Esa noche María salió más temprano de lo normal. Dijo que había mucho movimiento en el bar y que quería llegar antes para acomodarse. Dariana y yo nos quedamos solos en la casa desde las 7:30.

Yo estaba en la sala, viendo un partido sin mucho interés, cuando escuché la puerta de su recámara abrirse. Levanté la vista y me quedé quieto.

Dariana apareció en el pasillo.

Llevaba puesto el vestido blanco. Ese que me gusta. El de tela ligera que le marca la cintura y le queda justo por encima de la rodilla. Lo había visto un par de veces antes, pero nunca así. Nunca con esa intención. Debajo traía unos zapatos de tacón blanco de correas finas que se enredaban alrededor de sus piernas blancas, subiendo hasta casi la pantorrilla. El cabello lo tenía suelto, cayéndole sobre los hombros, y se había puesto un poco de brillo en los labios.

Se veía… hermosa. Demasiado hermosa para estar en casa un lunes por la noche.

Caminó hacia la sala sin prisa, como si supiera que yo la estaba mirando. Se detuvo frente al sillón donde yo estaba sentado y se quedó ahí, de pie, mirándome.

—¿Qué? —preguntó, con una sonrisa pequeña y un poco nerviosa—. ¿Me ves raro?

Tragué saliva antes de contestar.

—No… es que… no te había visto con ese vestido en mucho tiempo.

Dariana bajó la vista un segundo, mirando sus propios zapatos, y luego volvió a mirarme.

—Me gusta cómo me queda —dijo bajito—. Y sé que a ti también te gusta.

El silencio que se hizo después de esa frase fue denso. Muy denso.

Se sentó en el brazo del sillón, cerca de mí, con las piernas cruzadas. El vestido se le subió un poco y dejó ver más de su muslo blanco. Yo intenté no mirar, pero era imposible.

—Daniel… —dijo mi nombre de una forma que no era casual—. ¿Puedo decirte algo?

—Dime.

Ella dudó un segundo, mordiéndose el labio inferior. Luego habló sin mirarme directamente.

—Desde que te conocí… siempre me has gustado.

La frase me golpeó directo en el pecho. Me quedé callado, procesándola. Dariana siguió hablando, ahora más rápido, como si tuviera miedo de arrepentirse.

—No desde el principio, obviamente. Al principio eras solo el novio de mi mamá. Pero con el tiempo… empecé a fijarme en ti. En cómo hablas, en cómo me tratas, en cómo me miras cuando crees que no me doy cuenta. Y estos últimos meses… ha sido peor. Mucho peor.

Se rio bajito, nerviosa, y se pasó una mano por el cabello.

—Sé que está mal. Sé que es una locura. Pero ya no puedo seguir fingiendo que no siento nada. Y menos cuando nos quedamos solos así… todas las noches.

Yo seguía sin decir nada. Mi corazón estaba latiendo tan fuerte que estaba seguro de que ella podía escucharlo.

Dariana finalmente me miró a los ojos.

—¿Tú también sientes algo? —preguntó, casi en un susurro—. O soy yo la que está loca.

Respiré hondo.

—No eres tú la que está loca —contesté por fin—. Yo también… te he deseado. Desde hace tiempo.

Dariana cerró los ojos un segundo, como si esas palabras le hubieran quitado un peso de encima. Cuando los abrió, tenía una expresión distinta. Más decidida.

Se levantó del brazo del sillón y se paró frente a mí. Extendió la mano.

—Baila conmigo —dijo.

—¿Qué?

—Baila conmigo —repitió, más suave—. Pon una música lenta… y baila conmigo.

No discutí. Me levanté, busqué en el celular una playlist lenta y puse una canción. La música empezó a sonar suave en la sala. Dariana me tomó de la mano y me jaló hacia el centro del cuarto.

Nos pusimos frente a frente.

Ella medía 1.65m. Yo 1.82m. La diferencia era notoria, sobre todo cuando ella levantó la cara para mirarme. Puse mis manos en su cintura, por encima del vestido blanco. Ella subió las suyas hasta mis hombros y luego las pasó por detrás de mi cuello.

Empezamos a movernos despacio.

El vestido se sentía suave bajo mis manos. El calor de su cuerpo traspasaba la tela. Cada vez que nos movíamos, sus caderas rozaban ligeramente contra las mías. Yo podía oler su perfume, ese aroma dulce que siempre usaba. Y podía sentir cómo su respiración se iba acelerando poco a poco.

—Daniel… —susurró, con la cara muy cerca de la mía.

—¿Qué?

—Siempre quise hacer esto contigo. Bailar así. Contigo.

