La casa estaba en penumbras, solo iluminada por la luz cálida de las lámparas y el brillo de la pantalla del televisor que seguía mostrando el menú de Midnight Cinema. El olor a cerveza, papas fritas y sudor se mezclaba en el aire. Los tres habían estado bebiendo desde hacía horas, apostando y riéndose cada vez más fuerte.
Cuando el menor —Julián, 19 años— perdió la última apuesta, se quedó mirando a su hermana Lucía y a Mateo, el novio de ella, con una mezcla de nervios y desafío.
—En serio… ¿tiene que ser ropa de ella? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Lucía, todavía con la camiseta blanca pegada al cuerpo por el calor, se rió y le dio un empujoncito en el hombro.
—Cumplí, hermanito. Yo busco. Y que sea rico.
Subieron los dos. Mateo se quedó abajo, sentado en el sillón, con las piernas abiertas y una sonrisa que no podía disimular. Escuchaba los pasos arriba, las risas sofocadas de Lucía y el murmullo de Julián protestando. El corazón le latía más rápido de lo normal. No sabía exactamente por qué.
Cinco minutos después se oyó la escalera crujir.
Mateo levantó la vista… y se le cortó la respiración.
Julián bajaba despacio. Llevaba un top de cuero negro ajustadísimo que marcaba cada músculo del pecho y el abdomen, unos shorts de cuero aún más cortos que apenas le cubrían el culo, un cinturón con hebilla grande y varias cadenas plateadas alrededor del cuello. El pelo lo tenía un poco revuelto, los labios entreabiertos, y miraba al piso como si no se atreviera a levantar la vista. Los pies descalzos sobre el piso de madera.
Mateo sintió cómo la verga se le endurecía de golpe, brutalmente, empujando contra el short deportivo. Un calor denso le subió por el estómago hasta la garganta.
—…Mierda —murmuró, sin poder apartar los ojos.
Lucía apareció detrás de su hermano, mordiéndose el labio inferior, claramente disfrutando de la escena.
—Bueno… ahí está. Cumplió. Ahora… el bailecito.
Julián levantó la mirada por fin. Sus ojos se encontraron con los de Mateo y se detuvieron un segundo de más. Notó la erección evidente bajo la tela. Tragó saliva.
—No sé bailar así… —dijo con la voz un poco más ronca de lo normal.
—Improvisá —contestó Lucía, sentándose al lado de Mateo y pasando una mano por el muslo de su novio—. Queremos ver.
La música de fondo del televisor era lenta, casi sensual. Julián se quedó parado frente a ellos, moviendo primero solo las caderas, torpe al principio. El cuero crujía con cada movimiento. Mateo no parpadeaba. Lucía se inclinó hacia su oído:
—Mirá cómo se le marca todo… Dios.
Julián empezó a soltarse. Dio un paso más cerca. Las caderas se movían con más confianza, los dedos de las manos rozando el borde de los shorts. Cuando se dio la vuelta y arqueó un poco la espalda, Mateo soltó un gemido bajo, casi inaudible. La tela negra se le hundía entre los glúteos.
Lucía notó la tensión en el cuerpo de su novio. Sin decir nada, deslizó la mano más arriba y apretó la erección gruesa a través del short. Mateo se arqueó ligeramente.
—Estás duro como una piedra… solo de mirarlo.
Julián se dio cuenta. Se detuvo un segundo, respirando agitado. El top de cuero le brillaba por el sudor. Dio otro paso, ahora casi entre las piernas abiertas de Mateo, y siguió moviéndose, más lento, más provocador. Esta vez sus ojos no se apartaban de la cara del novio de su hermana.
Lucía se levantó de golpe, se puso detrás de Julián y le pasó las manos por la cintura, deslizándolas hacia abajo hasta apretarle el culo a través del cuero.
—Seguí bailando —le susurró al oído—. Él te está mirando como si quisiera comerte.
Mateo no aguantó más. Estiró una mano y tocó el muslo desnudo de Julián, subiendo despacio hasta el borde del short. La piel estaba caliente, tensa. Julián tembló, pero no se alejó. Al contrario: abrió un poco más las piernas.
