Buenas noches, mi nombre es Alejo y para mis amigos y amigas soy El Negro.

Si leíste las tres entregas anteriores, sabrás que con la ayuda de mi amigo Tito hice un cambio de look tratando de conseguir compañía femenina más joven. Después que Dina se fue, quedé con ganas de algo más pero salir solo no es uno de mis fuertes por lo que me resignaba a pasar el lunes (feriado en Argentina) leyendo relatos y no mucho más.

Pasado el mediodía, el timbre de casa empezó a sonar de manera insistente: ¿a quién se le ocurriría salir a la calle con un día de perros? Lluvia, frío…

Enojado, pues ya había armado mis actividades de lunes, fui a la puerta y me encontré con Tito, que traía un six-pack de cervezas y una caja de la que salía el inconfundible aroma de empanadas recién hechas.

Tito: ¿qué haces viejo? ¿Te estas por preparar un tecito para ir a ver tv a la cama? ¿Vas a mirar Volver (Canal de tv del recuerdo)?

Entró entre carcajadas, viéndome en jogging, pantuflas y remera muy desgastada. Dejó la caja sobre la mesa, corrió una de las sillas y se sentó, abrió una de las latas de cerveza y le dio un buen sorbo.

Alejo: te hacía en el telo con Susan

Tito: hace un rato la dejé en la casa, tiene un evento de baile a las 18

Alejo: ¿evento de baile?

Tito: si, una amiga tuvo un accidente vial y hacen algo para juntar dinero para el tratamiento de rehabilitación

Alejo: y vos ni loco vas a ir…

Tito: solo, no, por eso estoy acá.

Alejo: Tito, no jodas. ¿Yo en un evento de baile?

Tito: son demostraciones, no vas a ir a bailar

Abrió la caja de las empanadas, tomó el folleto ilustrativo que identificaba cada sabor, eligió una y empezó a comer, mientras me contaba del fin de semana que estaba pasando con Susan, solo interrumpido por el revolcón con la clienta del sábado. “No te das una idea de lo que es esta minita, le gusta la verga a lo loco. Me exprimió entre el viernes y el sábado a la mañana, entrega todo y le gusta lo que se te pueda ocurrir” contaba mientras la segunda empanada desaparecía. “Cuando me llamó Lucre, el sábado a la tarde no sabía que hacer: seguía con la morochita o al fin me encamaba con Lucre. Menos mal que Susan me pidió que la dejen en la casa hasta ayer a las 12 de la noche, porque me perdía todo” Remató.

Me contó que fue a lo de Lucre a las 4 de la tarde y se quedaron encerrados en casa de ella hasta las 11 de la noche, en que fue a su casa, se dio un baño y fue en busca de Susan. La llevó a su casa y estuvieron juntos hasta hacía unos 40 minutos.

Tito: me tenés que hacer la gamba, me dejó dos entradas para el evento y a la salida nos vamos para Sierra a pasar dos o tres días.

Alejo: ¿y qué querés que haga yo?

Tito: acompañame, dijo que había buena mercadería, por ahí ligas algo que te saque a la flaquita de la cabeza.

Alejo: la pasé genial con Dina, no sé si me enganche tan fácil.

Tito: dale, vamos y si no hay nada que te calce, te volves.

Sonaba interesante la idea, no muy convencido accedí. Me vestí con algunas de las ropas elegidas en el shopping, me subí al auto y lo seguí a Tito rumbo al evento.

Al llegar fuimos recibidos por dos integrantes de la organización del evento, una de ellas me resultaba conocida: su rostro, algo de su figura y la forma de expresarse, me recordaban a Rita.

¿Quién era Rita? La conocimos cuando éramos estudiantes del instituto terciario donde nos graduamos. Ella era, por aquel entonces, la novia de uno de nuestros profesores: Cacho, él era mucho más grande que ella, quizá unos 10 años, y organizaba encuentros de vóley con empleados de una empresa extranjera. Resultaba sencillo que desafiara a los alumnos a armar un equipo que enfrentara a los “rusos” para los que Cacho trabajaba, además de la docencia. Esas tenidas deportivas terminaban siempre en una cena conjunta, donde los extranjeros concurrían con sus esposas y nosotros con nuestras novias de ocasión.

