Con El Sello de Morbo y Placer…
Soy un hombre normal, casado, padre de familia, con un excelente trabajo. Todos me consideran educado y de buenas costumbres. Mi esposa, una bella mujer, que pese haber tenido dos hijos, se conserva hermosa y joven, tiene buena genética y siempre se ha cuidado tiene con un cuerpo divino. Una mujer de pelo rubio rojizo, es alta 1.73m la verdad es una pareja rara, ojos verde claro, un muy buen cuerpo a pesar de los años. Sus medias son 100-62-116 con grandes curas tetas enormes caídas pero bien grande. Nuestros encuentros sexuales siguen siendo aceptables, pero hasta cierto punto bastante monótonos. En muchas ocasiones, pensé que necesitábamos introducir algún cambio. La realidad es que, pese a que todos me consideran un hombre respetable y de buenas costumbres, mis ansias sexuales siempre han sido un extremo que siempre he mantenido tabú, incluso con mi propia esposa.
Me he masturbado con frecuencia viendo pelis porno, observando orgias, e incluso dobles penetraciones. Por ello, en mi interior deseaba ver a mi esposa cogiendo con otro. Se lo había comentado en alguna ocasión, mientras hacíamos el amor para excitarla, como parte del juego erótico, pero sin pensar que alguna vez pudiera ocurrir. Solo imaginarlo en más de una ocasión me había corrido abundantemente. Surgió en un viaje que hicimos a Costa Rica. En varias ocasiones habíamos realizado cruceros, y viajes por nuestra cuenta. Pero aquella vez nos apuntamos a un tour, ya que era más fácil, dado que se encargaban de todo.
Dejamos nuestros hijos con los abuelos y marchamos desde nuestro hogar hasta Costa Rica. Al llegar al aeropuerto, nos recogieron, junto a otras parejas que habían venido de España y de otros países de Europa. Nos dejaron en el hotel, registrándonos, y subiendo a nuestra habitación. Durante la primera noche dormimos algo cansados. Al día siguiente, tras visitar la ciudad, en la noche, cenamos y decidimos bajar a tomar unas copas al bar del hotel. Me fije en mi esposa, la cual posee un cuerpo muy bonito, con unos hermosos y buenos proporcionados pechos, especialmente con unos pezones algo salientes y bastante sensibles, que se le marcan cuando lleva un sostén algo trasparente. Posee unas piernas limpias de varices, bien proporcionadas, con unos muslos firmes y carnosos, rematado en unas nalgas redondas y sumamente atractivas. Esa noche llevaba puesto un vestido largo, que se ajustaba a su cuerpo, mostrando un escote que dejaba ver parte de sus generosos pechos, su bien trabajada, redondeada firme y bien parada. Al verla me di cuenta que los hombres la iban a mirar con lujuria. Ella me miró y me dijo.
--Qué te pasa ¿Me queda mal el traje?
--Al contrario, Salomé. ¡Creo que me voy a poner celoso!.. Los hombres te van a comer con las miradas. -Terminé diciéndole de forma sonriente. Ella contoneándose un poco me contesta.
--¡Si te parece mal puedo poner algo menos provocativo!
--No cariño. Me encanta verte así. Que seas el centro de atención. -Le conteste dándole una palmada en su trasero.
Una vez en el bar, pedimos unas copas en la misma barra. Observé a un hombre casi de mi misma edad, que se hallaba sentado en una mesa. Ya lo había visto a lo largo del día y había venido en ese mismo tour. Miraba con detenimiento y casi admiración el cuerpo de mi mujer. Tanto que me llegue a ponerme celoso. En principio pensé en llamarle la atención. Sin embargo, me tranquilice, pensando que estábamos en otro país, de vacaciones, y hasta cierto punto, me excité pensando que otro hombre mostraba deseo por mi esposa.
--Te molesta si nos sentamos aquí. -Dije el sonrió.
--Para nada por favor.
Como no había mucho sitio libre, nos acercamos a una mesa justo al lado del hombre. No saludamos, y comenzamos hablar. Me di cuenta que no le quitaba la vista a mi esposa. Era un hombre bien parecido, tenía una voz seductora, era un tipo bien parecido, con algunas canas más que las mías, mucho más alto que yo, y cuerpo que en su ropa parecía delgado, pero que mostraba sus músculos, demostrando que se cuidaba.
