Todo lo que voy a contarles pasó de verdad. O al menos, así me lo contaron mi padre y mi madre cuando ya fui lo suficientemente grande para entender. Y créanme que cuando me enteré de todo, me causó un poco de conflicto al principio, pero después ya ni lo recordé porque la verdad es que así somos en mi familia: bien abiertos, sin tapujos, y nos gusta coger y gozar la vida.

Pero bueno, déjenme empezar desde el principio, desde antes de que yo siquiera existiera.

Mi padre, Raúl, es un hombre de cuarenta y seis años ahora, pero cuando tenía como veintitantos era un gallo de los que atraían mucho a las mujeres. Alto, bien plantado, con un cuerpo que siempre ha cuidado. Mi madre Tere siempre dice que lo que más le gustó de mi padre cuando lo conoció fue su verga, porque mi padre la tiene grande, bien parada, y unos huevos grandes y pesados que de verlos solos a una se le hace agua la panocha. Mi padre no es de los que se andan con rodeos: si le latía una mujer, iba y le decía. Y si la mujer quería, pues esa misma noche se la cogía.

Mi madre Tere, por su parte, siempre ha sido toda una mujer. Tiene cuarenta y cinco años ahora, es morena clara, con un cuerpo cuidado y voluptuoso que todavía a sus años hace voltear a los hombres en la calle. Tiene unas tetas bien formadas, no tan grandes como las de Laura, pero bien paraditas y con unas chichotas que se le ponen duras con solo mirarlas. Su culo es de los que se mueven solos cuando camina, y les juro que mi madre sabe moverlo cuando baila. Tere es de las mujeres que disfrutan el sexo sin pena, sin andar pensando en qué dirá la sociedad. Ella dice que su panocha fue hecha para gozar y punto.

Resulta que mi padre y mi madre se conocieron en una fiesta de un compadre de mi padre, allá cuando tenían como diecinueve o veinte años. Mi papá me contó que cuando vio a mi mamá bailando, con esa movida de caderas que la hacen a uno quedar bien parado, se le acercó y la sacó a bailar. Tere le echó el ojo, vio el bulto que mi padre cargaba en el pantalón, y entonces supo que esa noche se la iba a coger. Y así fue. Se fueron al cuarto de atrás de la casa del compadre y mi padre se la cogió toda la noche. Me contó mi mamá que cuando le vio la verga, se le abrió la panocha solita, y que mi padre le dio tan rico que desde esa noche supo que no lo iba a soltar.

Se casaron a los dos años de andar. Pero desde el principio mi madre le dejó claro a mi padre: ella no era de las que se conformaban con una sola verga. Le dijo que lo amaba, que quería estar con él, que quería formar familia, pero que de vez en cuando le gustaría echarse una cogida con otro. Mi padre, que es bien abierto, le dijo que no había problema, con tal de que ella siempre se lo dijera y no anduviera de escondidas. Y ahí empezó todo.

Los primeros años fueron así: mi madre de vez en cuando se cogía a algún otro hombre, mi padre a veces se echaba alguna otra mujer, y se contaban todo. Les funcionaba. No había celos porque había confianza. Y mi madre dice que la confianza es lo que hace que un matrimonio liberal funcione, porque si no hay confianza, hay celos, y los celos echan a perder todo.

Yo nací cuando mi madre tenía como veintitrés años. Mi padre ya trabajaba en una empresa de autopartes y mi madre tenía su pequeño negocio de cosméticos. Vivíamos en un departamento chiquito en la colonia Doctores. La vida era normal por fuera: mi padre iba a trabajar, mi madre atendía su negocio, y yo crecía como cualquier chavito. Pero por las noches, cuando yo ya dormía, mis padres tenían su vida. A veces salían a bares, a veces iban a fiestas, y a veces se quedaban en casa y mi padre le daba duro a mi madre y yo nomás dormía sin saber nada.

Ahora les tengo que platicar de la otra familia, porque sin ellos no hay historia.