Por aquel entonces Rita tendría unos 27 o 28 años, parecía una modelo, rubia, alta, vestida siempre muy sugerente y resaltaba de su físico un buen par de tetas (obviamente operadas) que oprimía debajo de remeras y tops deportivos muy ajustados. Hija única de una familia de prósperos ganaderos, era la novia oficial de Cacho (que jamás tenía pareja fea).

Cuando egresamos del estudio, nos enteramos que Cacho fue despedido del instituto por haberse involucrado con un par de alumnas que eran la atracción del curso: eso sí tenían tantos conocimientos informáticos como yo de energía nuclear, habían egresado con nuestro mismo título gracias a ciertos “beneficios”.

Le perdí el rastro a Rita, hasta que ingresé como técnico en mantenimiento de centros de computación en un par de escuelas de la ciudad. Casualmente, ella era la vicedirectora de una de ellas. Se había divorciado de Cacho cuando descubrió la infidelidad (que no era la primera, sabíamos de varias) y por razones de fuerza mayor se había dedicado a la docencia, para escalar por méritos y así llegar a la vice dirección de la escuela.

No fue hasta la segunda reunión de personal que me reconoció y comenzamos a tener una relación más fluida. En días de trabajo, fuimos compartiendo historias, charlas y afianzamos nuestra relación, siempre con distancia, pues ella me lleva unos 5 años de edad.

Cuando ya habíamos compartido unos 6 años de trabajo, se dio una oportunidad única: nuestra escuela fue seleccionada para un proyecto y se montaría en ella un centro informático de última generación. Debimos concurrir a la ciudad de La Plata para la entrega protocolar del equipamiento, compartimos el viaje y el hotel donde nos alojábamos. Tras la cena formal, volvimos al hotel y como típicos viciosos, permanecimos en el bar del lugar bebiendo un par de tragos y fumando hasta avanzada la madrugada. En aquel momento, dejamos de ser directivo y técnico, para ser dos viejos conocidos que hablaron de sus vidas, sus buenos y malos momentos, sus historias y algunas anécdotas. Cuando ya la noche había dejado paso a la madrugada, y el alcohol nos pegaba un poco, subimos a nuestras habitaciones y al despedirnos, nos dimos un abrazo, cálido y peligroso, que concluyó con un ligero beso en los labios. No nos atrevimos a más, pero eso sentó un precedente.

Un par de meses después, volvimos a ser citados, ahora en Mar del Plata, compartimos el viaje nuevamente y a diferencia del viaje anterior ya no fuimos a un hotel sino a su departamento. “No vamos a depender de horarios establecidos y podemos pasarla mucho mejor” me dijo en un break a las 9 de la mañana del primer día. Concluyó el día de trabajo a las 17 horas, y nos fuimos a su departamento: pequeño, con dos habitaciones, cercano a la playa y eso nos permitía salir a cenar sin depender de horarios y guardarnos los viáticos para gastar en cosas personales. Compramos algo de comer en una rotisería y un par de botellas para beber mientras extendíamos la charla.

Volvimos al departamento, nos duchamos, cenamos con ropas muy cómodas y extendimos la charla por horas. Cuando las botellas ya habían quedado vacías, nos fuimos a despedir y aquel primer beso tímido de La Plata, se volvió algo más intenso y terminamos pasando la noche juntos en su cama. Fueron horas de pasión desenfrenada, donde disfruté de una mujer con una experiencia increíble. Aquello duró las tres noches que permanecimos en Mar del Plata, basta con decir que jamás pisé la arena, ni compré alfajores y mucho menos sweters. Recorrí cada rincón de su cuerpo, disfruté de sus habilidades amatorias, de su capacidad de aguantar por horas en la cama, de esas tetas operadas que se endurecían con el roce de mis dedos o de sus labios mamándome.

