Capítulo 5: El Cebo y la Carnada

La semana que siguió a la noche en el patio fue una de las más largas de mi vida. Cada sonido del otro lado de la barda me hacía saltar. Cada vez que salía o entraba de la casa, mis ojos buscaban instintivamente la ventana de Raúl, ahora siempre con las cortinas cerradas. Pero no era miedo lo que sentía, no realmente. Era una excitación constante, un hormigueo en la piel que no se iba ni cuando estaba arreglando un motor o comiendo. Era la idea de que alguien más sabía. Que alguien más había visto. Y que a ese alguien le había gustado.

Marta andaba como una leona en celo. La vi más veces masturbándose en silencio en la cocina, mirando por la ventana hacia la casa de Raúl, sus dedos trabajando bajo la falda. Valeria también estaba diferente. Más callada, pero con una energía contenida que se liberaba en nuestras sesiones nocturnas con una ferocidad nueva. Usábamos el consolador casi todas las noches, probando combinaciones, dobles penetraciones, juegos donde una era la “puta” y los otros dos la “usaban”. Pero por encima de todo, hablábamos de él.

—Tiene que ser casual —decía Marta, una tarde mientras pelábamos papas para la comida— No podemos llegar y decirle “oye, ¿quieres ver cómo nos cogemos?”. Hay que tantear.

—¿Y cómo se tantea eso? —pregunté, tratando de concentrarme en la papa en mis manos y no en el escote de Marta, que dejaba ver la parte superior de sus tetas.

—Con una invitación a tomar una cerveza —dijo ella—. Un viernes por la noche. Decirle que estamos solos, que pasara a saludar. Y ahí, ver cómo reacciona. Si se pone nervioso, si nos evita la mirada… o si se queda mirando.

—¿Y si se asusta y va a hablar con alguien? —preguntó Valeria, que es