Capítulo 7: "El semen compartido"

El bebé nació una mañana de septiembre. Un niño gordito y sano que gritó con fuerza desde el primer segundo. Pilar lo trajo al mundo en un parto natural que duró ocho horas, y cuando por fin lo tuvieron en los brazos, los dos lloramos como criaturas. Lo llamamos Raúl, como mi padre, y el viejo se emocionó tanto que no pudo hablar cuando se enteró. Miguel también se le aguaron los ojos. "Pos qué bueno", fue todo lo que atinó a decir, con la voz quebrada.

Los primeros meses fueron un torbellino de noches sin dormir, pañales, biberones y llantos. Pilar amamantaba y el pequeño Raúl tenía un apetito de lobito. Las tetas de Pilar, que ya estaban enormes por el embarazo, se le inflaron todavía más con la leche. Los pezones se le pusieron gruesos y oscuros, y a veces goteaban. Pilar se reía y me decía: "Mira, Jorge, tengo las tetas de una vaca." Yo le respondía: "Pos qué ricas vacas." Y le meneaba las tetas con cuidado, y un poquito de leche le salía.

La recuperación de Pilar fue rápida. A las ocho semanas el doctor le dio luz verde. "Pueden reanudar sus relaciones sexuales con normalidad, si así lo desean", le dijo. Pilar me miró con esos ojos traviesos y me guiñó un ojo. Yo contuve la risa otra vez. El doctor seguía sin saber qué era "normalidad" para nosotros.

Encontramos una nana de inmediato. Una señora de Cuernavaca llamada Doña Chelo, que tenía experiencia de sobra y que aceptó quedarse en el cuarto de servicio. Doña Chelo era discreta y no preguntaba cosas raras. Cuando los seis nos juntábamos los fines de semana, Doña Chelo se llevaba al pequeño Raúl al parque o a dar una vuelta, y nosotros teníamos la casa libre.

La primera vez que nos juntamos los seis después del nacimiento fue en casa de Miguel y Laura, tres meses y medio después del parto. Pilar estaba nerviosa y excitada a partes iguales. "¿Creo que me voy a sentir rara?", me dijo en el coche. "¿Rara por qué?", le pregunté. "No sé. Hace “meses” que no cojo con nadie que no seas tú. A ver si todavía me acuerdo." Se carcajeó. Yo le agarré el muslo y le dije: "Tranquila. Es como andar en bici. No se olvida."

Cuando llegamos, Miguel nos recibió con abrazo de oso. "¡Mi hija! Deja que te vea. Que bonita… y que buena te ves. Ya bajaste la panza." Pilar se dio vuelta. "¿De verdad? ¿No se me nota?" Miguel le agarró las tetas con descaro, frente a todos. "Las tetas sigues enormes, hija. Eso sí se nota." Pilar le quitó las manos de un manotazo juguetón. "Ay, papá, ya vas a empezar." Miguel le rio en la cara. "Pos claro que voy a empezar. Tu padre tiene meses sin cogerte y ya trae la verga como palo de escoba."

Laura salió de la cocina con un plato de guacamole para botana. Besó a Pilar en la boca y le acarició la cara. "Hija, que gusto. Te ves hermosa." Después me besó a mí. "Jorge, que gusto, yerno. Ya te extrañaba." La forma en que lo dijo, con esa voz suave y esos ojos, me puso la verga dura en segundos. Laura lo notó y me guiñó un ojo. "Pos ya veo que tú también me extrañabas."

Mis padres llegaron media hora