Fuimos amantes por cerca de dos años, aprovechando viajes, reuniones en poblados cercanos y hasta los sillones de su despacho cuando no había clases en la escuela.

Hasta aquí los recuerdos, y ahora volvamos a la actualidad.

El evento musical fue bastante atractivo, pudimos observar mujeres de nuestra edad moviendo las caderas con habilidades que hacían imaginar lo que serían en una cama, desnudas y sacudiéndose en pleno acto sexual. Por otro lado, jóvenes como Susan o Dina con vestimentas que poco dejaban a la imaginación: rajas súper marcadas, tangas que se perdían entre los cachetes de culos firmes, pechos a punto de reventar brassier deportivos y al final las bailarinas se acercaron a sus invitados para llevarlos a la pista y compartir un rato de danza.

Obviamente Susan vino por Tito, y éste tras hacerse rogar un poco aceptó y se mezcló entre las parejas compartiendo un buen momento. Por mi parte, me quedé allí observando todo: aclaro que para mí la danza es equivalente a hablar chino mandarín, nulo.

Estaba observando todo cuando se acercó a mi Rita.

Rita: discúlpame, ¿sos Alejo?

Alejo: si Rita, más viejo, más canoso pero sigo siendo yo

Me abrazó y me plantó un par de besos, me contó que se había quedado mirándome y tratando de recordar de donde me conocía. Un gesto de mi parte la hizo identificarme, y allí quedó casi convencida de quien yo era.

Rita: ¿qué hacés por acá? ¿Viniste a ver a alguien o con alguien?

Alejo: acompañé a un amigo, estudiábamos juntos y él quiso ver a su amiga

Rita: que bueno ¿qué haces después? Me gustaría charlar con vos

Alejo: nada al menos por ahora

Rita: genial, termino con unos temitas y vamos a tomar un café, ¿sí?

Alejo: aquí te espero

Rita: ya vuelvo

Tito volvió a donde yo estaba y como es su costumbre, no se anduvo con rodeos. “¿Te enganchaste con la veterana? Está interesante” dijo.

Alejo: no tenés idea quien es… ¿te acordás de la novia de Cacho? ¿El profe el SPED II?

Tito: cómo olvidarse de él, se enfiestaba con las mejores hembras del curso

Alejo: esa es la ex de Cacho, fue vice de una de las escuelas donde trabajé

Tito: ¿no jodas? ¿La esposa de Cacho? Estaba buenísima, la rubia…

Alejo: esa misma.

Tito: pasala bien Negro, yo me voy con Susan a Sierra a un spa, cuando vuelva te llamo y cuento como me fue.

Alejo: no te enganches Tito

Tito: ni loco, pero me voy a dar todos los gustos. Nos vemos.

Casi se chocan cuando Tito se iba, Rita ya traía su abrigo y cartera al hombro, dispuesta a salir.

Rita: Pido un Uber y nos vamos

Alejo: no hace falta, estoy con auto

Rita: ok, vamos entonces.

Nos encaminamos a la salida, ella se despedía de varios al salir y quedaba en volver a verse a la brevedad. Ya en la calle, la tomé por la cintura y la guie al auto, nos detuvimos y ascendimos, puse el auto en marcha y girándome hacia ella pregunté: “¿A dónde vamos?”, dudó unos segundos para luego responder “A mi casa, quiero sacarme estos zapatos que son una tortura. Llevo casi 5 horas de pie y necesito descansar”. Yo sabía dónde vivía hace unos 15 años atrás, pero no si aún lo hacía en el mismo lugar.

Alejo: ¿Dónde siempre?

Se rio, y asintió con la cabeza. “sigo viviendo en la misma casa, aunque ya debería mudarme, estoy grande y no me resultan cómodas las escaleras, además que ya me quedé sola, los chicos formaron pareja” comentó.

