Por fin podría inaugurar el nuevo estudio, más espacioso y más privado, a las afueras de la ciudad; una especie de domo mecano recubierto de tela PVC impermeable blanca que daba mucha iluminación. Fue entregado justo a tiempo, ya que la primera cliente estaba por llegar.

Ordenaba los últimos cajones cuando la puerta se abrió y una chica muy joven, como desfilando en una pasarela, caminó recto hacia mí.

Ella era el estereotipo de una chica de alta sociedad; en mi pueblo le llamamos cuica; creo que en otras partes le dicen cheta, pija, gomela, fresa, yeyé, pituca, entre muchos otros términos peyorativos; una verdadera Uptown Girl como diría Billy Joel en los ochentas. Ella era alta y muy delgada, cuello largo, piel clara, tersa, con un ligero tono dorado, pelo rubio platinado muy liso y ojos azules. Vestía camisa blanca inmaculada, como de seda; bajo esta, una musculosa blanca, jeans celestes y unas zapatillas de caña alta blancas.

Sin lugar a dudas, de rostro era un ángel, una elfa; jamás había visto una chica tan hermosa como ella, ya saben, la regla de los tercios y de los quintos de los griegos: La cara, dividida en tres secciones horizontales —desde la línea del cabello hasta el entrecejo, desde el entrecejo hasta la base de la nariz, desde la base de la nariz hasta la punta del mentón—, debe ser de igual tamaño. Y de forma horizontal, el ancho ideal de la cara es igual a cinco ojos imaginarios. Tenía mandíbula en V y la punta de la barbilla terminada suavemente cuadrada, con un incipiente hoyuelo.

Todo en su rostro encajaba en perfecta armonía; pero de cuerpo... mmm, lo siento, no es mi tipo; no se malentienda, tenía todo donde debe estar y con proporciones áureas, 1:1.618, cuerpo de "elite top model", magra, pero no me atraen las mujeres tan delgadas, carente de caderas y curvas pronunciadas; en mis tierras hace frío, necesitamos calorcito. Creo que por eso nunca he enganchado con las famosas coreanas tan en boga por estos días; no podría encontrar atractiva a una mujer cuyas piernas no sean más gruesas que mis brazos. En fin, para gustos, colores.

—Hola —me dijo algo nerviosa—. Mi mamá me habló de ti.

Primero, el tono de voz; no sé qué tienen las mujeres cuicas que la mayoría tienen la voz más grave, un clásico. Segundo, traté de encontrarle el parecido a alguien, pero no pude adivinar.

—Hola, pasa, toma asiento —le dije riendo—. ¿Quién es tu madre?

—Lucía.

—Ah, ya veo —le dije levantando las cejas al recordar a la senadora.

Dominga, típico nombre de alta sociedad, donde feminizan los nombres masculinos, me contaba que ella y su madre eran compinches, no había secretos entre ambas, y que Lucía le habló de mí; si bien no se guardaban secretos, su deseo sí que se lo reservó y no lo contó a su madre, ni a nadie; primera vez que lo exteriorizaría.

Dominga era recién egresada de veterinaria y optó por la rama de medicina equina; su abuelo tiene criaderos en el sur del país y más temprano que tarde se haría cargo de ellos. Desde pequeña tuvo fascinación por esos gloriosos animales; nunca los vio como algo más allá que compañeros entrañables, pero hace un tiempo, en su actual lugar de trabajo, al tener que extraer una muestra de semen de un padrillo para su análisis, al masajearlo, comenzó a sentir cosas luego de tener ese falo inmenso entre sus manos, a través de los guantes, sí, pero aun así sintió el poderío entre sus dedos.

Para ella, la anatomía de los penes de los caballos, la técnica de la electroeyaculación y la extracción por masaje manual no eran desconocidos; era algo aprendido en los libros, sabía la técnica, pero una cosa es el conocimiento y otra distinta es la práctica, y desde un par de meses de esto solo ha tenido fantasías con hacerlo con un caballo, sin preocuparse porque haya alguien cerca, que siempre lo había en su lugar de trabajo.