Miguel es un hombre de cuarenta y cinco años, un poco más bajito que mi padre, pero con un cuerpo igual de cuidado. No es tan alto, pero está bien proporcionado. Y lo que le falta de altura le sobra en el grosor de la verga, porque Miguel la tiene bien gruesa, de esas que cuando una mujer la ve, se le figura que no le va a caber, pero después les cabe todita. Laura siempre presume que su marido la tiene más gruesa que la de mi padre, y mi madre Tere siempre se ríe y le dice que el tamaño no importa sino cómo se usa, aunque en el fondo a mi madre le encanta la verga gruesa de Miguel.

Laura es toda una mujer también. Tiene cuarenta y seis años y es delgada, pero con unas tetas grandes, bien grandes, de esas que cuando camina se mueven y a uno se le para la verga de solo verlas. Y tiene un culo muy sabroso, redondo, firme, que a mi padre le vuelve loco. Laura es bien caliente, siempre ha sido. Y además es bisexual, le gusta coger con hombres y con mujeres por igual. Me contó mi madre Tere que Laura es de las mujeres que cuando ve una panocha bonita se le hace agua la boca, igual que cuando ve una verga parada.

Miguel y Laura se conocieron en una discoteca de la colonia Roma, también cuando tenían como veintitantos años. Laura me contó que ella estaba bailando con una amiga, y Miguel llegó y la sacó a bailar. Ella notó que Miguel cargaba un buen bulto, y le gustó. Después de bailar un rato, se fueron a tomar y platicaron toda la noche. Miguel le dijo desde la primera cita que él era bien abierto sexualmente y que no le gustaba atarse. Laura le dijo que a ella tampoco, y que además le gustaban las mujeres. Miguel nomás sonrió y le dijo que eso era todavía mejor.

Se casaron también a los dos años de andar. E igual que mis padres, desde el principio pusieron las cosas claras: cada quien podía echarse sus “aventuras”, con tal de que hubiera comunicación. Laura empezó a salir con mujeres de vez en cuando, y Miguel con otras mujeres. Y también les funcionaba.

Pilar nació cuando Laura tenía como veinticuatro años. Es decir, Pilar es como un año menor que yo. Desde chiquita, Pilar salió con el cuerpo de su mamá: delgadita pero con tendencia a las tetas grandes y el culo sabroso. Pero de eso me enteré después, cuando ya la conocí bien.

Ahora, ¿cómo se conocieron mis padres con Miguel y Laura?. Eso sí es buena historia.

Fue hace como veintitantos años, cuando yo tendría como un año o dos de nacido. Mis padres ya andaban en el ambiente swinger, aunque todavía no tan fuerte como después. Habían ido a un par de fiestas swinger, pero nada más a mirar y a hacerlo entre ellos, porque mi madre todavía se sentía un poco “tímida””. Mi padre le decía que no tuviera pena, que ahí todos eran adultos y nadie los iba a juzgar.

Una noche, mis padres fueron a un bar de la colonia Roma que se llamaba El Encanto”. Era un bar normal, no swinger, pero a veces la gente del ambiente iba ahí porque era tranquilo y la música era buena. Mi madre se arregló bonita: se puso un vestido que resaltaba sus tetas y el culo, con un escote que casi se le salian las tetas, y unos tacones que la hacían ver bien rica. Mi padre iba sport, con una camisa que le marcaba los músculos y un pantalón que le hacía resaltar el bulto.

Cuando llegaron al bar, pidieron cervezas y se sentaron a escuchar la música. En eso, mi madre notó a una pareja que estaba en la mesa de al lado: un hombre bajito pero bien plantado y una mujer delgada con unas tetas enormes que se le notaban bajo una blusa ajustada. Eran Miguel y Laura.

Mi madre me contó que lo primero que le llamó la atención fue Laura, porque tenía una forma de bailar bien sensual, moviendo las caderas y las tetas al ritmo de la música. Mi madre ahora es bisexual también, aunque no tanto como Laura, y le gustó ver a Laura bailar. Mi padre, por su parte, nomás veía a Laura y su verga se le empezaba a parar.