Al cabo de 15 minutos, me detenía en la puerta de su casa. Abrió la puerta y la escolté por aquella escalera que alguna vez había sido testigo de besos y caricias en la penumbra. Llegamos a la planta alta y accionó la luz de una lámpara, la habitación se iluminó tenuemente: el mismo sillón, el juego de living donde más de una vez habíamos dado rienda suelta a nuestra locura y deseos. Colgó el abrigo y si detenerse fue a la cocina. Yo permanecía recordando detallesy ella me trajo a la realidad “Dale, pasá que los fantasmas no te atrapen” dijo mientras se sentía como abría los grifos y ponía en marcha la vieja cafetera.

Alejo: Está todo igual, como lo última vez…

Rita: no todo, algunas cosas han cambiado otras no tanto

Alejo: ¿vos decis?

Rita: obvio, estamos más grandes, ya somos dos ex docentes

Alejo: solo eso, Rita

Rita: no Negro, éramos dos locos, desesperados, desatados… Más jóvenes

Alejo: ¿estas segura? Tanto no has cambiado, yo sí, más gordo, más viejo

Rita: No jodas Negro, estoy fofa, se me cae todo, menos las operadas claro

Alejo: habría que ver si es tan así

Rita: no me ves desde hace ¿cuánto 10 años? Y decís que estoy igual

Alejo: si te viera en bolas… podría ser más objetivo…

Se rio de buena gana, más de 10 años sin verla y apenas entrado en su casa le pedía que se pusiera en bolas, un descarado total. Ya se había quitado el saco y la calefacción central empezaba a templar bastante el ambiente, sirvió los cafés y nos sentamos en aquel sillón, mudo testigo de nuestras locuras, bebimos tranquilos y charlamos por casi dos horas, las chanzas nos hacían chocarnos los hombros, darnos cortos abrazos, mirarnos a los ojos cuando la charla se volvía sería y finalmente darnos cariños cuando los recuerdos se volvían calientes.

Se acercó a la mesa y tomó uno de sus típicos cigarrillos largos y finos, lo encendió y le dio una buena calada. Se recostó en el sillón y las apetitosas tetas operadas se pusieron muy firmes, apuntando con los pezones al techo.

Rita: ¿por qué te fuiste de la escuela?

Alejo: por vos

Rita: ¿cómo por mí?

Alejo: ¿te hubieses bancado que fuese tu amante y trabajar juntos?

Rita: no creo, había dos o tres que estaban atrás tuyo, no me lo bancaba

Alejo: ahí tenés tu respuesta

Rita: pero te fuiste y ni siquiera volviste a casa, a dormir conmigo cuando ya no estabas en la escuela, me dio mucha bronca

Alejo: puse distancia, y eso ayudó

Rita: a vos te ayudó, a mí no

La charla se estaba poniendo tensa y no quería discutir con ella, ¿cómo hacía para aflojar la tensión? Se me ocurrió que una caricia podría ayudar y así lo hice. Pasé mi mano por su frente, acomodé su cabello a un lado y recorrí con un dedo la mejilla hasta llegar a su cuello.

Se enderezó levemente, apagó el cigarrillo y se giró hasta ponerse de frente a mí. Se aproximó a escasos centímetros de mi rostro y cerrando los ojos me invitó a besarla, entreabriendo sus labios previamente humedecidos por su lengua.

Le tomé el rostro entre mis manos y le di un primer beso, corto, suave. Vi un gesto de aprobación y volví a arremeter, ahora más intenso, dejando que mis manos abandonaran el rostro y bajando por su cuello se instalaran en sus pechos, buscando los pezones que comenzaban a endurecerse.

Nada me costó desprender los botones de la camisa y menos aún desplazar el brassier, ya una vez atrapados los pechos por mis manos, ella cruzó una de sus piernas por sobre las mías y se fue ubicando lentamente sobre mí. La pollera se desplazó hacia arriba y dejó libres esos cachetes ya no tan duros, marcados por huellas propias de la edad que fui amasando. Abandoné su boca y bajé a esas tetas tan duras como siempre, pezones erguidos que recibían mi lengua, recorriéndolos con deseo.