--Hola mi nombre es Lucas, y el de usted. -Dijo mirando a mi mujer fijamente.
--A hola soy Salome él es mi marido Berto.
Lucas de 46 años, media 1.96m, alto, de cabello negro azabache pintado con algunas canas, de ojos verde mar, piel blanca tostada por el sol, de cuerpo atlético, espalda ancha abdomen marcado, brazos y piernas musculoso, unas manos enormes y cuerpo marcado, pero eso no era nada con su mayor atributo. Pronto me di cuenta que estaba solo, y había venido sin pareja. Sin darnos cuenta, comenzamos hablar largo y tendido, incluso echando alguna broma algo picante. El hombre que dijo llamarse Lucas, no dejó de observar insistentemente a mi esposa mientras hablábamos. Las miradas del hombre hacia el escote de mi señora evidenciaban la admiración del mismo por los pechos de Salomé. Tal admiración se puso de manifiesto cuando aprovechó un momento en que mi esposa se levantó, para contemplar el trasero de la misma. La forma en que observó el trasero de Salomé me confirmó que se sentía atraído por el perfecto culo de mi señora. Tampoco podía recriminarle, hasta yo mismo no pude evitar recrearme contemplando las redondas nalgas de su trasero. Tiempo después nos avisaron los encargados del viaje, que podíamos pasar a tomar unas copas en una zona interior del hotel, donde había una orquesta tocando, y podíamos bailar. A mi esposa se le iluminó la vista, ya que es una empedernida bailadora.
El hombre, decidió entrar con nosotros y además se sentó en una mesa donde había unas butacas y sofás para que la gente pudiera estar a gusto. Mientras pedimos otra copa, continuamos hablando. Realmente parecía una persona muy amable, bastante dialogante. Durante la charla, me percaté que en la forma que estaba sentada mi esposa dejaba entrever parte de sus muslos, ya que la falda del vestido se le subía bastante. Entre copa y copa seguíamos charlando, pero el hombre no le quitaba la vista de encima a mi esposa. La miraba arriba y abajo. Salomé es una mujer muy lista, y se dio cuenta de ello. No obstante, siempre ha sido algo coqueta, comprobando que lejos de molestarle, esas miradas le gustaban. Me sorprendió, dado que cuando la orquesta empezó a tocar una música más lenta, el hombre me dijo.
--¿Te importa si bailo con tu mujer?
Miré hacia Salomé, la cual no me contestó, simplemente se levantó y se fue con el mismo hacia la pista de baile. Comenzaron a bailar, viendo como él la tomó por la cintura, mientras mi esposa, le puso las manos en sus brazos, pero tras la primera pieza, ella le tomó por el cuello, como le gusta cogerme a mí. Me fui agitando al ver como el hombre parecía apretarla contra su cuerpo, sujetándola fuerte por la cintura. Salomé tenía ya algunas copas, y cuando baila suele entregarse en cuerpo y alma a al ritmo de la música. Percibí el pecho de mi mujer casi pegado al torso de aquel hombre que acabábamos de conocer. Hablaban mientras bailaban, y ella le miraba hacia arriba, dada la mayor altura de Lucas. En un momento dado, me di cuenta que mi esposa le miró como increpándolo, notando el rubor en su cara. De hecho, ella decidió volver a mi lado sin acabar la pieza de baile. Note la contrariedad en la cara de mi señora. Algo había ocurrido. Al ver que permanecieron callados, iba a preguntarle a mi esposa, cuando que el hombre me miró y, osadamente me dijo.
--No quiero que te enfades, pero quiero decirte algo que ya le he dicho a tu mujer… tienes por esposa a una mujer preciosa y muy sensual… muy sexy… Me gusta mucho. -Y siguió. --No suelo ser tan directo… pero la realidad es que la deseo.
Me quedé petrificado, sin poder hablar. Jamás pensé que alguien se atreviera a decirme algo semejante sobre mi esposa ante mis propias narices. O aquel hombre estaba ebrio, que no lo parecía del todo, o era un verdadero cretino y atrevido. Casi sin responderle, escuche que me decía.
