No lo pensé dos veces, y me acerqué a treinta centímetros de donde se encontraba sentada, me aflojé el cinturón, retiré el botón de mi pantalón, y lentamente bajé el cierre ante la mirada ansiosa de Mariela. Mi pene apareció cobijado por mis interiores azules. De un solo empujón, bajé mis interiores y pantalón dejando a mi verga finalmente libre. Mariela se quedó boquiabierta mirándola, pero no cesó de masturbarse. Lentamente me fui acercándome hasta que mi pene quedó justo frente a su boca, en toda su extensión.
La mujer madura miró el rosado glande que tenía frente a ella, levantó su mirada y se topó con mi rostro que la miraba con deseo. Volvió a mirar mi verga, y entonces, la tomó con su mano izquierda, y la acercó a su nariz, la olfateó varias veces alternando sus fosas nasales, y luego la arrimó hasta sus labios e inmediatamente empezó a besarla y a lamerla cariñosamente.
Ni bien ella tomó con su mano mi verga, empecé a disfrutar de las suaves caricias que recibía de sus labios y lengua. Me fue imposible no emitir un leve gemido de placer. Era la primera vez que una mujer me iba a practicar una felación, ya que como dije antes, todas mis novias siempre fueron un tanto inexpertas y eso no ayudaba a la hora de tratar de enseñarles cómo hacer una buena mamada. Por dentro yo sentía que este era mi momento, al fin una mujer madura, seguramente con mucha experiencia en mamadas, me iba a regalar una, y me iba a hacer tocar el cielo con ambas manos.
De repente sentí que su boca empezaba a mamarme la verga. Mis gemidos se hicieron más notorios. Sentí que mi glande era literalmente masajeado por sus labios y lengua, mientras chocaba alternativa y suavemente contra su paladar y el interior de sus mejillas, aunque en ocasiones el miembro entraba cuan largo y ancho era hasta el comienzo de su mismísima garganta.
Evidentemente Mariela sabía lo que hacía, de manera que me dejé conducir por la maestra, limitándome únicamente a tomarla del cabello y a acompañarla con mi pelvis en el armónico movimiento de su cuello y espalda. No recuerdo cuando tiempo estuvo chupando mi verga, quizá diez, veinte o treinta minutos, no lo sé, me sentía abstraído del mundo, simplemente disfrutando del placer que me brindaba esa boca sensual.
De vez en cuando Mariela levantaba su mirada, sin dejar de mamar para mirar mi rostro dominado por la lujuria. De repente, sentí un momento int