Hiroshi Tanaka se encontraba en el corazón de su imperio oculto: el club privado “Mar Asiático”, un antro de lujo disfrazado de restaurante asiático exclusivo en las afueras de Cholula, Puebla. Nadie imaginaría que uno de los hombres más buscados del mundo operaba desde allí, bajo el alias de “Los Ojos del Mundo”. El lugar era un paraíso de opulencia y depravación: luces rojas y doradas bajas, música sensual de koto mezclada con beats electrónicos, reservados privados con cortinas de seda, y un olor permanente a incienso caro, sake y sexo.
En el reservado principal, Hiroshi estaba sentado como un rey en un trono de terciopelo negro. Cuatro mujeres desnudas lo atendían con devoción absoluta, sus cuerpos perfectos brillando bajo la luz tenue. Eran sus esposas, sus guardias personales, sus sombras letales… y sus putas más leales
A su izquierda, Kaede Yamamoto, la japonesa. 29 años, cuerpo esbelto pero atlético, con tetas medianas firmes de pezones pequeños y oscuros que siempre parecían duros. Cintura imposiblemente estrecha, caderas suaves y un culo redondo, alto y marcado por años de entrenamiento. Su piel era porcelana perfecta, decorada con tatuajes yakuza tradicionales: dragones, flores de cerezo y olas que cubrían su espalda y bajaban hasta sus nalgas. Cabello negro largo y liso hasta la cintura. Había sido la primera.
Kaede creció huérfana en las calles de Osaka. A los 11 años, la yakuza la reclutó como informante infantil: nadie sospecha de una niña. Aprendió a robar, a seducir, a mentir. A los 16 ya tenía su primer tatuaje por mérito: un pequeño koi. Se volvió experta en armas tradicionales —katana, shuriken, venenos— y en el arte de la geisha: podía hablar de poesía mientras clavaba un estilete en la yugular. Ascendió hasta convertirse en la “esposa principal” de un kumicho poderoso. Hasta que Hiroshi desmanteló esa facción en una guerra territorial. Kaede, derrotada, le pidió la muerte. Hiroshi se negó. La miró a los ojos y le dijo: “Tú no sirves a perdedores. Sirves a mí”. Ella se arrodilló y nunca se levantó.
A su derecha, Li Mei Zhang, la china. 27 años. Cuerpo voluptuoso y elegante: tetas grandes y pesadas (copa D natural), con areolas amplias y oscuras que contrastaban con su piel de jade. Cintura marcada, caderas anchas y un culo enorme, redondo y firme que se movía hipnóticamente al caminar. Cabello negro azabache con mechas rojas, labios carnosos permanentemente pintados de rojo sangre. Era la más sádica.
Huérfana en las calles de Shanghai, fue vendida a una red,Escapó a los 14 y se unió a una tríada como asesina. Aprendió a matar con agujas envenenadas, a torturar con precisión quirúrgica y a follar para obtener información. Hiroshi la encontró en un burdel de Macao, donde ella acababa de degollar a tres hombres. La tomó esa misma noche, follándola contra la pared mientras aún tenía sangre en las manos. Desde entonces, Li Mei le pertenecía.
Sentada en su regazo, Ji-eun Park, la coreana. 26 años. Figura atlética y elegante: tetas medianas-altas, pezones rosados muy sensibles, abdomen marcado por años de taekwondo y entrenamiento militar. Culo redondo, prieto y perfecto, piernas largas y musculosas. Cabello negro corto con flequillo, ojos felinos. Era la más silenciosa y letal con armas de fuego.
Hija de un militar norcoreano desertor, creció en Seúl bajo pobreza extrema. Entró al ejército surcoreano como francotiradora, pero desertó tras matar a su comandante por abuso. Se convirtió en mercenaria. Hiroshi la compró en una subasta negra en Bangkok. La primera noche la folló mientras ella intentaba matarlo con un cuchillo oculto. Terminó corriéndose gritando su nombre.
Y arrodillada entre sus piernas, chupándole la verga lentamente, Sirikit Vong, la tailandesa. 24 años. La más joven y exuberante: tetas grandes y naturales (copa E), pezones grandes y oscuros, cuerpo curvilíneo con cintura estrecha y un culo masivo, suave y redondo que temblaba con cada movimiento. Piel dorada, cabello largo negro con ondas naturales, labios gruesos perfectos para mamar.
Huérfana en Bangkok, fue vendida a un burdel de lujo.Aprendió el arte del sexo extremo: garganta profunda, anal sin límites, squirting controlado. Se volvió una asesina usando venenos en besos y sexo. Hiroshi la encontró en Pattaya, donde ella acababa de envenenar a un político. La folló toda la noche mientras ella le confesaba
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