El ambiente cambió. Ya no había risas. Solo respiraciones pesadas y el sonido lejano de la televisión.
Lucía se agachó un poco y le bajó el cierre del top a su hermano con una lentitud deliberada. El cuero se abrió, dejando ver el pecho marcado y los pezones duros. Mateo se inclinó hacia adelante y, sin pedir permiso, pasó la lengua por uno de ellos. Julián soltó un jadeo ahogado y le agarró el pelo a Mateo, no para apartarlo, sino para acercarlo más.
Lucía se arrodilló al lado del sillón, mirando cómo su novio chupaba el pecho de su hermano menor mientras le acariciaba la entrepierna a través del cuero. El bulto de Julián ya estaba completamente duro, empujando contra la tela negra.
—Sacáselo —ordenó ella con voz ronca.
Mateo no dudó. Le bajó los shorts de cuero de un tirón. La pija de Julián saltó libre, gruesa, venosa, ya goteando. Lucía soltó una risa baja, casi salvaje.
—Mirá eso… qué bien se le ve.
Mateo lo miró un segundo más y después se inclinó y lo tomó en la boca de un solo movimiento. Julián se dobló hacia adelante, agarrándose de los hombros de Mateo, soltando un gemido profundo que resonó en toda la sala. Lucía se levantó, se quitó la camiseta húmeda y se subió encima de las piernas de su novio, frotándose contra la erección todavía vestida mientras miraba cómo Mateo se tragaba la pija de su hermano.
Las cosas se aceleraron.
Lucía terminó de desnudar a Mateo. La verga gruesa y oscura de él quedó al aire, palpitando. Julián, todavía con el top abierto y los shorts a los tobillos, se dejó empujar hacia el sillón. Lucía se arrodilló entre los dos, tomó la pija de su novio y la de su hermano y las juntó, frotándolas una contra la otra mientras los miraba a ambos.
—Quiero verlos juntos —susurró—. Quiero ver cómo se la metés, Mateo.
Mateo no necesitaba más invitación. Hizo que Julián se arrodillara en el sillón, de espaldas a él, y le abrió el culo con las manos. Escupió sobre la entrada, frotó la cabeza de su pija contra el agujero rosado y apretó. Julián soltó un grito ahogado cuando la cabeza entró, grueso y lento. Lucía se puso frente a su hermano, le sostuvo la cara y lo besó mientras Mateo iba enterrándose centímetro a centímetro.
Cuando estuvo completamente dentro, Mateo se quedó quieto un segundo, respirando fuerte, sintiendo cómo el culo de Julián lo apretaba. Después empezó a moverse. Primero lento, profundo. Después más fuerte. El sonido de piel contra piel llenó la sala. Lucía se sentó en el borde del sillón, abrió las piernas y empujó la cabeza de su hermano hacia su concha.
—Chupame mientras te la mete.
Julián obedeció, gimiendo contra la concha de su hermana cada vez que Mateo embestía. Las cadenas del cuello tintineaban con cada embestida. El cuero del top se le pegaba al cuerpo sudado. Mateo le agarró las caderas con fuerza y aceleró, golpeando profundo, mirando cómo el culo de Julián se abría alrededor de su pija.
Lucía llegó primero, apretando las piernas alrededor de la cabeza de su hermano y temblando. Mateo no aguantó mucho más. Se hundió hasta el fondo, gruñó y se corrió dentro de Julián con embestidas cortas y brutales. Julián se corrió segundos después, sin que nadie lo tocara, manchando el sillón mientras su culo se contraía alrededor de la pija de Mateo.
Los tres quedaron jadeando, sudados, enredados. El televisor seguía mostrando el menú de Midnight Cinema. Afuera, la noche seguía siendo larga.