Quiso desprender el cinto y liberarme del jean, pero era muy difícil. Se puso de pie y jalándome de la mano me llevó a su habitación. Aquella cama pequeña donde varias veces habíamos hecho equilibrio para no caer, ya no estaba, ahora la reemplazaba un somier King size, muy mullido que me recibió amablemente.

Se mantuvo de pie y dejó caer todas sus ropas, quedando absolutamente desnuda a los pies de la cama, se aproximó, desprendió el cinto y arrastró el jean y el bóxer, dejando solo la remera como única prenda.

Esos pechos incomparables, esa raja depilada totalmente que brillaba por su humedad incipiente eran una tentación. Se acomodó su cabello en una cola y se acercó a mí. Me empujó dentro de la cama, se montó sobre mi cuerpo y se dejó caer.

Rita: no sabes cuánto extrañaba estar así, desnuda y montando.

Alejo: ¿No me dirás que no la pones desde nuestra última vez?

Rita: no Negro, hace casi un año que no hay un hombre en mi cama y que mejor que volver a tenerlo con alguien que ya sabe lo que quiero y me gusta

Nos enredamos en besos, caricias y mimos por un buen tiempo, ni siquiera intentamos una penetración, jugamos y buscamos la excitación máxima antes de avanzar más allá.

Giramos y la puse debajo, sabía que ella disfrutaba de mi lengua, del recorrido que podía darle desde los pechos hasta aquel agujero más oscuro que me había entregado por primera vez.

Abrí sus piernas, me ubiqué de rodillas entre ellas y comencé a comerme esos pechos cuya firmeza contrastaba con el resto del cuerpo, mamé primero un pezón y luego el otro, junté ambos pechos y di pequeños mordiscos en los pezones para luego de dejarlos firmes y erectos, abandonarlos y bajar por el canal que los separaba rumbo al vientre. Entre besos y lamidas fui surcando las arrugas que el tiempo había dejado en su abdomen, esa ligera pancita que ya cubría lo que antes fue un sector plano que te enviaba directamente a su entrepierna.

Aún mantenía la costumbre de rasurarla por completo, limpia de vellos para que resaltaran esos labios vaginales abultados que siempre se marcaban en los leggins, dejando poco a la imaginación y mucho al deseo.

La escuchaba respirar lentamente, de manera profunda, sin emitir gemidos, tan solo algún resoplido cuando la lengua se abría camino entre esos pliegues suaves.

Me ayudé con dos dedos para abrir su cueva de placer, lentamente fui recorriendo toda su extensión dejando huellas de saliva por cada pliegue, hasta hallar su clítoris aún dormido. Como si de un flash se tratara, recordé que le gustaba que lo chupara profundamente y rematara el momento con mordiscos suaves. Mientras me aplicaba en el tratamiento empecé a escuchar algunos gemidos y supe que estaba en el camino correcto, me dediqué a aplicarle ese trato un buen rato.

Rita: mmm… que rico se siente, casi me había olvidado de eso…

Jugaba con mi cabello mientras recibía mi lengua y labios por toda su raja, no presionaba, pero hacía más intensas las caricias cuando le metía la lengua dentro y arrastraba algo de sus jugos al exterior.

“Ya es hora que la metas, pero con cuidado, la falta de uso y algún arreglito estético me la redujeron un poco, necesitaba hacerla más apretada para gozar mucho más” murmuró mientras se acomodaba en la cama, apoyando sus pies en el colchón para darme el espacio justo para montar sobre ella.

Fui subiendo con los besos hacia sus pechos nuevamente y apuntando a aquel agujero que palpitante esperaba ser penetrado. Guie con mi mano derecha la punta de la verga hacía allí y apoyándola me fui abriendo paso a su interior.

Me costó entrar, evidentemente el trabajo del cirujano había sido muy bueno y se la había dejado casi virginal, apretada, ajustada pero bastante más seca de lo que la recordaba.