--Me gustaría de verdad poder… estar con ella...
Le miré a la cara, casi enrojecido. Iba de contestarle increpándolo, y hasta me levanté con la intención de enfrentarme al mismo. No obstante, me retuve, especialmente porque mi esposa me detuvo. Obviamente aquella pretensión me había cogido en fuera de juego. No me lo esperaba. Tampoco llegaba a comprender la osadía del hombre.
--“O era un loco, o estaba borracho” -Pensé yo.
Pero, no parecía ni una cosa ni la otra. Le mire a la cara, percatándome que me lo decía en serio y con toda la intención del mismo.
--Pero… ¿Cómo te atreves a pedirme una cosa semejante?... ¿Quién te has creído que es mi esposa?... ¿Una cualquiera? -El hombre me miró, bastante sereno, contestándome.
--Sé que tienes razón al enfadarte… Por supuesto que respeto a tu mujer, y aunque te parezca incomprensible, no he pretendido ofenderla, ni mucho menos. Ya te he dicho que me parece una mujer muy bella y sensual, que me atrae profundamente. -Se detuvo un momento, tomo un sorbo de la copa que tenía delante, y continuó.
--No creas que soy de los que van por ahí intentando acostarse con las mujeres de los demás… Es la primera vez que me he atrevido, pero no he podido contenerme ante la belleza de tu esposa… Si te vas a ofender, retiró mi propuesta y te pido mis disculpas.
Miré a mi esposa, y me volví a sentar. Realmente aquel señor me había dejado boquiabierto. Noté sinceridad en sus palabras, y eso en el fondo me gusto. Antes de responder hice lo mismo y tomé un sobro de la copa. Luego miré a mi esposa, como preguntándole. Salomé me miró, enrojeciendo, diciéndome. ¿No pretenderás que acepte la propuesta de este señor? ¿Por quién me ha tomado? Ya le dije que me parecía una falta de respeto proponerme tal cosa… le dije que no te dijera nada, pero el insistió.
--Por supuesto Salomé. Jamás permitiré nada que tú no quieras. No se hable más.
El hombre me miró levantándose para marcharse, y me dijo.
--Bueno ya lo dije y no me arrepiento de nada, vale lo siento. Salome no trato de ofenderte ni mucho menos, eres una mujer hermosa por eso lo digo, nada déjenlo así perdonen… No quería ofenderlos, ni molestarlos... Me he equivocado... Lo siento… Pero, repito, no me arrepiento de haberlo intentado… ¡Tienes una mujer envidiable! -Mientras se retiraba, mire a mi esposa. Ella me dice.
--Todavía no me lo creo. ¡Qué cara más dura!
--Relájate cariño. Estamos de vacaciones. Pero, pese a todo reconozco que ese hombre tiene mucho coraje para atreverse a pedirnos algo semejante.
Continuamos un poco más, bebiendo y escuchando la música. Salomé estaba bastante afectada, por lo que la saque a bailar, haciéndola olvidarse de todo. La apreté contra mí, besándola ardientemente, besando su cuello, percibiendo su excitación. En un momento dado, la note intranquila, y ella me dijo que Lucas nos estaba mirando desde otra mesa. Le dije.
--Se ve que le has caído muy bien. Ese hombre este colado por poseerte. -Ella me miró a los ojos, algo sorprendida, como increpándome.
--¿No me digas que te lo estás pensando? ¡Serás cabronazo!
--Relájate, ya hemos hablado en otras ocasiones al respecto. No lo conocemos de nada, y quizás nunca más volvamos a verlo. Tampoco parece mala persona, y, además, esta de muy buen ver… ¡He visto que tampoco te disgustaba!... Pero, yo solo haré aquello que tú quieras. -le termine susurrando. En el fondo, siempre había ansiado una ocasión parecida, y aquella parecía idónea. El problema era convencer a Salomé. Me miró a la cara, agitada ante mis palabras, y me pregunta.
--¿Me estas pidiendo que acepte? ¿Aceptarías que otro hombre me follara?
--Tómalo como una fantasía de la que hemos hablado varias veces. No estamos hablando de infidelidad, ni de traición de clase alguna. Sino de saciar algunas de nuestras fantasías. Volví contestarle.