Después del primer orgasmo, el silencio solo se rompía con las respiraciones agitadas y el leve zumbido del ventilador. Mateo todavía estaba semiduro dentro de Julián, que temblaba de rodillas en el sillón, el culo abierto y lleno, el semen empezando a escurrirle por los muslos. Lucía se había sentado en el piso, de espaldas al sillón, con las piernas abiertas y la concha todavía húmeda y palpitante.
Mateo se retiró despacio. Un hilo blanco y espeso conectó su verga con el agujero de Julián por un segundo antes de romperse. Julián soltó un gemido largo, casi de alivio y de necesidad al mismo tiempo. Se dejó caer de costado en el sillón, el top de cuero todavía abierto, las cadenas pegadas al pecho sudado, los shorts negros enredados en un tobillo.
Lucía se arrastró hasta él y le pasó la lengua por el muslo, recogiendo el semen que le bajaba. Julián abrió los ojos y la miró, todavía perdido.
—Hermana… —susurró.
Ella no contestó con palabras. Se subió encima de él, a horcajadas, y frotó su concha contra la pija semiblanda de su hermano, manchándola de semen ajeno y de su propio jugo. Mateo se arrodilló detrás de ella, le abrió el culo con las manos y le pasó la lengua de arriba abajo, lento, saboreando el residual de lo que había dejado dentro de Julián.
Lucía arqueó la espalda y empujó hacia atrás, buscando más lengua. Al mismo tiempo, tomó la verga de Julián —que ya volvía a endurecerse— y la guió hasta su entrada. Se sentó de un solo movimiento, tragándosela hasta el fondo. Julián jadeó y le agarró las caderas, los dedos clavándose en la carne.
Mateo levantó la cabeza, la boca brillante, y se acomodó detrás de Lucía. Escupió sobre su propio dedo y se lo metió en el culo a ella mientras ella cabalgaba a su hermano. Lucía soltó un quejido gutural y se inclinó hacia adelante, ofreciéndose.
—Metémela a mí también… —pidió, casi sin voz.
Mateo no necesitó que se lo digeran dos veces. Se alineó y empujó. El agujero de Lucía estaba apretado, pero cedió. Entró centímetro a centímetro mientras ella seguía subiendo y bajando sobre la poronga de Julián. Cuando estuvo completamente dentro, los tres se quedaron quietos un segundo, sintiendo la presión absurda: dos vergas separadas solo por una fina pared de carne.
Después empezaron a moverse.
Mateo embestía profundo y lento en el culo de Lucía. Ella rebotaba sobre Julián, el pecho golpeándole la cara. Julián levantaba las caderas al mismo tiempo, metiéndosela más fuerte. El sonido era obsceno: piel contra piel, gemidos ahogados, el crujido del sillón viejo.
Lucía llegó otra vez primero, contrayéndose alrededor de las dos vergas, temblando tanto que casi se cae. Mateo la sostuvo por la cintura y aceleró, follándola más duro, más profundo, hasta que también se corrió dentro de ella con un gruñido bajo. El semen le llenó el culo y empezó a salir alrededor de su pija.
Julián todavía no había terminado. Cuando Mateo se retiró, Lucía se levantó temblando y se dejó caer de rodillas entre las piernas de su hermano. Le chupó la pija cubierta de su propio jugo y del semen de Mateo, succionando con fuerza. Mateo se arrodilló al lado y le abrió la boca a Lucía con dos dedos, metiéndoselos hasta la garganta mientras ella seguía chupando.
Julián no aguantó. Se corrió con un gemido largo, llenándole la boca a su hermana. Ella se lo tragó casi todo, pero un hilo le bajó por la comisura de los labios. Mateo se lo limpió con la lengua y después besó a Lucía, compartiendo el sabor.
Los tres quedaron otra vez enredados en el sillón, sudados, el cuero de Julián pegado a la piel, el semen manchando los cojines y los muslos. El ventilador seguía girando. Afuera, la noche no había avanzado lo suficiente.
Mateo pasó una mano por el pecho de Julián, rozando las cadenas, y después bajó hasta su pija todavía sensible.
—Todavía no terminamos —dijo con la voz ronca—. Quiero verte follarte a ella… y después quiero que me la chupes mientras yo la follo a ella otra vez.