Les juro que racionalmente lo evité, pero igualmente mi mirada bajó una milésima de segundo a su cuerpo, algo completamente inadvertido para cualquier mortal, pero ella lo notó, era de las mías.

—¿Te preocupa que sea tan delgada para esto? —preguntó.

—En cierta forma sí —le dije con honestidad—, pero nunca interferiré con un deseo; mi trabajo solo es tratar de hacerlos realidad.

Quedamos de acuerdo en el entorno; ella quería algo parecido al interior del granero de los terrenos de su abuelo en el sur; me mandaría fotos de referencia. Lo del caballo me preocupaba, pero ella había hecho las tareas. Las trabajadoras en su lugar de trabajo rumoreaban, casi a modo de mito, que había una granja cerca donde arrendaban caballos para el "uso humano", ya me entienden.

Con ese dato fui a la susodicha granja, algo muy al interior, en el corazón del campo. Una cabaña ajada y rústica estaba en medio; un cercado donde había animales de granja y un establo, con una decena de equinos de distintas edades, se notaba por los tamaños.

Luego de hablar con la encargada, supe que los rumores eran ciertos. Ella era una señora de mediana edad, algo fornida y muy tosca en el actuar, pero bonachona y de un gran sentido del humor. Bromeaba conmigo con que el caballo era para mí sin dejar de golpearme con brusquedad en el hombro.

Ella me contaba que Rayo, un añojo zaino con una distintiva raya blanca en medio de la cabeza que partía en su frente y llegaba hasta la nariz, había nacido para follar; tenía una docilidad insuperable; era el más solicitado por las primerizas, que, con asombro supe, eran más de lo que imaginé.

Me ofreció otros animales de granja que también hacían bien "su trabajo", sin dejar de golpearme con fuerza el hombro mientras reía a carcajadas. Que lo tendría en cuenta si alguna clienta lo solicitaba, le dije, sobándome el hombro que ya estaba amoratado. Acordamos un monto extra para sacar a Rayo de su entorno y el traslado a mi estudio.

Me interioricé lo que más pude con el tema "ecuestre"; como les conté anteriormente con lo de la mujer policía, en internet había material de sobra, nada oculto, al alcance de todos, como si fuera lo más normal. Compartí lo aprendido con Dominga.

Luego de una semana de trabajo, llegó el día.

El estudio se había convertido en una escena rústica ambientada en un granero de madera. En el centro, una puerta doble de madera, con herrajes metálicos oscuros. A los lados de la puerta, la pared estaba formada por tablones de madera verticales de tonos marrones cálidos, algunos más oscuros y otros más claros, creando una textura natural y desgastada.

A la izquierda de la puerta, colgaba un sombrero de paja de ala ancha y, debajo de él, una soga enrollada y atada con una lazada. También se apreciaban dos ruedas de carro colonial de madera, apiladas una encima de la otra, con sus respectivos rayos y el centro metálico visible, descansando sobre fardos de heno.

A la derecha de la puerta, colgaban dos sogas más, atadas en la parte superior y caían en forma de bucle, con un aire similar a las riendas de un caballo. Debajo de las sogas y entre los fardos de heno, puse dos barriles de madera apilados, uno sobre el otro. Sobre el barril superior había una linterna roja de estilo antiguo con la llama encendida y emitiendo una luz cálida y anaranjada. Justo al lado, había otro barril, y sobre él, una linterna similar, también encendida y proyectando su luz.

El suelo estaba cubierto por una gruesa capa de paja suelta, que se extendía por todo el piso del estudio. Sobre esta paja, en el centro de todo, había una alfombra rectangular de tejido con un patrón geométrico en tonos azules y blancos. Y a su lado un pilar grueso de madera que llegaba hasta las vigas del techo; en la base del pilar, una estructura de madera cuadrada, similar a los pallets de carga.

Amarrado al pilar, dócilmente comiendo una buena canasta de manzanas y zanahorias, estaba Rayo.

