Tenía veintidós años, cuerpo marcado en el gimnasio y una sonrisa que me abría puertas (y bragas) en toda la facultad de Arquitectura. Siempre había una chica dispuesta a chupármela en los baños del campus o a montárselo en el asiento trasero de mi Jeep. Pero nunca imaginé que un profesor me iba a proponer el polvo más sucio y prohibido de mi vida.

El profesor Ramírez, cincuenta y dos años, jefe de departamento, el típico tipo serio y respetado, me citó en su despacho un viernes por la tarde. Cerró la puerta con llave y fue al grano sin rodeos:

—Raúl, mi esposa Carla quiere un hijo más que nada. Yo soy estéril. Cero esperma. Hemos probado todo. Ella no quiere adopción ni donante anónimo. Quiere a alguien de confianza. Alguien joven, sano, guapo… alguien como tú.

Me quedé helado. Él siguió, voz baja y temblorosa:

—Solo penetración y eyaculación dentro. Nada más. Yo estaré presente, pero no intervengo. Tú la follas, te corres en su útero y listo. Pagamos muy bien. Nadie se entera jamás.

En mi cabeza aparecieron de inmediato las tetas de Carla. La había visto un par de veces en eventos de la facultad: treinta y tres años, cuerpo de escándalo, pelo negro largo, pechos grandes y naturales que se movían bajo las blusas ajustadas, culo redondo y firme de tanto yoga. Siempre me saludaba con una sonrisa tímida que, de repente, cobraba otro significado.

Acepté esa misma noche.

Llegué a las ocho en punto. Ramírez abrió la puerta con cara de tensión, todavía con traje y corbata floja, como si quisiera mantener la