Julián lo miró, los ojos oscuros, la respiración todavía agitada. Asintió despacio.
Lucía se rió, baja y cansada, pero ya se estaba acomodando de nuevo, abriendo las piernas.
—Entonces… no se detengan.
Mateo se recostó de espaldas en el sillón, las piernas abiertas, la verga todavía gruesa y brillante de saliva y semen. Julián se acomodó de espaldas a él, de rodillas sobre el sillón, y con una mano se guió. Bajó despacio, el culo abriéndose otra vez alrededor de la verga de Mateo hasta que quedó completamente sentado, las nalgas apretadas contra la pelvis del mayor. Un gemido profundo le salió del pecho cuando sintió cómo lo llenaba hasta el fondo.
Lucía no esperó. Se subió encima de su hermano, de frente a él, y se posicionó. Con una mano sostuvo la verga dura de Julián y se la fue metiendo en la concha, centímetro a centímetro, hasta que quedó completamente sentada sobre él. El peso de los tres se acomodó: Mateo abajo, Julián empalado en su verga, y Lucía empalada en la de Julián.
El tren vertical quedó armado.
Lucía apoyó las manos en los hombros de su hermano y empezó a subir y bajar, lenta al principio. Cada vez que ella se hundía, el movimiento empujaba a Julián más fuerte sobre la poronga de Mateo. Cuando ella subía, Julián se elevaba un poco y volvía a caer, follándose a sí mismo contra Mateo al mismo tiempo que follaba a su hermana.
Mateo agarró las caderas de Julián con fuerza y empezó a embestir hacia arriba, corto y profundo. El movimiento se transmitía a Lucía, que gemía cada vez que el vaivén la hacía rebotar. El sillón crujía bajo el peso de los tres cuerpos sudados.
—Más fuerte… —pidió Lucía, arqueando la espalda.
Julián le agarró las tetas y le chupó un pezón mientras ella cabalgaba. Mateo, desde abajo, levantaba la cabeza y le mordía el hombro a Julián, dejando marcas. El sonido era constante: el golpeteo húmedo de Lucía bajando sobre Julián, el de Julián bajando sobre Mateo, los gemidos que se mezclaban.
Lucía aceleró. Subía casi hasta sacarse la pijay se dejaba caer de golpe, la concha tragándosela hasta el fondo. Cada caída hacía que Julián se hundiera más en Mateo. El menor temblaba, los muslos tensos, las cadenas del cuello tintineando con cada movimiento.Mateo no aguantó el ritmo. Empezó a embestir más rápido desde abajo, levantando las caderas con fuerza, follando el culo de Julián mientras este, a su vez, follaba a Lucía. El tren se movía como una sola máquina: tres cuerpos, dos vergas, un solo ritmo brutal.
Lucía llegó primero otra vez. Se clavó hasta el fondo, se contrajo con fuerza alrededor de la pija de su hermano y soltó un grito ahogado, temblando tanto que casi se cae. Julián la sostuvo por la cintura y siguió embistiéndola desde abajo mientras se corría él también, llenándole la concha a su hermana con embestidas cortas y profundas.
Mateo, sintiendo cómo el culo de Julián se apretaba alrededor de su pija por el orgasmo, se dejó llevar. Empujó hacia arriba una última vez, se hundió hasta las bolas y se corrió dentro de él con un gruñido largo, llenándolo otra vez.
Los tres quedaron quietos un momento, apilados, respirando agitados, el semen de Mateo empezando a salir alrededor de su verga todavía dentro de Julián, y el de Julián escurríendose de la concha de Lucía sobre las bolas de su hermano.
Lucía se inclinó hacia adelante y besó a Julián en la boca, lenta y sucia. Después se giró un poco y buscó los labios de Mateo por encima del hombro de su hermano.
Lucía se levantó del sillón, todavía temblando, el semen bajándole por las piernas.
—Voy a buscar algo… no se detengan.
Salió del living y subió las escaleras desnuda. La puerta de su habitación se cerró con un clic suave.
