Capítulo 5: El Festín de los Nuestros

El amanecer siguiente a mi unión con mi hija encontró a la casa sumida en un silencio denso, cargado no de incomodidad, sino de una saturación plena, como después de un banquete donde todos han comido hasta reventar. Nos despertamos poco a poco, dispersos por distintas habitaciones, pero el magnetismo que ahora nos unía era tan fuerte que, antes de la hora del café, ya estábamos todos reunidos en la cocina grande, desnudos o semidesnudos, sin ningún pudor. El aire olía a sexo seco, a sudor, a piel y a una complicidad absoluta.

Esmeralda fue la primera en hablar, sirviendo café con leche en tazones grandes. Su cuerpo, maduro y gloriosamente desnudo, se movía con la seguridad de una sacerdotisa. —Bueno —dijo, su voz serena, pero con un dejo de satisfacción profunda—. Parece que el círculo se ha cerrado. Padre e hija. Madre e hijo. Hermanas compartidas. Marido y mujer. Primos. Tíos y sobrinos. No hay combinación que nos quede por explorar. —Hizo una pausa, mirándonos a cada uno—. ¿Alguien se arrepiente? ¿Alguien siente que hemos ido demasiado lejos?

El silencio que siguió fue rotundo. Nadie bajó la mirada. Fernando, sentado en una silla de la cocina con Silvia en su regazo —ella solo llevaba una camiseta mía, que le llegaba a mitad de los muslos—, negó con la cabeza. —Demasiado lejos sería no haber hecho esto —dijo, su mano acariciando el muslo desnudo de su prima—. Esto es… donde debíamos estar siempre.

Carla, apoyada contra la encimera, completamente desnuda, sus pechos pesados colgando libremente, asintió. —Fernando tiene razón. He pasado años sintiéndome vacía, interpretando un papel. Ahora… ahora me siento llena. Usada. Poseída. Por mi hijo, por mi cuñado… es lo que siempre quise y nunca me atreví a nombrar.

Yo miré a Silvia, que me sonreía desde el regazo de Fernando. Su mirada era clara, sin sombras de culpa. —Yo solo siento que te pertenezco, papá —dijo, y la palabra “papá” ya no sonaba infantil, sino posesiva, erótica—. De una manera nueva. Me encanta.

Esmeralda sonrió, una sonrisa ancha y triunfal. —Entonces no es el final. Es el principio. Hemos roto las cadenas. Ahora podemos construir nuestro propio paraíso. Y hoy… hoy quiero celebrarlo. Quiero un festín. Un festín de los nuestros. De carne, de sudor, de placer. Aquí y ahora. —Su mirada recorrió la cocina, la mesa de madera maciza—. Empecemos por aquí.

La propuesta era tan obscena, tan descarada, que por un segundo todos nos quedamos inmóviles. Luego, una ola de excitación casi palpable barrió la habitación. Se podía sentir en el aire, en la repentina dureza de mi v