Yo soy un adinerado empresario, y a pesar de mi corta edad (corta para las empresas que tengo a los treinta y tantos años) supe encontrar la manera de hacer mucho dinero en poco tiempo. Quizás tuve un poco de suerte, y la pude aprovecha a mi favor, después de todo, de que sirve la suerte si uno no es capaz de administrarla y hacerla jugar a tu favor, ¿no?

Siempre me consideré un hombre que va por todo, y sobre todo soy muy decidido, si algo lo quiero, voy con todas mis energías para conseguir eso. Todo lo que quiero, lo consigo. Siempre tuve esa virtud, y la verdad es que eso es algo que me define como empresario.

En los últimos años, me dediqué a expandir mis empresas por varias ciudades, viajando mucho y asistiendo a conferencias y foros a lo largo y ancho de todo el continente, buscando promover mis empresas y encontrar aliados para fortalecerme.

El padre de mi esposa, Francisco, es un hombre muy adinerado de 69 años. Yo lo conocí hace ya unos años en un foro internacional para presidentes de empresas y por razones de piel simpatizamos enseguida a pesar de ser el 35 años mayor que yo. Creo que se impresionó por ver que a mi edad tenia los cojones suficientes como para mantener mi propia compañía, y la amistad se hizo genuina y rápida.

Al tiempo de frecuentarnos profesionalmente, conocí a su hija y me enamore de ella. Francisco no opuso resistencia. Al fin de cuentas era evidente que la unión sería más que algo sentimental una virtual fusión de capitales.

Un año después de mi matrimonio, su esposa falleció y un año más tarde, luego de un viaje, el anunciaba que había contraído en secreto nuevas nupcias con otra mujer, desconocida para todo su entorno familiar y 25 años menor.

Recuerdo bien esos tiempos. Mi esposa era una furia de celos, y, siendo muy moralista, estaba escandalizada.

Creo que por eso Francisco demoró en presentarla formalmente. Sin embargo, y gracias a nuestra amistad, me confeso que Sandra (ese era su nombre) había sido un gran consuelo en su vida.

Por consejo mío, accedió a presentarla en una reunión social que brindaría en su mansión junto a nuestras amistades. Yo supuse que en público mi esposa lo soportaría mejor.

Lo que no podía suponer era que el verdadero peligro era yo mismo. Y me di cuenta en cuanto vi a Sandra por primera vez.

Ella resultó ser de alta clase. Refinada, esbelta, de un rostro precioso que cuadraba perfecto a sus 45 años. Aunque su esbelto (¿o debo decir escultural?) cuerpo parecía de 30. Más aún cuando mi primera visión de ella fue enfundada en un vestido blanco entallado, muy escotado para poder lucir unos pechos que se adivinaban firmes y grandes, piernas de gimnasio interminables y san