Mateo no esperó ni un segundo.
Apenas se fue, Mateo agarró a Julián por el pelo con una mano y le clavó la pija hasta el fondo de un solo golpe. Julián gritó, el sonido ronco y desesperado, las manos aferradas al sillón.
Mateo empezó a embestirlo sin piedad, seco, profundo, cada embestida haciendo que el culo de Julián se abriera con un ruido húmedo y obsceno.
—Escuchame bien, putita —le gruñó al oído, la voz baja y sucia—. A partir de ahora sos mi novia. ¿Entendiste? Mi novia de cuero, mi putita personal. Tanto vos como tu hermana son mis putas. Las dos. Mis dos putitas para usar cuando se me cante.
Julián solo podía gemir entre embestida y embestida, la cara aplastada contra el respaldo.
—Decilo —ordenó Mateo, dándole una cachetada fuerte en el culo—. Decí que sos mi novia.
—Soy… soy tu novia —jadeó Julián, la voz quebrada de placer—. Soy tu putita… soy la novia de Mateo…
—Más fuerte, puta.
—¡Soy tu novia! —gritó Julián, casi llorando de excitación—. ¡Soy tu putita de mierda! ¡Usame, usame como tu novia!
Mateo aceleró todavía más, follándolo como si quisiera romperlo, las bolas golpeándole las nalgas una y otra vez.
—Tu hermana también es mía. Las dos son mis putas. Voy a llenarte el culo todas las veces que quiera y después te voy a hacer que le chupes la concha a ella con mi leche adentro. ¿Te gusta, novia?
—Sí… me gusta… soy tu puta… soy tu novia… —balbuceaba Julián entre gritos, el cuerpo temblando.
Lucía volvió en ese momento, desnuda, con la bolsa en la mano. Se arrodilló detrás de Mateo mientras este seguía destrozando el culo de su hermano. Le separó las nalgas y le pasó la lengua por el agujero, profunda, sucia. Mateo gruñó y embistió más fuerte a Julián.
Lucía sacó un frasco de poppers, se lo acercó primero a la nariz de Mateo.
—Respirá, amor.
Mateo aspiró hondo. El efecto le pegó de inmediato: calor en la cabeza, el culo relajado, la pija todavía más dura dentro de Julián.
Después Lucía se lo pasó a su hermano.
—Abrí la boca, putito —le dijo ella con una sonrisa sucia.
Julián, todavía siendo follado sin piedad, abrió la boca. Lucía le sostuvo el frasco bajo la nariz.
—Respirá fuerte.
Julián aspiró. Un calor brutal le recorrió el cuerpo, el culo se le abrió todavía más alrededor de la verga de Mateo y soltó un grito largo, casi histérico de placer.
—¡Aah…! ¡Me… me abro…!
Mateo sintió cómo el culo de Julián se relajaba de golpe y se lo embistió todavía más profundo, casi saliéndose y volviendo a entrar de un golpe.
—Eso… sentí cómo te abro el culo, novia. Sos mía. Mi putita rica.
Lucía no perdió tiempo. Mientras Mateo seguía follando a Julián como un animal, ella le metió dos dedos en el culo a Mateo, los movió rápido y después empezó a empujarle el dildo grueso. Mateo gruñó, el cuerpo tenso, pero estaba tan abierto que el juguete entró casi de una.
Ahora Mateo estaba siendo follado por el dildo mientras él destrozaba el culo de Julián. Cada embestida que le daba a su “novia” hacía que el dildo se le hundiera más adentro. Cada vez que Lucía empujaba el juguete, Mateo embestía más bruto a Julián.
Julián gemia sin parar con, el culo rojo y abierto, recibiendo todo:
—¡Soy tu puta! ¡Soy tu novia! ¡Llename, llename el culo, por favor!
Mateo le agarró el pelo con las dos manos, le forzó la cabeza hacia atrás y le habló directo al oído, la voz rota de placer:
—A partir de ahora tenés dos dueños, putita. Yo y tu hermana. Sos nuestra novia. Nuestra puta. Y cada vez que se nos cante te vamos a usar así… hasta que no puedas ni caminar.
