Elias Voss tenía veinticuatro años y una habilidad especial para arruinarlo todo.

Era el último de una línea de brujos mediocres que se había ido diluyendo generación tras generación. Su abuela todavía sabía hacer un buen amuleto de protección. Su madre apenas lograba encender una vela con magia. Él… bueno, él todavía estaba intentando no incendiar el apartamento cada vez que intentaba algo más ambicioso que un hechizo de luz.

Vivía en un piso viejo y húmedo del barrio antiguo, heredado de la abuela. Trabajaba por las mañanas en una librería esotérica de segunda mano donde vendía grimorios que apenas entendía y amuletos de “protección contra mal de ojo” a turistas. Por las noches, intentaba estudiar. Y fallaba. Con estilo.

Esa noche el objetivo era simple: un círculo de protección básico. Nada de invocar espíritus, nada de portales, nada de pedirle favores a entidades mayores. Solo quería que los pequeños espíritus que llevaban semanas tocándole la ventana dejaran de molestarlo.

El círculo de sal estaba ligeramente torcido. Una de las velas tenía la mecha defectuosa. Y Elias, con el cabello negro revuelto cayéndole sobre los ojos azul oscuro, murmuró las palabras mientras pensaba en si le quedaba café para mañana.

El aire cambió.

Primero fue un olor: azufre dulce, cuero caliente y algo peligrosamente carnal. Luego el suelo tembló. El círculo brilló con un rojo intenso y el humo denso se elevó formando una figura.

Y apareció él.

Azrael se materializó con una lentitud deliberada, como si el mundo mortal tuviera que merecer su presencia. Medía casi dos metros. Cuerpo musculoso y marcado, piel de un tono rojizo oscuro que parecía absorber la luz. Runas brillantes en rojo y negro recorrían su pecho, brazos y abdomen. Dos cuernos elegantes y curvados coronaban su cabeza. Una cola larga y ágil se movía detrás de él con vida propia. Y sus ojos… dorados, brillantes, peligrosos.

Se quedó unos segundos observando a Elias con una expresión entre aburrida y entretenida.

—Vaya —dijo con una voz grave, profunda y llena de promesas oscuras—. Un brujo joven, torpe y… ¿virgen? Qué regalo tan inesperado.

Elias parpadeó. Luego dio un paso atrás hasta chocar con la pared.

—Yo… esto era un hechizo de protección. ¿Quién eres?

Azrael dio un paso fuera del círculo. La sal no lo detuvo. Nada lo detendría.

—Soy Azrael, Príncipe de las Sombras Eternas. Y tú, Elias Voss, acabas de invocarme sin querer… y sin leer la letra pequeña.

Se acercó. El calor que emanaba de su cuerpo era casi sofocante. Elias sintió cómo se le secaba la boca.

—Según las leyes antiguas —continuó el demonio, deteniéndose a pocos centímetros—, cuando un mortal invoca a un demonio de mi rango sin el ritual correcto, se activa un Contrato Carnal. Siete noches. Siete pecados. Cada noche te entregarás a mí completamente. Si fallas o te niegas… me quedo en este mundo para siempre y tu alma es mía. Si completas las siete… me voy.

Elias tragó saliva. Intentó sonar más valiente de lo que se sentía.

—¿Y si me niego ahora mismo?

Azrael sonrió. Era una sonrisa lenta, peligrosa y hermosa.

—Entonces me quedo. Y te aseguro que no seré tan… amable.

Elias lo miró de arriba abajo. Luego se pasó una mano por el cabello, desordenándolo aún más.

—Genial. Invoco un demonio por error y resulta que es un príncipe del infierno con contrato de siete noches. Mi abuela se estaría riendo en su tumba.

Azrael inclinó la cabeza, claramente divertido.

—Me caes bien, brujito. Tienes humor. Eso va a hacer que las noches sean más entretenidas.

Se acercó aún más. Su cola rozó suavemente el tobillo de Elias.

—Empezamos esta noche —susurró—. Lujuria. Y vas a aprender muy rápido que yo siempre estoy arriba.

Elias sintió un escalofrío que no era solo de miedo. Su cuerpo ya estaba reaccionando a él, traidor.

—Esto no puede estar pasando…

Azrael levantó una mano y acarició su mejilla con una ternura falsa.

—Oh, sí puede. Y te aseguro que va a ser mucho mejor… y mucho peor… de lo que imaginas.

El contrato se selló con un leve brillo rojo alrededor de ambos. Elias sintió el peso mágico instalándose en su pecho.

Azrael dio un paso atrás, observándolo con ojos dorados llenos de anticipación.

—Desnúdate, Elias Voss. La primera noche acaba de empezar.

Elias, con el corazón latiéndole desbocado y una mezcla peligrosa de miedo, excitación y sarcasmo, soltó una risa nerviosa.

—Claro. Porque mi vida no podía ser más normal.

Y así, entre el olor a azufre y el calor de un demonio que acababa de reclamarlo, empezó el contrato más absurdo y peligroso de su vida.