--¡¡Será tu fantasía!!... ¡Eres un cabronazo!... ¿Te pone que ver que otro hombre me pueda follar? me dijo.
--En todo caso, quiero estar presente. Sé que en el fondo tampoco te disgusta. Solo se trataría de que disfrutaras. La ocasión es idónea, estamos solos, en un país lejano, nadie nos conoce, y el hombre parece estar muy bien.
Le contesté, sabiendo me estaba metiéndome en terreno bastante pantanoso y del que quizás me costaría salir. Esperé el cabrero monumental de mi señora ante lo que le acababa de proponer. Pero, la realidad es que yo también me encontraba cachondo con la idea de ver follar a mi señora con otro. Sorprendentemente no respondió. Seguimos bailando. Mientras bailábamos la continué acariciando, apretándola contra mi cuerpo, animándome a decirle.
--Es normal que ese hombre este salido por ti. Nenita es que estas para comerte.
Ella me miro con cara de auténtica loba. Con una media sonrisa en los labios dirigió su mirada hacia el hombre que no dejaba de ojearnos. Mientras la besaba, le susurré al oído.
--¿Te gustaría que te la metiéramos los dos al mismo tiempo? ¿Te imaginas una polla dentro de tu carnosa y mojada vagina y saboreando la mía en tu boca? -le susurre mientras le mordía el cuello, calentadora al máximo.
--¡Joder Berto! ¿Esta noche no sé qué te pasa? ¡El que está bien salido eres tú! -Me contesto, sin dejar de besarme. Tanto que bajó su mano y palpó mi entrepierna, diciéndome. --¡Que cabronazo de se ha puesto dura!
Volvimos a sentarnos. Me di cuenta, que Salomé, estaba más receptiva, ya que no dejaba de mirar al hombre. Ante ello, le pregunté.
--¿Quieres que lo llame para que vuelva a sentarse con nosotros?
Salomé estaba excitada. Me miró a la cara, pero no me contesto, ni tampoco lo negó. Pero, volvió a mirar hacia donde se hallaba el hombre. Entonces le volví a susurrar.
--¿No te gustaría al menos tocarle la polla para ver como la tiene?
Note como se revolvió en la butaca-sofá. Estábamos en una mesa algo escondida, y la tenue luz apenas iluminaba el lugar. Conocía a mi esposa. Me quedó patente que estaba sopesando todo lo que le estaba diciendo. Noté su cuerpo caliente, agitada, sudorosa. Tenía que arriesgarme. Así que le hice una seña al hombre y, aquel rápidamente volvió donde nos encontrábamos. Lucas, llegó, se sentó junto a nosotros, en la misma mesa, justo al lado de Salomé. Mi esposa enrojeció, mirándome a la cara, sin atreverse a decir nada. No obstante, le levanté un poco el vestido, más arriba de la rodilla. Al momento, los ojos de Lucas se clavaron en los hermosos muslos de mi mujer. Ella no se atrevía a mirarlo, percibiendo la agitación de su cuerpo. Le puse mi mano sobre uno de los muslos, al tiempo que comencé a besarla. Con señas, inste al hombre a que pusiera una de sus manos sobre el muslo de mi esposa. Note el estremecimiento de mi mujer al percatarse de ello, reaccionando y retirándola al momento, pero sin decirle nada. Mire al hombre para que se atreviera de nuevo a colocar la mano, ella lo volvió a intentar separar, pero esta vez sin tanta fuerza.
--Relájate amor. -Al ver que le decía que se relajara, permitió que el hombre le siguiera acariciando el muslo.
Yo le estaba dando una sobada completa a mi mujer, calentándola al máximo, lo que permitió a Lucas, ir subiendo con su mano por la pierna de Salomé, introduciendo su mano bajo el vestido, acariciando el interior de los muslos, acercándose cada vez más a la braguita.
