del ático, cortando como cuchillas de oro el aire cargado de secretos y sudor seco. La casa, después de la noche de transgresiones escalonadas —Camila en la bodega, Valentina y Diego en el dormitorio, Sebastián acechando en las sombras— parecía contener la respiración, como un organismo vivo que digiere una comida demasiado pesada.

Valentina despertó primero, con el cuerpo de Diego aún enroscado alrededor del suyo como una enredadera posesiva. Su piel olía a sexo, a sueño y a la colonia barata de él. El recuerdo de la noche —sus embestidas furiosas, sus palabras de posesión— la llenó de una calma profunda y perversa. Pero debajo de esa calma, como un gusano en la manzana, retorcía la memoria de la biblioteca: los dedos fríos y expertos de Sebastián, su boca calculadora, la sensación de haber sido diseccionada, no devorada. Abrió los ojos y vio la marca roja y amoratada que Diego le había dejado en el hombro al morderla. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. Era suyo. Pero ¿era ella solo suya?

Muy cuidadosamente, se deslizó de entre sus brazos. Diego murmuró algo ininteligible en sueños, su mano buscando su calor ausente. Valentina se vistió en silencio, con un vestido ligero de algodón que la hacía sentir más joven, más vulnerable. Bajó a la cocina, esperando la soledad, pero el aroma a café recién hecho y a tostadas ya llenaba el aire. Sebastián estaba allí, de pie frente a la ventana, contemplando el bosque bañado de sol, con una taza de porcelana fina en la mano. Se había cambiado, llevaba unos pantalones de lino claro y una camisa blanca de lino, abierta en el cuello. Parecía descansado, impecable, el amo y señor de la situación.

"Buenos días, Val", dijo sin volverse, como si la hubiera sentido llegar. "El campo en un día como hoy es casi... benevolente. Casi te hace olvidar lo que se esconde en sus sombras."

"¿Y qué se esconde, Sebastián?", preguntó Valentina, yendo directamente a la cafetera. Su voz sonó más firme de lo que esperaba.

"Lo mismo que se esconde en esta casa", respondió él, volviéndose por fin. Sus ojos grises la escudriñaron, buscando las huellas de la noche, las marcas bajo el vestido ligero. "Deseos. Miedos. Secretos que ya no lo son tanto." Bebió un sorbo de café. "Tu hijo duerme profundamente, supongo. Las pasiones juveniles son tan... agotadoras."

Valentina apretó la taza. "Deja a Diego fuera de esto."

"¿Fuera de qué?" Su sonrisa era inocente, pero sus ojos brillaban con malicia. "Fuera del juego que los cuatro estamos jugando? Imposible, querida. Es el jugador principal. El caballero joven, impulsivo, que cree que ha ganado la partida al conquistar a la reina." Se acercó, reduciendo la distancia. "Pero los juegos de verdad tienen más movimientos. Y más jugadores."

"¿Como tú?"

"Como yo. Y como Camila." Dejó caer el nombre como una piedra en un estanque quieto. "Tu hija