Rita: uff… que bien se siente, así despacito que me encanta sentirla entrar

Alejo: que estrecha estás, pareces una pendejita

Rita: me alegro que te guste

Cuando ya casi la había metido por completo, abandonó la posición de sus pies sobre el colchón y me abrazó con sus piernas, llevándome completamente al interior. Me retuvo así unos minutos, presionando y pidiendo besos mientras sus músculos vaginales se contraían alrededor de mi verga. Después de un beso muy profundo, comenzó a moverse, guiándome en el ritmo aferrada a mi cadera, indicando cuando entrar y cuando salir.

Un polvo suave, delicado, lento pero profundo y placentero, fue liberando la presión de sus piernas y permitiendo que le diese un poco más de intensidad. Cuando me excedía, clavaba sus uñas en mi espalda a modo de freno. “Esperá un ratito más, no acabes todavía, quiero disfrutar más, por eso no te monté” murmuró a mi oído. Mantuvimos la cadencia unos minutos más, hasta que ella aceleró.

Sus gemidos se hicieron más intensos, sus manos se aferraban a las sábanas y el movimiento de la pelvis aceleraba más y más. “Ahora si negrito, dame toda tu lechita, lléname que extraño mucho esa sensación” pidió mientras su cuerpo se tensaba y arqueaba hacia arriba. Mis últimos bombazos fueron acompañados con varios chorros de leche, que fueron rebalsando de la cueva y cayendo por sus piernas hacia el colchón.

Me apoyé en mis manos y me separé para ver su rostro, perlado de sudor, con una sonrisa en los labios y los ojos cerrados. Le di besos cortos en las mejillas y finalmente se apoderé de los labios.

Rita: negri, tenes un olor a concha terrible en la boca.

Alejo: es el tuyo, cariño

Rita: es cierto, ya no lo recordaba. Clavarte pajas y después ir a lavarte, o hacerlo en la ducha, hizo que ya no me acordara de mi olor a hembra caliente.

Alejo: voy a lavarme un poco y vuelvo, ¿sí?

Rita: te acompaño, quiero limpiarme.

Fuimos juntos a su bañera, abrió el grifo y dejó caer agua caliente hasta la mitad, para luego meterse y sentarse. Así se fue enjabonando y frotando con sus clásicas esponjas naturales y el perfume de vainilla que solía verter en el agua. Tras lavarme, me senté en el borde y la observé asearse, meticulosa, exigente, revisando cada pliegue de piel: “Negri, ¿me enjabonas la espalda?” pidió acomodándose para que pudiese hacerlo con facilidad.

La ayudé y tras devolverle la esponja, busqué en el placar un toallón para secarla. Quitó el tapón de la bañera, el agua comenzó a bajar de nivel y volvió a abrir el grifo para quitarse los restos de jabón con un duchador. Finalizado el proceso, se puso de pie y tomó el toallón para secarse y envolverse en él. El cabello húmedo cayendo por su espalda, le provocó un escalofrío. Volvimos a la habitación y buscó en un cajón un camisón para cubrirse, siempre lo hacía: después de hacer el amor, ducharse y volver al lecho, siempre se cubría el cuerpo aún sin ropa interior, pero era algo que hacía instintivamente.

Se giró hacia la cama y vio como habían quedado las sábanas, manchadas, revueltas. “¡¡Noooo, mirá como dejamos todo!! Hoy había cambiado las sábanas y todavía no lavé las otras. Ni loca me acuesto ahí de nuevo” dijo mientras retiraba las sábanas sucias, las hacía un bollo y las llevaba al cesto del baño.

Alejo: ¿querés ir a casa? Allá tengo sabanas limpias, no será tu súper cama, pero podemos compartirla.

Rita: ¿y si nos vamos a un hotel?

Alejo: un pernocte en un telo ¿Te gustaría?

Rita: aceptado, me visto y vamos.

Para quienes no sepan, “un pernocte en un telo” es pasar la noche en un motel, con habitaciones especialmente preparadas para mantener relaciones sexuales.

 

Habrá que esperar un par de días, porque el transcurrir de esa noche, vendrá con la 5ta entrega de esta serie.

 

Espero tus comentarios, y más que nada tu opinión.

Saludos,

Alejo Sallago – [email protected]