Pese a que mi esposa intentaba detenerlo, percibí que lo hacía tenuemente, sin mucha decisión. Lucas, me miró mientras masajeaba la entrepierna de mi señora. Salome, se comenzó a revolver en el sofá, al sentirse masajeada por dos hombres, sin dejar de besarla, y acariciar sus pechos. Me miró a la cara, como en señal de reproche, lanzando su mano sobre mi entrepierna, y palpando con dureza mi pene. Note el respingo de mi mujer cuando el hombre alcanzó sus braguitas. Intentó apartar la mano, pero aquel continuó, acariciando la suave tela de la tanga que llevaba, especialmente donde se sabía que se ubicaba la raja.
--Oh no ahí no….
--Relájate... Solo te está acariciando. -Le susurré. --No pasa nada.
Lucas, cada vez más incisivo, metió unos dedos por los laterales de la tanga, entre los vellos bien recortados de la vagina de mi señora, alcanzando por primera vez los labios vaginales. Mi mujer me miró, diciéndome.
--¡Haaaaaahh hummmm! ¡Meeee, meeee, meeee! ¡Me está tocando el coño!
--Está comprobando si lo tienes mojadito cariño… ¿Lo tienes?... Contéstame… ¿Lo tienes bien mojadito? -le pregunté morbosamente, para calentarla aún más. Ella por toda respuesta, me apretó aún más mi polla sobre el pantalón.
--Oh... nooooo. -Exclamo mi esposa.
Mirando hacia el hombre, comprobando que le había apartado la tanga, y estaba pasando sus dedos por los labios vaginales, abriendo la concha, e investigando el interior. Note que se apretó fuertemente a mí, intentando cerrar sus piernas, impidiéndoselo el hombre, quien más agresivo, y ante mi sorpresa y la de mí mujer, no tuvo reparos en arrodillarse en el suelo, acercar su boca, comenzar a lamer con deleite el coñito que tenía delante.
--Aaaaayy no Aaaayyy nooo Ayyyyy humm ussfff noooo… -Cuando Salomé vio que le estaba comiendo el coño, en la propia sala de baile, se alteró. Sin embargo, le dije.
--Relájate… Nadie nos está viendo… Cada uno va a lo suyo... Disfruta…
Ante mi consentimiento le permitió continuar, viendo como el hombre se empleó a fondo. Disponía de una lengua larga, que utilizó a modo de brocha para barrer de arriba abajo y de abajo arriba, la vagina de mi esposa. Alternó esas lamidas, con la introducción de algunos dedos, verificando la profundidad y dimensiones del coñito de Salomé. Me di cuenta, que, de continuar así, mi señora si iba a terminar corriendo. Pero, no quería que eso ocurriera, quería que continuara bien caliente. Por ello, aparté un poco Lucas, quien me miró algo sorprendido, diciéndole.
--Mejor siéntate.
El hombre algo indeciso se volvió a sentar donde estaba inicialmente. Tomé a mi esposa, la volví a besar, para calmarla ante su reproche por no haberle dejado que se corriera. Entonces le hice señas al hombre para que se bajara el cierre del pantalón. Se percató de mis intenciones al instante, bajándose el cierre, metiendo su mano y extrayendo el pene. Hasta yo me quede algo impactado al comprobar el enorme y hermoso falo del mismo. No solo era de unas dimensiones muy mayores que el mío, sino que, además, tenía un grosor respetable. Me sorprendió comprobar que la parte final del falo aparecía en curvatura. Obviamente, con todo lo acontecido, tenía el falo empitonado y con una erección notable. Con gran agitación tomé la mano de mi señora y la acerqué hasta depositarla sobre el pene del hombre. Ella al parparlo, miró lo que estaba tocando, sorprendida, no solo por el atrevimiento del extraño al haber extraído su pene, sino por la dureza y forma del pene en curvatura. Me miró como pidiendo mi consentimiento. La tomó en la mano, atrapándola, para subir hasta el prepucio, como investigando la curvatura de aquel sable. Luego, fue bajando, hasta llegar hasta la misma base. Mientras ella continuó acariciando el pene del hombre, le susurré al oído.
--¿Te gusta nena? ¿Ha visto la polla que tiene? Anda ponlo a punto.
Mi mujer, agitada por mis palabras, comenzó a masajear el pene del hombre, percibiendo que se estaba recreando con ello. Tanto, que al poco tiempo logró descapullarlo, apareciendo el glande carnoso rojo brillante totalmente hinchado y de color rojizo. Lucas, no decía nada, únicamente acariciaba la mano de mi mujer, mientras la misma le estaba manipulando su pene. Notaba el palpitar de mi señora, su tremenda agitación. Ello me dio pie para incitarla más.
