Capítulo 3: Juegos de Poder y Cadenas de Deseo

La espera hasta la medianoche fue una tortura lenta y húmeda para Camila, un calvario de horas donde cada minuto se alargaba, impregnado de la memoria de los dedos de Sebastián dentro de ella y del sonido de los gemidos ahogados que había escuchado a través de la puerta del estudio. Su cuerpo, aún sensible y marcado por el encuentro en la cocina, era un campo de batalla entre el asco y una excitación profunda, sorda, que no cedía. Se había encerrado en su habitación después del tenso desayuno, pero la quietud era insoportable. Cada crujido de la casa, cada rumor lejano, la hacía saltar, imaginando a su madre y a Diego enredados en alguna otra habitación, profanando otro rincón de la casa con su pecado.

Finalmente, no pudo resistirlo. A media tarde, después de oír a Sebastián salir en su coche (supuestamente a buscar provisiones), y creyendo que Valentina dormitaba en su habitación, Camila se dirigió al estudio. No con un plan claro, sino impulsada por una rabia ciega y una curiosidad malsana. La puerta estaba cerrada, pero no con llave. Entró, y el olor la golpeó de inmediato: un aroma espeso, dulzón y ácido a la vez, a sexo, a sudor seco, a resina y a algo más, un olor a intimidad violada que se le metió en la garganta. La luz del atardecer teñía de naranja y oro el polvo flotante. El diván de terciopelo borgoña estaba desordenado, el cojín hundido en el centro, y en la tela oscura, unas manchas más oscuras, casi negras, se distinguían: sudor, quizás, u otros fluidos secos. Camila se acercó, temblando. Extendió una mano y tocó la mancha más grande. La tela estaba rígida, cristalizada. Trajo los dedos a su nariz. El olor era inconfundible: sexo mezclado con el aroma aromatizado y salado del semen seco. Un escalofrío la recorrió, seguido de una oleada de calor entre las piernas. Se imaginó a su madre tendida allí, las piernas abiertas, recibiendo a Diego, gritando su nombre mientras él la poseía. La imagen era tan vívida que le faltó el aire.

Su mirada cayó en el suelo, junto al diván. Allí, arrugado y tirado como un trapo sucio, estaba el dibujo que Diego había comenzado. Lo recogió con manos que temblaban. Era un boceto al carbón, poderoso y crudo. No estaba terminado, pero las líneas capturaban la esencia: la curva de un cuello, la sombra de un pecho bajo una tela fina, la línea sugerente de una cadera y el triángulo oscuro de unas bragas apenas insinuado. Pero lo más impactante era el rostro, apenas esbozado pero inconfundible: los ojos cerrados en éxtasis, la boca entreabierta, la expresión de abandono total. Era su madre. Y no era un retrato de madre. Era el retrato de una amante en pleno arrebato de placer. La firma en la esquina, la "D" enérgica y posesiva, lo sellaba.

Camila arrugó el papel con furia, pero no lo tiró. Lo guardó en el bolsillo de su jersey, como un talismán perverso, una prueba de la traición. Luego, movida por un impulso que no comprendía, se sentó en el mismo lugar del diván donde su madre había estado. La tela áspera rozó sus vaqueros. Cerró los ojos e intentó sentir lo que ella había sentido. Puso una mano entre sus propias piernas, presionando a través de la tela. Estaba húmeda de inmediato. Se frotó, con movimientos circulares bruscos, imaginando que no era su mano, sino la de Diego, la de Sebastián, imaginando que era ella la que estaba siendo observada, deseada, tomada. El orgasmo llegó rápido, silencioso y amargo, dejándola jadeante y llena de odio hacia sí misma. Se levantó, ajustándose la ropa, sintiéndose más vacía que antes. La rabia no se había disipado; se había transformado en una determinación fría y peligro