Julián solo pudo gritar de acuerdo mientras se corría sin que lo tocaran, manchando el sillón, el cuerpo convulsionando alrededor de la pija de Mateo.
Mateo se hundió hasta las bolas, el dildo completamente dentro de su propio culo, y se corrió con un gruñido salvaje, llenando a Julián por enésima vez esa noche.
Lucía sacó el dildo despacio, se lo pasó por los labios a su hermano para que lo chupara y después se lo metió en la boca a Mateo para que lo limpiara.
Los tres quedaron destruidos, sudados, el olor a sexo, y a semen llenando toda la sala.
Después del último orgasmo quedaron un rato abrazados, caricias lentas, besos perezosos. Mateo les pasaba las manos por la espalda a los dos, Julián le mordisqueaba el cuello, Lucía les limpiaba el semen de los muslos con la lengua. El ambiente se había vuelto casi tierno… hasta que la verga de Mateo volvió a ponerse dura, gruesa, levantándose otra vez entre ellos.
Lucía sonrió y se acomodó de rodillas entre sus piernas. Le agarró la verga con las dos manos y se la metió en la boca de una, chupándola profundo, haciendo ruidos húmedos y sucios. Mateo le agarró el pelo y empezó a mover las caderas, follándole la cara despacio.
Julián los miraba desde el costado, la respiración acelerándose otra vez. Se acercó por detrás de Mateo, que estaba semi-recostado en el sillón. Le separó las nalgas con las manos y le pasó la lengua por el agujero todavía sensible, lento, profundo. Mateo gruñó contra la boca de Lucía, pero no se apartó.
Julián se acomodó mejor. Escupió sobre su propia verga , ya dura otra vez, se alineó… y de un solo empujón se la clavó a Mateo hasta el fondo.
Mateo abrió los ojos de golpe y soltó un gemido ahogado alrededor de la concha de Lucía. El culo se le cerró alrededor de la verga de Julián, sorprendido, pero no lo echó. Julián le agarró las caderas con fuerza y empezó a embestir, seco, profundo, follándolo por sorpresa mientras su hermana le seguía chupando la pija.
—Mierda… —gruñó Mateo, la voz rota.
Julián se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le habló al oído, la voz sucia y triunfante:
—¿Quién es la novia de quién ahora, putito?
¿Quién te está abriendo el culo mientras mi hermana te mama la pija?
Mateo solo pudo gemir, atrapado entre la boca de Lucía y la poronga de Julián que lo embestía sin piedad. Cada vez que Julián se la metía hasta las bolas, la verga de Mateo se le hinchaba más en la garganta de Lucía.
Julián aceleró, follándolo más bruto, el sonido de piel contra piel llenando la sala.
—Decilo —le exigió, dándole una cachetada en el culo—. Decí quién es la novia ahora.
Mateo, con la boca llena de su propia saliva y de la pija que Lucía no dejaba de chupar, apenas pudo articular:
—Yo… yo soy tu puta… soy la novia de Julián…
—Más fuerte, putito.
—¡Soy tu novia! —gruñó Mateo entre embestidas—. ¡Soy la puta de Julián!
Lucía se separó un segundo, un hilo de saliva conectando sus labios con la punta de la verga de Mateo, y se rió baja:
—Qué lindo se ve mi novio siendo la putita de mi hermano…
Julián no se detuvo. Le agarró el pelo a Mateo, le forzó la cabeza hacia atrás y se la embistió más profundo todavía, el culo de Mateo abriéndose y cerrándose alrededor de su verga.
—A partir de ahora también sos mío —le dijo al oído, cada palabra acompañada de una embestida—. Mi putita. Mi novia. Y cuando se me cante te voy a usar así… delante de ella.
Mateo solo podía gemir y empujar hacia atrás, buscando más, mientras Lucía volvía a tragársela hasta la garganta. Los tres estaban otra vez perdidos: Julián follando a Mateo por sorpresa, Lucía chupándole la pija, y Mateo en el medio, siendo usado por sus dos “novias”.