Laura notó que los veían y les sonrió. Mi madre le devolvió la sonrisa. Y ahí empezó todo.

Laura se acercó a la mesa de mis padres y les dijo: "¿Les gusta la música?" Mi madre le dijo que sí, que estaba bien buena. Laura se presentó y presentó a Miguel, que ya venía detrás de ella. Se sentaron juntos y empezaron a platicar.

Mi padre me contó que la plática fluyó desde el principio. Miguel es bien platicador, tiene una forma de hacer reír a la gente que a uno le cae bien de inmediato. Y Laura es igual, muy alegre, y bien abierta en lo sexual. Mi madre Tere y Laura se llevaron súper bien desde el principio, como si se conocieran de toda la vida. Platicaron de sus vidas, de sus hijos, de sus trabajos. Y poco a poco, la plática se fue volviendo más atrevida.

Laura le preguntó a mi madre: "¿Y tú y tu esposo son de mente abierta?" Mi madre le dijo que sí, que de vez en cuando se echaban sus aventuras con otras personas. Laura sonrió y le dijo: "Nosotros también. Pero ahora queremos cambiar un poco eso. De hecho, Miguel y yo andamos buscando una pareja con la que podamos tener confianza, no nada más cogidas de una noche, sino con la que podamos ser lo que le llaman “de planta”."

Mi madre le contó a mi padre lo que habían platicado. Mi padre miró a Miguel y le dijo: "¿Y qué dicen? ¿Nos aventamos?" Miguel nomás rio y le dijo: "Pues claro, vamos a ver qué pasa"

Pero no fue de inmediato. Primero fueron varias salidas. Se veían los fines de semana en el bar, bailaban, tomaban, platicaban. Mis padres llevaban a veces a mi tía a la casa para que me cuidara, y Miguel y Laura llevaban a una vecina para que cuidara a Pilar. Mientras los cuatro salían a gozar.

Me platicaron que la primera vez que hubo algo entre los cuatro fue en una noche de sábado, como un mes después de conocerse. Habían ido a bailar a una discoteca y todos ya estaban bien alcoholizados. Mi madre Tere bailaba con Miguel y Laura bailaba con mi padre. Las caderas se movían, los cuerpos se rozaban, y las vergas ya estaban paradas. Mi padre me contó que Laura le restregaba el culo contra su verga cuando bailaban, y que él le agarraba las tetas por encima de la blusa sin pena. Laura le decía al oído: "¿Te gusta mi culo, papacito?" Y mi padre le respondía: "Me tiene loco, mami."

Laura le dijo al oído a mi padre: "¿Por qué no nos vamos a un hotel los cuatro?" Mi padre por supuesto que asintió.

Se fueron a un hotel de paso cerca de la discoteca. Mi padre me contó que cuando entraron al cuarto, las mujeres se quedaron viendo y se rieron, porque estaban nerviosas pero excitadas. Miguel sacó unas cervezas que había comprado en la tienda de la esquina y les sirvió a todos. Brindaron y se sentaron en la cama.

Mi madre Tere fue la primera en actuar. Se acercó a Laura y le dijo: "Me gustas." Laura le dijo: "Tú también me gustas." Y se besaron. Mi padre me contó que ver a su esposa besándose con otra mujer le pareció de lo más excitante que había visto en su vida. Su verga se le puso durísima y sentía cómo latía dentro del pantalón.

Miguel y mi padre se quedaron viendo y sonrieron. Miguel le dijo a mi padre: "Está muy buena tu mujer." Mi padre le dijo: "La tuya también está bien rica. Ya me la quiero coger"

Las dos mujeres se seguían besando y ya se estaban tocando las tetas. Laura le quitó la blusa a mi madre y le vio las chiches. Le dijo: "Qué bonitas las tienes, bien paraditas." Mi madre le quitó la blusa a Laura y le vio las tetas grandes. Mi madre le dijo: "Y las tuyas están enormes, qué ricas, déjame morderte las chiches." Laura le dijo: "Hazlo, mámamelas." Mi madre se le acercó y le empezó a mamar una chiche a Laura mientras le agarraba la otra teta con la mano. Laura gemía y le agarraba la cabeza a mi madre, metiéndole más la teta en la boca.

Mi padre y Miguel ya no aguantaron más y se acercaron. Mi padre empezó a besar el cuello de Laura mientras le agarraba las tetas por detrás, y Miguel empezó a besar a mi madre Tere y a tocarle el culo. Las cuatro manos de los hombres exploraban los cuerpos de las dos mujeres, y las dos mujeres se seguían tocando entre ellas.

Mi padre me contó que cuando le quitó las panties a Laura y le vio la panocha, se le hizo agua la boca. Laura tiene una panocha bien bonita, con un poquito de vello, de esas que se ven apretaditas pero que cuando las calientas se abren como flor. Mi padre le empezó a pasar la lengua por la panocha y Laura gemía y le agarraba la cabeza, le movía la panocha en la cara y le decía: "Sí, papi, cómela toda, pásame la lengua por el clítoris, así, así, qué rico."

Del otro lado, Miguel le había quitado las panties a mi madre y le estaba comiendo la panocha también. Mi madre Tere tiene una panocha bien rica, morenita, con los labios gorditos, y cuando se excita se le pone bien mojada, y le brilla toda. Miguel le pasaba la lengua por el clítoris y mi madre gemía y movía las caderas, le agarraba la cabeza a Miguel y le decía: "Sí, cabrón, cómela, méteme la lengua hasta el fondo, así me gusta."

Las dos mujeres se voltearon a ver y se rieron. Mi madre le dijo a Laura: "Tu marido me come bien rico la panocha." Laura le dijo: "Y el tuyo también me la come bien rico. Qué delicia de hombres tenemos."

Después los hombres se sacaron las vergas. Mi padre tiene la verga larga y Miguel la tiene gruesa. Laura agarró la verga de mi padre y se la empezó a mamar, y mi madre agarró la verga de Miguel y se la mamo también. Mi padre me contó que Laura mama verga bien rico, con una técnica que te vuelve loco, te chupa, te lame los huevos y que se mete la verga hasta el fondo de la garganta. Mi madre Tere también mama bien rico, pero diferente, más despacio, más sabroso, como saboreándola, como si la verga fuera un dulce que no se quiere acabar.

Los cuatro estaban en la cama, los hombres sentados y las mujeres de rodillas mamándoles la verga. Después mi madre le dijo a Laura: "¿Cambio?" Laura le dijo que sí, y se cambiaron de pareja. Mi madre empezó a mamarle la verga a mi padre y Laura a mamarle la verga a Miguel. Pero como Laura es bisexual, también le daba besos a mi madre en la boca y le tocaba las tetas mientras mamaba verga. Mi padre veía cómo Laura le mamaba la verga a Miguel y de vez en cuando besaba a mi madre, y la verdad es que lo tenía bien excitado.

Mi padre me contó que la primera vez que se cogió a Laura fue de lo mejor que le ha pasado. Laura se recostó y abrió las piernas, y mi padre le metió la verga despacio. Laura gemía y le decía: "Sí, papi, métemela toda, ábreme la panocha." Mi padre se la fue metiendo poco a poco hasta que se la metió toda, y la empezó a bombear. Laura tiene una panocha bien apretada a pesar de tener hijos, y mi padre sentía que le apretaban la verga con cada embestida. Le agarraba las tetas grandes y se las meneaba mientras la cogía, y Laura le agarraba las nalgas a mi padre y le decía: "Sí, así, métemela más duro, cógeme como a tu mujer."

Del otro lado, Miguel se estaba cogiendo a mi madre Tere. Mi madre me contó que cuando Miguel le metió la verga gruesa, sintió que le abría la panocha, y que le dolió un poquito al principio, pero después fue puro placer. Miguel la cogió despacio, luego más rápido, y mi madre gemía y le decía: "Sí, cabrón, dámela toda, métemela hasta el fondo, ábreme la panocha con tu verga gruesa." Miguel le agarraba las tetas a mi madre y le besaba el cuello, y mi madre le arañaba la espalda.

Los cuatro cogieron toda la noche. Mi padre se cogió a Laura en varias posiciones: de perrito, de lado, con ella arriba. Miguel se cogió a mi madre Tere igual de rico. Y después se cambiaron otra vez: mi padre se cogió a mi madre y Miguel se cogió a Laura, para que cada quien terminara con su pareja. Mi padre le acabó adentro a mi madre y Miguel le acabó adentro a Laura, y los cuatro se quedaron tirados en la cama, sudados, agotados, pero felices.

Mi mamá me contó que después de esa noche, por alguna razón, supo que Miguel y Laura iban a ser parte de sus vidas por mucho tiempo. No nomás por el sexo, que estuvo buenísimo, sino porque la química entre los cuatro era increíble. Se sentían cómodos, se sentían en confianza, se sentían como familia.

Desde esa noche, mis padres, Miguel y Laura empezaron a verse cada fin de semana. Salían a bailar, a beber, fumaban un poco de hierba, y terminaban cogiendo los cuatro. A veces en hoteles, a veces en la casa de mis padres, a veces en la casa de Miguel y Laura.

Me contó mi mamá que con el tiempo fueron experimentando más. Laura le enseñó a mi madre a comer panocha, aunque ella ya sabía, y las dos se la pasaban mamándose y dedeándose mientras los hombres las veían y se les paraba más. Mi padre aprendió a darle por el culo a Laura, que le encanta el sexo anal, y Miguel le dio por el culo a mi madre Tere, que al principio le dolió pero después le empezó a gustar. Mi madre me contó que la primera vez que Miguel le dio por el culo, gritó del dolor, pero después empezó a sentir un placer que no había sentido antes, y que desde entonces le gusta que le den por el culo de vez en cuando.

A veces se ponían en círculo: mi padre cogiendo a Laura, Laura comiéndole la panocha a mi madre, mi madre mamándole la verga a Miguel. O al revés. Las combinaciones eran muchas y todas les gustaban. Otras veces los dos hombres se cogían a una mujer al mismo tiempo: mi padre en la panocha y Miguel en la boca, o al revés. Y Laura y mi madre se cogían con un dildo que Laura había comprado, y los hombres las veían y se masturbaban.

La hierba los relajaba mucho. Me contó mi padre que cuando fumaban, se les agudizaban los sentidos y el sexo se sentía más rico. Laura decía que la hierba le hacía sentir la verga más adentro, y mi madre decía que la hacía tener orgasmos más fuertes. Así que de vez en cuando se echaban sus toques antes de coger, y la cosa se ponía bien sabrosa.

Mientras tanto, yo crecía sin saber nada. Yo era un muchacho normal, iba a la escuela, jugaba con mis amigos, y mis padres eran eso, mis padres. Los fines de semana que salían, me dejaban con mi tía o con una vecina, y yo sólo pensaba que se iban a bailar. No tenía ni idea de que mi padre se cogía a Laura y Miguel se cogía a mi madre.

Por otro lado, Pilar, la hija de Miguel y Laura, también crecía sin saber nada. Era una chavita normal, iba a la escuela, jugaba con sus muñecas. No tenía idea de que sus padres andaban en el ambiente swinger con mis padres.

Los años pasaron. Yo crecía y Pilar crecía. Mis padres y los de Pilar seguían viéndose, cogiendo, gozando. La relación entre los cuatro se fue volviendo más fuerte, más íntima. Ya no nomás se veían para coger; se veían para platicar, para cenar, para salir de paseo. Se volvieron como hermanos. Mi madre Tere y Laura se volvieron íntimas, se contaban todo, se apoyaban. Mi padre y Miguel igual, se volvieron casi compadres, se ayudaban, se aconsejaban.

Cuando yo tenía como diez años, ya me acuerdo de Miguel y Laura porque venían a casa a cenar. Para mí eran unos amigos de mis padres, nomás. Laura me cargaba y me daba besos, Miguel me “peloteaba” la cabeza. Yo los quería mucho sin saber nada de lo que pasaba entre ellos.

Cuando yo tenía como catorce o quince años, ya me empezaba a dar cuenta de algunas cosas. Veía que cuando venían Miguel y Laura, mi madre se arreglaba más bonito de lo normal. Se ponía perfume, se arreglaba el pelo, se ponía ropa que le marcaba el cuerpo. Y Laura igual, se arreglaba mucho. Yo pensaba: "Pos qué raro, si nomás vienen a cenar." Pero no le daba más importancia.

También me daba cuenta de que a veces, después de cenar, los cuatro se iban a la recámara y me decían que me fuera a dormir. Y yo oía ruidos, como gemidos, como risas, pero pensaba que estaban viendo una película. Ajajá, película. Sí, cómo no.

Cuando yo tenía como dieciséis o diecisiete años, ya me empezaba a dar cuenta de más cosas. Una vez me levanté a medianoche a tomar agua y pasé por la recámara de mis padres. La puerta estaba entreabierta y alcancé a ver a mi madre Tere besándose con Miguel. Mi padre estaba besándose con Laura. Me quedé parado como estatua, sin saber qué hacer. Sentí algo raro en el estómago y también algo raro en la verga, porque la verdad es que ver a Laura con las tetas de fuera me paró la verga. Laura tiene unas tetas tan grandes y tan ricas que nomás de verlas a uno se le hace agua la boca. Me fui a mi cuarto rápido y me quedé pensando toda la noche. Me acosté en mi cama y la verga se me quedó parada un buen rato, pensando en lo que había visto. Me jalé la verga un rato, y después me quedé dormido.

Al otro día le pregunté a mi padre: "Oye, papá, ¿por qué ayer estaban besándose con Miguel y Laura?" Mi padre me miró, rio, y me dijo: "Pos porque somos amigos, hijo. A veces entre amigos nos damos besos." Yo le dije: "Pero no así, papá. Los vi." Mi padre me dijo: "Ya estás grande, Jorge. Algún día te voy a explicar, pero ahorita nomás te digo que tu madre y yo somos muy liberales y no hay nada malo."

Yo no entendí muy bien en ese momento, pero nomás asentí y me fui. Pero la semilla ya estaba sembrada en mi cabeza. Empecé a observar más, a fijarme en las miradas entre mis padres y los de Pilar, en cómo se tocaban, en cómo se reían con doble sentido.

Cuando yo tenía dieciocho años, ya era bien consciente de que mis padres hacían algo con Miguel y Laura. No sabía exactamente qué, pero sabía que era algo sexual. Una vez encontré unas fotos en el celular de mi padre: aparecían los cuatro desnudos, mi padre abrazado a Laura y Miguel abrazado a mi madre. Me las quedé viendo un buen rato, y les juro que la verga se me paró. Laura tiene un cuerpo bien rico, y mi madre Tere también. Me sentí raro por prenderme con las fotos de mi madre, pero también me excitó. Mi madre tiene un cuerpo bien cuidado, con unas tetas firmes y un culo que se mueve rico, y verla desnuda me dejó con la verga parada toda la tarde.

Del otro lado, Pilar también estaba creciendo. Cuando tenía como dieciocho años, ya era toda una mujer. Delgadita pero con las tetas grandes de su mamá y el culo sabroso también. Yo la veía cuando venía con sus padres a casa y pensaba: "Qué rica está la Pilar." Pero nomás pensaba, porque todavía no pasaba nada. Aunque les juro que me la pasaba imaginándome cómo sería cogerla, cómo sería mamarle esas tetas grandes y cómo sería darle por el culo. Me excitaba pensando en ella.

Fue cuando yo tenía como diecinueve años que las cosas empezaron a cambiar. Mis padres y los de Pilar ya llevaban como veinte años de relación swinger, y la confianza entre los cuatro era total. Me contó mi madre después que ya habían platicado de incluirnos a Pilar y a mí, pero que querían esperar a que tuviéramos veinte años y a que fuéramos suficientemente maduros.

