Capítulo 8: El cliente

El dinero cambió todo, y nada. Los veinte mil pesos por la primera sesión se convirtieron en cien mil después de que Eduardo distribuyera el material entre sus suscriptores premium y las regalías empezaran a fluir. Mi mamá, Perla, alquiló un departamento más grande en una colonia más nice, con vista a los edificios de Polanco y, lo más importante, un cuarto extra que transformamos en un estudio casero. No era tan profesional como el de Eduardo, pero tenía luces de anillo, una cámara de buena calidad, un micrófono de solapa y un fondo de terciopelo negro. Era nuestro espacio para crear, para practicar, para grabar contenido exclusivo para nuestros patrocinadores más altos.

Pero lo que no cambió fue nuestra dinámica. Si acaso, el sexo se volvió más intenso, más experimental, porque ahora teníamos juguetes más caros, lubricantes de importación, y la presión constante de superarnos a nosotras mismas para la audiencia. Cada noche, después de cenar, era una sesión de grabación o de práctica. A veces, solo nosotras dos, explorando nuevos fetiches. Otras veces, invitábamos a Leo o a Tomás (o a ambos) para sesiones privadas pagadas por un suscriptor específico. La línea entre nuestra vida personal y nuestro trabajo se desdibujó por completo. Éramos actrices las veinticuatro horas.

Una tarde, dos semanas después de la primera grabación, Eduardo nos citó en su estudio. Llegamos vestidas con elegancia discreta: vestidos de cóctel, tacones, cartera. Él nos recibió con una botella de champán francés.

—Tengo noticias excitantes —dijo, sirviendo el líquido burbujeante en copas de cristal fino—. El cliente europeo del que les hablé, el que pidió la fantasía de la suegra, quiere conocerlas en persona. Está dispuesto a pagar una suma considerable por una experiencia personalizada, no solo grabada, sino vivida.

Mi mamá tomó su copa, sus ojos brillando con interés mercenario y lujurioso.

—¿Cuánto es “considerable”?

—Quinientos mil pesos —dijo Eduardo, sin pestañear—. Por un fin de semana completo. Viernes por la noche hasta el domingo al mediodía. Él se hospeda en la suite presidencial del Hotel Four Seasons. Quiere que ustedes dos sean sus… acompañantes exclusivas. Con todas las implicaciones.

El número me dejó sin aliento. Quinientos mil. Era una locura. Podía pagar la universidad completa con eso, y sobraría.

—¿Y qué implica exactamente? —pregunté, tratando de mantener la voz calmada.

—Él se llama Klaus —explicó Eduardo—. Alemán, cuarentón, divorciado, dueño de una cadena de hoteles. Tiene gustos… sofisticados. Le fascina la dinámica familiar pervertida. Su fantasía específica es la de la suegra que corrompe a la nuera, pero con un giro: quiere que la nuera (tú, Lucía) sea inicial