--¿Porque no compruebas cuanta lechita tiene? ¿Seguro que tiene unos buenos huevos?
Salomé estaba lanzada. No se lo pensó dos veces y metiendo la mano más abajo, dentro del pantalón del hombre alcanzó los testículos del mismo. Note un estremecimiento en su cuerpo al contacto de su mano con aquellos. No podía visualizarlos, pero por la expresión de su cara, intuí que debían ser bastante grandes. No solo se limitó a tocarlos, sino que, ante mi sorpresa, verifique que los comenzó acariciar, y hasta apretarlos entre sus manos. Intrigado le pregunté.
--¿Qué te parece? ¿Los tiene bien llenos?
Por toda respuesta, me besó ardientemente en la boca, signo manifiesto de su evidente excitación, acreditándome estar impactada por los genitales del extraño, dado que no paró de masajear el falo y los testículos del mismo. Notaba en su cara como iba cambiando de calor, enrojeciendo de pasión, hasta que sumamente nerviosa, se detuvo, y me dijo.
--Tengo que ir un momento al baño.
Y sin más, recompuso su traje, apartándose de ambos, y levantándose se dirigió al baño. En aquellos momentos ya se habían retirado gran parte de las parejas, y solo quedaban unas cuantas. Mientras andaba en dirección a donde se situaba la zona de los baños, le dije a Lucas.
--No puedo recriminarte tu pasión por ella… Tiene un cuerpo... Unas curvas, y un trasero… Que vuelve loco a cualquier hombre.
El hombre sin mirarme, perdiendo su mirada en el trasero de mi esposa, me contestó.
--¡Ya te dije que me dejó prendada nada más verla! -Luego me mira, y me pregunta. --¿Me permites que vaya donde ella?
No sabía que contestarle. Aquel extraño parecía sumamente atrevido. Sus reacciones me sorprendían. No obstante, lo pensé. Mis ansias por descubrir cómo podía acabar esa noche, me hicieron asentir con la cabeza.
--Gracias. -Me dijo.
Al instante se levantó y se dirigió con pie firme siguiendo a mi mujer. Note una nueva puntada en mis partes. Sentimientos encontrados me embargaron. De un lado, me envolvía un sentimiento de culpabilidad por haber llevado a mi mujer hasta aquella situación, y por otra, una mezcla de celos, lujuria y excitación. Sabía lo que iba a ocurrir, por lo que me levanté apresuradamente y los seguí. Mi mujer había visto unos baños, donde entró, pero seguramente los debió encontrar ocupados, ya que salió rápidamente de ellos, viendo que se dirigió a otros que el día anterior habíamos localizado. Estos se hallaban algo alejados del local de baile, por lo que eran poco frecuentados. La vi entrar en el baño de mujeres, no sin antes observar que se había percatado de la cercanía de Lucas, quien la seguía de lejos. No llegue a saber si se había percatado de mi presencia, dado que me mantenía a una distancia prudencial. El hombre, no esperó mucho, sino que nada más llegar, entró en el mismo baño de mujeres. Eso me dejó intranquilo y agitado. Aceleré el paso para llegar cuanto antes. Al llegar a la puerta, nada más acercarme, pude escuchar.
--¿Qué haces aquí?... ¿Me has seguido?... ¿No pretenderás?...
--¡Oh señora sabe que me tiene loco! Ya ha visto como me ha puesto… ¡Sé que también usted lo desea! - escuche decir al hombre.
--Ni lo sueñes…. Estas, estas… Estás loco… No vas hacerme nada… Oh suéltame… ¡Te digo que me sueltes!...
Esas palabras algo alteradas de mi mujer, me dieron a entender que quizás el hombre estaba intentando someterla a la fuerza. Motivo por lo que decidí entrar y cortar de plano con la situación. Me di cuenta que las voces se iban escuchando cada vez más alejadas. No espere más y abrí la puerta. Mi intención no era otra que la de poner fin a la situación…
Continuara…
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión