Capítulo 4: El Club Privado
La llamada de Javier llegó una semana después, pero en esos siete días, el tiempo parecía haberse estirado y contraído en una burbuja de lujuria doméstica. La dinámica en casa había evolucionado hacia algo aún más perverso y natural, un ritual diario de desinhibición.
Érica y Camila ya no se escondían; caminaban por la casa desnudas o semidesnudas la mayor parte del tiempo, sus cuerpos aún llevando marcas tenues de la última sesión: moretones en forma de huellas digitales en las caderas de Camila, la ligera hinchazón de los labios de Érica que le daba un aspecto permanentemente excitado. Habían desarrollado un ritual matutino que nunca variaba: después de un desayuno ligero, se acostaban en la alfombra de la sala, una frente a la otra, y se masturbaban mutuamente con dedos expertos mientras yo grababa desde todos los ángulos. A veces me invitaban a unirme, pero siempre con la instrucción clara: "Primero graba, papá. Después participas." Era como si la presencia de la cámara, el ojo impersonal que todo lo registraba, fuera una parte esencial de su excitación, el tercer participante invisible en nuestros juegos.
“Necesitamos ver lo que has creado, papá”, me dijo Camila una tarde, mientras yacía con las piernas abiertas en forma de V, mostrándome su panocha todavía rosada y un poco más abierta que antes, sus labios menores ligeramente protuberantes. “No solo Javier y sus amigos. Todos. Necesitan ver cómo nos quemamos por dentro de lo calientes que estamos. Cómo tu hija y tu mujer se convierten en sacos de semen andantes.”
Érica, acostada a su lado, acariciando el vello púbico de Camila, asentía. “Y tú eres nuestro cronista, Roberto. Nuestro historiador personal de la perversión. Sin tus videos y tus fotos, esto no sería real. Sería solo… sexo. Pero así es arte. Arte vivo y que gotea.”
Así que cuando sonó el teléfono y vi el nombre de Javier en la pantalla, supe instintivamente que el siguiente capítulo de ese arte obsceno estaba por comenzar. Una descarga de adrenalina mezclada con deseo me recorrió la espina dorsal. Contesté.
“Roberto. ¿Tus putas están listas para una salida?” dijo su voz al otro lado, áspera y directa, sin preámbulos ni saludos.
“Siempre”, respondí, mi voz más segura de lo que me sentía.
“Bien. Esta noche. Les mando la dirección por mensaje. Es un club privado. No es un antro cualquiera; es discreto, pero con gente que aprecia el arte en su forma más cruda. Llévalas vestidas para… desvestirse. Algo que impacte al entrar y que prometa mucho al salir. Y trae tu equipo completo. Vas a grabar, pero hoy no serás solo un espectador tras la lente. Vas a participar más activamente. Vas a ser parte del espectáculo. ¿Entendido?”
“Sí”, dije, sintiendo un escalofrío de anticipación que se concentró en mi bajo vientre.
“Ah, y una cosa más”, agregó Javier, y pude escuchar el crujido de una sonrisa en su voz. “Diles que preparen el culo especialmente. Van a necesitarlo. Hoy vamos a explorar esa vía a fondo.”
Colgó. El mensaje con la dirección llegó segundos después: un lugar en las afueras, una zona de grandes propiedades. Transmití la información a Érica y Camila, que estaban en la cocina pelando frutas, desnudas excepto por delantales diminutos que no ocultaban nada. Sus ojos brillaron con una excitación inmediata y casi infantil.
“¿Un club?” preguntó Camila, dejando el cuchillo y mordiéndose el labio inferior, un gesto que ya sabía que me