Julián se dejó caer sentado en el sillón, la pija todavía dura, brillante de saliva y de haber estado dentro de Mateo. Se acomodó, las piernas abiertas, y miró a su hermana.
Lucía y él agarraron a Mateo por las caderas y lo hicieron subir. Lo sentaron a horcajadas encima de Julián, de espaldas a él. Julián se guió la verga hasta el culo de Mateo y lo bajó despacio. Mateo soltó un gemido largo cuando sintió cómo se lo tragaba otra vez, centímetro a centímetro, hasta quedar completamente empalado, sentado hasta las bolas.
Los tres se quedaron así un momento, quietos, respirando.
Lucía se arrodilló delante de ellos. Le acarició el pecho a Mateo, le besó la boca lenta y profunda, mientras Julián le rodeaba la cintura con los brazos desde atrás y le besaba el cuello, el hombro, la oreja. Las manos de los dos hermanos recorrían el cuerpo de Mateo: caricias en el pecho, en el abdomen, en los muslos, dedos rozándole la verga dura que apuntaba hacia arriba.
Mateo tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el hombro de Julián, los ojos cerrados, dejándose tocar. Lucía le bajó la boca hasta un pezón y lo chupó despacio, mientras su mano subía y bajaba por la verga de Mateo. Julián empezó a mover las caderas suavemente desde abajo, embistiéndolo corto y profundo, sin prisa.
—Mirá qué lindo se ve nuestro novio… —susurró Lucía contra la piel de Mateo.
Julián le mordió el lóbulo de la oreja y le habló al oído, la voz ronca:
—Sos nuestro. De los dos.
Mateo solo pudo gemir, las manos agarrando los muslos de Julián. El ritmo se fue acelerando poco a poco. Julián lo embestía más fuerte, levantando las caderas, follándolo desde abajo mientras Lucía le chupaba el cuello y le masturbaba la pija al mismo tiempo.
Los besos se volvieron más urgentes. Lucía y Mateo se comían la boca. Julián les besaba el cuello a los dos. Las caricias ya no eran suaves: uñas, apretones, manos que se aferraban.
Julián aceleró de verdad. Empezó a embestir a Mateo con fuerza, el culo de éste subiendo y bajando sobre su verga, el sonido húmedo llenando la sala otra vez. Lucía se puso de pie, se subió al sillón y le metió la concha en la boca a Mateo. Él la chupó con ganas mientras Julián lo follaba sin piedad desde abajo.
El final llegó casi al mismo tiempo.
Julián se hundió hasta el fondo, le agarró las caderas a Mateo con fuerza y se corrió dentro de él con un gruñido largo, llenándolo otra vez. Mateo, con la boca todavía en la concha de Lucía, se corrió entre las manos de ella, manchándole el abdomen y el pecho. Lucía se apretó contra la cara de Mateo y llegó también, temblando, mojándole la boca y la barbilla.
Los tres se quedaron enredados, jadeando, el cuerpo de Mateo todavía sentado sobre la pija de Julián, el semen empezando a salirle del culo. Lucía se dejó caer al lado, la cabeza apoyada en el hombro de su hermano, una mano todavía acariciando el pecho de Mateo.
Nadie habló durante un rato.
Solo se escuchaba la respiración agitada y el ventilador girando en silencio.
Los tres todavía respiraban agitados cuando Mateo miró el dildo que estaba tirado en el piso y después a Lucía.
—Ahora te toca a vos.
La hicieron recostar en el sillón, las piernas abiertas. Julián se arrodilló entre ellas y le metió primero dos dedos, después tres, abriéndola. Mateo le acercó el frasco a la nariz.
—Respirá hondo, putita.
Lucía aspiró profundo. El efecto le pegó de inmediato: calor en la cabeza, el cuerpo entero relajado, la concha latíéndole. Soltó un gemido largo cuando sintió cómo se le abría todo.