Dominga estaba fascinada viendo ese rincón, que se parecía bastante a la referencia que entregó. Ella vestía una camisa blanca con cuadros grises, tipo leñador, una minifalda de mezclilla y zapatillas blancas de caña alta. De accesorios solo llevaba un collar de oro con una herradura. Lo encontré cliché.

Ella se veía espectacular; a las mujeres de su figura les viene bien cualquier cosa y todo les queda elegante. Independientemente de lo que calce, nada se le ve vulgar; pero reitero, no me provocaba nada más allá de una admiración estética. "...demasiados huesos, decía mi padre", contaba Joan Manuel Serrat en una canción.

Le sugerí dejarla sola, pero ella quería registros; al igual que su madre, solicitó que le hiciera una especie de revista, tanto física como digital.

Ella tenía experiencia de sobra con la manipulación de esos enormes animales; sabía cómo acariciarlos, calmarlos, ganarse su confianza. Mi recién aprendida información sobre el comportamiento de los equinos: supe que Rayo, por sus orejas, su postura y pata trasera descansando, estaba relajado y feliz; además, le daba suaves empujoncitos a Dominga. De seguro él, por su experiencia, presentía por qué ella estaba allí.

Dominga, de pie, acariciaba el lomo de Rayo con una mano; con la otra comenzaba a masajear su funda y al rato ya estaba colgando como péndulo un inmenso pene oscuro. Ella se puso en cuclillas, observando ese magno pedazo de miembro; quizás dudó, siempre existe ese punto de inflexión donde sabe que no habrá vuelta atrás, o te animas o retrocedes; ella se animó, con sus dos manos comenzó a masajear suavemente ese pene que, sin tener una regla de medir y aun estando flácido, medía aproximadamente 50 centímetros. Ella sentía el poder entre sus manos; Rayo daba resoplidos, y poco a poco su verga se fue erectando; ya iba por los 70 centímetros.

Dominga se puso de rodillas y mezclaba masajes al pene venoso y palpitante con masajes en los enormes testículos con la otra mano. Luego, en un instante, bajó la mano que masajeabas las bolas del animal y le sala metió dentro de su minifalda, masajeando su clítoris, ella estaba húmeda, pero de seguro buscaba una excitación mayor para atreverse a dar el siguiente paso.

No pasó mucho rato cuando, luego de un suspiro, tomó el falo que ya estaba por los 90 centímetros del animal y acercó la punta del pene de Rayo a sus labios. Un glande característico se abría como un champiñón, con un borde circular llamado corona con decenas de puntitas de bordes redondeados; en el centro, una fosa donde del medio sobresale un pequeño tubo, el proceso uretral.

Ella dudó, no había vuelta atrás, pero inició; primero un beso, luego la punta de la lengua y pronto, con afán, todo el glande del animal estaba dentro de su pequeña boca abierta a lo máximo. Ella, con las dos manos, trataba de hacer entrar lo más que pudiese de ese falo inmenso en su boca, pero hay límites físicos; solo el glande y un poco más cabían en su cavidad bucal. De la comisura de sus labios corría un hilito de saliva. Luego se sacó el pene de su boca, dio un suspiro, como el que das luego de estar sediento y beber un vaso de agua de un viaje, como para poder respirar con normalidad, y luego nuevamente se metió el falo dentro de su boca, succionándolo con ansias, sedienta; no sé a qué sabrá, nunca le pregunté, pero leí por ahí que era un tanto ácido, un poco metálico; sea como sea, a ella le encantaba, no dejaba de mamar.

De pronto ella, con movimientos rápidos, se despojó de toda su ropa y comenzó a pasar todo el pene de Rayo por su cara, su cuello, sus hombros, sus tetas y volvía metérselo dentro de su boca; con una mano lo pajeaba y hacía fuerzas para que entrara lo más posible; con la otra estimulaba su vagina. Sin duda estaba en éxtasis total; su cara, blanca, estaba ruborizada.

Ella se puso de pie, y con una mano se afirmaba del lomo del animal y con la otra, acercaba el glande de Rayo contra su vagina; comenzaba a masturbarse con él, sobándose toda su entrepierna.