Un día, mi madre me llamó a platicar. Me dijo: "Jorge, ya eres casi un hombre. Tu papá y yo queremos platicar contigo de algo importante." Yo le dije: "¿Qué onda, mamá?" Ella me miró a los ojos y me dijo: "¿Has notado que tu papá y yo tenemos una relación especial con Miguel y Laura?" Yo le dije: "Sí, mamá. Ya sé que hacen cosas." Mi madre sonrió y me dijo: "¿Y qué piensas?" Yo le dije: "Pos no sé, mamá. Pero no me molesta."

Mi madre me explicó lo del swinger. Me contó cómo habían conocido a Miguel y Laura, cómo habían empezado a intercambiar parejas, cómo llevaban años gozando juntos. Me dijo que era una forma de vivir el sexo sin ataduras, sin celos, con confianza. Me dijo que Miguel y Laura tenían una hija, Pilar, y que ellos también querían incluirla cuando tuviera veinte años. Y me preguntó: "¿Tú cómo te sentirías si te incluyéramos, Jorge?"

Yo me quedé pensando un momento. Les voy a ser honesto: la primera sensación que tuve fue de sorpresa. Pero después, sentí excitación. La verga se me empezó a parar solo de pensar en coger con Laura, que tenía unas tetas enormes y un culo sabroso. Y también, aunque me daba un poco de cosa decirlo, la idea de coger con mi madre Tere me excitó. Mi madre es una mujer bien rica, y aunque era mi madre, la verdad es que desde que vi aquellas fotos, me excitó. Me latía pensar en cómo sería tener a mi madre desnuda frente a mí, cómo sería mamarle las tetas y cómo sería meterle la verga en la panocha.

Le dije a mi madre: "Pos déjame pensarlo, mamá. Pero no me parece mal." Mi madre sonrió y me dijo: "Tómate tu tiempo, hijo. Pero te digo una cosa: cuando estés listo, vas a gozar mucho."

Y así terminó esa plática. Me quedé con la cabeza llena de imágenes: Laura desnuda, mi madre desnuda, Miguel cogiéndose a mi madre, mi padre cogiéndose a Laura. Y Pilar. Pilar, la chica culona y tetona que pronto iba a conocer de una forma muy diferente.

Me la pasé varios días pensando en todo lo que mi madre me había contado. Me acostaba en mi cama y me imaginaba a mi madre y a Laura besándose, a mi padre cogiéndose a Laura, a Miguel cogiéndose a mi madre. Y la verga se me paraba y me masturbaba una y otra vez. Me sentía raro a veces, porque era mi madre y todo, pero la verdad es que me excitaba demasiado. Mi madre es una mujer bien rica, y la idea de cogerla me tenía loco.

También me imaginaba a Pilar. Me imaginaba cómo sería verla desnuda, cómo sería mamarle esas tetas grandes, cómo sería meterle la verga en la panocha y en el culo. Me excitaba pensando en ella también. Pilar es una chica bien rica, con un cuerpo que es clavado al de su mamá Laura, y la verdad es que me moría por cogerla.

Pero eso lo cuento en el siguiente capítulo. Por ahora les puedo decir que desde ese día, mi vida cambió. Empecé a ver a mis padres con otros ojos, a ver a Miguel y Laura con otros ojos, y a pensar en Pilar con una curiosidad que me tenía la verga parada media noche.

Así empezó todo. Con dos parejas que se conocieron en un bar, que se gustaron, que se cogieron, y que con los años se volvieron familia. Una familia que pronto iba a ser más grande y más íntima de lo que nadie podría imaginar. Una familia donde el sexo no era tabú sino una forma de unirse, de gozar, de quererse. Y yo, Jorge, estaba a punto de entrar en ese mundo, un mundo que me iba a cambiar la vida para siempre.

------------------Continúa en capítulo 2 ------------------------