Bajé la vista. Sus labios estaban brillantes. Sus ojos me miraban con una mezcla de nervios y deseo que me estaba volviendo loco.

—Dariana… esto está mal —dije, aunque mis manos no se movían de su cintura.

—Lo sé —contestó ella, sin apartar la mirada—. Pero no me importa. Llevo mucho tiempo queriendo esto.

Seguimos bailando. La música seguía sonando, lenta, sensual. En un momento, Dariana se puso de puntitas y acercó más su cuerpo al mío. Ahora sí estábamos pegados. Podía sentir sus pechos contra mi pecho, sus muslos rozando los míos. Mis manos bajaron un poco más, hasta la parte baja de su espalda.

Ella soltó un suspiro muy bajito contra mi cuello.

—Siempre me gustaste —volvió a decir, casi contra mi piel—. Desde que te vi por primera vez. Y estos últimos meses… cuando nos quedamos solos hablando hasta tarde… me muero de ganas de que me toques.

Una de mis manos subió por su espalda hasta su nuca. La otra se quedó en su cintura, apretándola contra mí. Podía sentir que mi verga ya estaba dura dentro del pantalón, presionando contra su estómago.

Dariana lo notó. Lo supe porque su respiración se cortó un segundo y luego se pegó más a mí.

—Daniel… —dijo mi nombre con la voz entrecortada.

Bajé la cara. Ella levantó la suya. Nuestros labios quedaron a centímetros.

—Dime que pare —susurré.

—No quiero que pares —contestó ella, casi sin voz.

Entonces la besé.

Fue un beso lento al principio. Suave. Como si ambos tuviéramos miedo de romper algo. Pero duró poco. Dariana abrió la boca y metió su lengua con ganas. Mis manos se apretaron en su cintura y la jalé más contra mí. Ella gimió bajito contra mi boca y me besó más fuerte, más desesperada.

Bailábamos y nos besábamos al mismo tiempo. Sus manos estaban en mi cabello, en mi nuca, bajando por mi espalda. Yo tenía una mano en su cintura y la otra subiendo por su costado, rozando el lado de su pecho por encima del vestido.

Cuando nos separamos para respirar, ella tenía los labios hinchados y los ojos brillantes.

—Te he deseado tanto… —dijo, casi sin aire—. Tanto tiempo.

Volví a besarla. Esta vez más intenso. La empujé suavemente hasta que su espalda tocó la pared de la sala. La besé en la boca, en el cuello, en la clavícula. Dariana echaba la cabeza hacia atrás y gemía bajito cada vez que mis labios tocaban su piel.

Mis manos bajaron hasta sus muslos. Subí el vestido blanco un poco. Ella no me detuvo. Al contrario, abrió un poco las piernas y me dejó tocarla. Mi mano subió por su muslo blanco hasta casi la entrepierna. Podía sentir el calor que desprendía.

—Daniel… —gimió contra mi boca.

—¿Quieres que pare? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—No —contestó, mirándome directo a los ojos—. No quiero que pares. Quiero que me toques. Quiero que me beses. Quiero todo lo que me has estado negando todas estas noches.

La besé otra vez, más fuerte. Mis manos estaban en sus muslos, subiendo el vestido cada vez más. El tacón blanco de sus zapatos se enredaba en mis piernas cada vez que se movía. El contraste de su piel blanca contra el vestido y los zapatos me estaba volviendo completamente loco.

En un momento, Dariana me jaló del cuello y me habló casi contra los labios:

—Llévame a tu recámara.

Me quedé quieto, respirando agitado.

—Dariana…

—Quiero que me lleves a tu cama —insistió, besándome entre palabra y palabra—. Quiero que me desnudes. Quiero que me folles. Llevo mucho tiempo queriendo esto… y ya no quiero esperar más.

Mis manos se apretaron en sus muslos. Mi verga estaba tan dura que dolía.

La miré a los ojos. Ella me sostenía la mirada sin titubear. Tenía la respiración entrecortada, los labios entreabiertos, y en su cara había una mezcla de deseo y determinación que nunca le había visto antes.

—María puede llegar en cualquier momento —dije, aunque sabía que no era una excusa real.

Dariana negó con la cabeza.

—Todavía falta mucho. Y aunque llegue… ya no me importa. Quiero esto. Quiero a ti.

Me besó otra vez, profunda, desesperada. Y mientras la besaba, supe que ya no había vuelta atrás.

La levanté del suelo. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, con los tacones blancos todavía puestos. La cargué hacia el pasillo, besándola sin parar, mientras el vestido blanco se le subía hasta la cadera.

Llegamos a la puerta de mi recámara.

Y entonces, justo cuando iba a abrirla…