Ella giró, dándole las espaldas a Rayo, tomó su verga y la puso en la entrada de su vagina; se inclinó un poco, 45 grados, y comenzó a hacer fuerzas echándose hacia atrás, y de pronto, un gran gemido dio a entender que esa verga había entrado. La vagina de Dominga estaba totalmente dilatada, enrojecida, y ella se meneaba circularmente y hacia atrás y adelante mientras esa verga animal la penetraba hasta el fondo; ella gemía con cada movimiento.

Yo, registrando, solo pensaba en cómo un cuerpo tan delgado estaba soportando una verga que era tan gruesa como una de sus piernas; con miedo observaba cómo los jugos vaginales bajaban por sus muslos, atento por si veía algún ápice de sangre.

Luego, jadeando, con la experticia de alguien que sabe de equinos, guio a Rayo y lo puso con las dos patas delanteras sobre la estructura cuadrada hecha de pallets de carga, y ella se puso debajo del caballo, también con una de sus manos en la estructura y apretando los dientes, tomando la verga del caballo y apuntándola hacia su ano, se echó hacia atrás, logrando que esa verga dura y poderosa entrara luego de varios intentos y mucho esfuerzo. Ella gemía con cada estocada. Rayo, dócil al extremo, casi como un maniquí, solo resoplaba y daba uno que otro relincho breve.

La escena era bella a pesar de lo salvaje: Rayo con las dos patas apoyadas sobre la estructura, ella debajo del caballo, también apoyada con sus dos manos en la estructura, y esa verga enorme y oscura perdiéndose dentro del ano de Dominga.

Todos conocemos o hemos conocido una chica así, alguien muy delgada que come como camionero en ayunas y nos preguntamos "cómo mierda le cabe tanto a esa flaca"; eso pensaba en ese momento.

Ella se desmontó; su ano, dilatado, tardó unos segundos en volver a la normalidad mientras ella jadeaba. Luego se puso de espaldas sobre la estructura de madera, con las piernas abiertas y, de un chasquido lateral, "¡tc, tc!", hizo que Rayo, aun con las patas delanteras sobre la estructura, se acercara un poco. Ella, con las dos manos, toma la verga poderosa y la mete dentro de su húmeda vagina, empujando con avidez lo más dentro que lo físicamente posible le permitiera. Rayo daba ciertos espasmos, como tratando de mantener el equilibrio de la posición, lo que hacía que la verga hiciera más fuerza de penetración. Dominga se curveaba de placer y se vino con un gran gemido, cerrando las piernas, temblando, sus muslos tensos.

Sacó la enorme verga de su vagina, salió debajo del caballo y con otro chasquido lateral "¡tc, tc!", lo llevó de vuelta sobre la alfombra rectangular; ella se puso debajo de Rayo y comenzó a pajearlo y meterse esa vergaza dentro de su boca, succionando con avidez y energía; al rato, con un movimiento un tanto nervioso del caballo, las mejillas de Dominga se inflaron, y al abrir su boca una gran cantidad de líquido blanco salió de ella; sacó el falo del caballo y de él salía como de un grifo una gran cantidad de semen que bañó por completo a Dominga; no soy muy experto en medidas, pero fácilmente fueron unos 200 mililitros. Ella, jadeando, saboreaba, literalmente, el momento metiendo su mano dentro de su vagina y succionando el pene de Rayo hasta la saciedad. Acabó por segunda vez y cayó rendida bajo el caballo con su cuerpo brillante y húmedo, resollando, extasiada.

—¡Corte! —dije—. Eso fue... —preferí callar. Mientras me alejaba hacia mi escritorio, dejando a Dominga temblando, de reojo miré y Rayo le lengüeteaba el rostro a Dominga mientras ella se abrazaba a su cuello.

Mucho más tarde me despedí de Dominga. Al tiempo supe que ella se había hecho cargo del criadero de su abuelo y allí daba "rienda suelta" a sus deseos.

A los días, una chica estereotípica, como ya estaba comenzando a acostumbrarme, entró a mi estudio; un salto cuántico se vislumbraba en el horizonte.