Julián se acomodó debajo de ella, la pija dura otra vez. La bajaron sobre él y se la fueron metiendo en la concha despacio hasta que quedó completamente sentada, empalada. Mateo se arrodilló detrás, le separó las nalgas y le empujó el dildo grueso en el culo de un solo movimiento. Lucía gritó, el cuerpo arqueándose, sintiendo con mucha intensidad.
Ahora tenía la pija de su hermano en la concha y el dildo llenándole el culo.
Mateo no se detuvo ahí. Se acomodó delante de ella, le levantó un poco las caderas y empezó a empujar su propia verga junto a la de Julián, dentro de la misma concha. Lucía abrió la boca en un gemido ahogado cuando sintió las dos vergas abriéndola al mismo tiempo. Estaba completamente llena: dos vergas juntas en la concha y el dildo grueso en el culo.
Empezaron a moverse.
Julián embestía desde abajo. Mateo lo hacía desde arriba, las dos porongas rozándose dentro de ella, estirándola. El dildo se movía con cada embestida. Lucía gritaba sin parar, las uñas clavadas en los hombros de Mateo.
—Más… más fuerte… llénenme…
Los dos hermanos aceleraron. La follaban sin piedad, las dos vergas entrando y saliendo juntas de su concha, el dildo hundiéndosele en el culo una y otra vez. El sonido era obsceno, húmedo, constante. Lucía ya no formaba palabras, solo gemidos rotos y gritos de placer.
El final llegó brutal y al mismo tiempo.
Mateo y Julián se hundieron hasta el fondo, las dos pijas completamente dentro de ella, y se corrieron juntos. Lucía sintió cómo la llenaban, chorro tras chorro, el semen caliente de los dos mezclándose dentro de su concha. Ella llegó también, convulsionando alrededor de las dos vergas, el dildo todavía clavado en su culo.
Cuando por fin se detuvieron, Mateo y Julián se retiraron despacio. Un chorro espeso de semen les salió de la concha a Lucía y le bajó por el culo, alrededor del dildo que seguía dentro de ella.
No se lo sacaron.
La dejaron así: tumbada en el sillón, las piernas abiertas, el dildo negro todavía clavado en el culo y el semen de los dos hermanos escapándosele de la concha.
Mateo le acarició el pelo. Julián le besó el muslo.
Ninguno dijo nada.
Solo se quedaron mirándola, agotados, dueños.
------------
Después de esa noche todo cambió, pero de una forma silenciosa y extrañamente natural. Los tres aprendieron a moverse alrededor de los padres sin levantar sospechas: miradas que se alargaban un segundo de más cuando estaban solos, manos que se buscaban debajo de la mesa, noches en las que Mateo “se quedaba a dormir” y terminaban los tres en la misma cama, enredados, cansados y contentos. Entre ellos había una mezcla rara de cariño y posesión. Se cuidaban, se celaban en silencio y se usaban cada vez que podían. Julián ya no era solo el hermano menor. Era parte de la ecuación, y los tres lo sabían.
------------
Pasaron cuatro meses. Una mañana Lucía salió del baño con el test en la mano y se lo mostró a los dos sin decir nada. Las dos rayitas estaban ahí, claras. Mateo se quedó callado un momento y después la abrazó por detrás, apoyando la barbilla en su hombro. Julián, sentado en la cama, los miró a ambos y solo asintió, serio. Nadie preguntó de quién era.
-----------
Siete meses después, en la habitación del hospital, Lucía sostenía al bebé recién nacido contra el pecho. Mateo estaba sentado a su lado, pasándole una mano por el pelo. Julián entró en silencio y se quedó un momento mirándolos desde la puerta. Cuando se acercó, el niño abrió los ojos y giró la cabeza hacia él casi de inmediato, como si lo reconociera. Tenía su misma marca de nacimiento pequeña en el hombro. Lucía y Mateo intercambiaron una mirada rápida, apenas un segundo. Nadie dijo nada. Julián le ofreció el dedo al bebé y este lo agarró con fuerza, sin soltarlo.
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión