Capítulo 1: Lujuria

Azrael no le dio tiempo a pensarlo demasiado.

En cuanto Elias terminó de desnudarse —con manos un poco torpes y el corazón a mil por hora—, el demonio lo empujó contra la pared del sótano. Su cuerpo caliente y sólido se pegó al de él. El contraste era brutal: Elias delgado y humano, Azrael alto, musculoso y claramente superior en todos los sentidos.

—Mírate —susurró Azrael contra su boca, rozando sus labios sin besarlos todavía—. Temblando como un novato. ¿Cuánto tiempo llevas sin tocar a nadie, brujito?

Elias tragó saliva. Intentó mantener el humor aunque su polla ya estuviera dura contra el abdomen del demonio.

—¿Técnicamente? Toda la vida. Así que… sí. Bastante tiempo.

Azrael rio bajito, un sonido grave que le recorrió la columna.

—Perfecto.

Lo besó. No fue un beso suave. Fue hambre. Lengua, dientes, control absoluto. Elias gimió contra su boca y sintió cómo las manos grandes de Azrael bajaban por su torso hasta envolver su erección. La acarició con una destreza insultante, lenta y firme.

—Tan duro ya… —murmuró el demonio—. Vas a ser fácil de romper.

Antes de que Elias pudiera responder, Azrael lo giró contra la pared y le separó las piernas con una rodilla. Una mano caliente se deslizó entre sus nalgas, untando algo resbaladizo que olía ligeramente a magia. Un dedo grueso presionó contra su entrada y empujó dentro con lentitud deliberada.

—Joder… —jadeó Elias, la frente apoyada en la pared fría.

—Relájate —ordenó Azrael contra su oído—. Voy a abrirte. Y vas a tomarlo todo.

Añadió un segundo dedo, curvándolos justo donde hacía que las piernas de Elias temblaran. La preparación fue lenta, casi cruelmente paciente. Cuando el demonio decidió que era suficiente, retiró los dedos y alineó su polla gruesa y caliente contra la entrada de Elias.

—Respira —susurró—. Y no te atrevas a pedirme que pare.

Empujó. El estiramiento fue intenso, casi demasiado. Elias soltó un gemido largo y ahogado mientras Azrael se hundía centímetro a centímetro, llenándolo por completo. Cuando estuvo dentro del todo, se detuvo, dejando que Elias se acostumbrara al tamaño.

—Tan apretado… —gruñó Azrael, la voz más grave todavía—. Tan virgen. Eres mío esta noche.

Empezó a moverse. Al principio con embestidas lentas y profundas, después con más fuerza cuando Elias empujó hacia atrás sin darse cuenta. Cada golpe hacía que el cuerpo de Elias temblara. El sonido de piel contra piel llenó el sótano.

—Habla —exigió Azrael, tirando de su cabello para obligarlo a arquear la espalda—. Dime cómo se siente tener un demonio dentro de ti.

Elias soltó una risa entrecortada entre gemidos.

—Como si me estuvieran matando… de la mejor forma posible.

Azrael rio y aceleró. Una mano grande envolvió la polla de Elias y lo masturbó al ritmo de las embestidas.

—Buen chico. Ahora más fuerte. Quiero que me tomes todo.

Las embestidas se volvieron más profundas y salvajes. Elias estaba perdido: el placer, el ardor, la sensación de estar completamente lleno. Cuando Azrael empezó a hincharse en la base, Elias lo sintió de inmediato.

—Eso… ¿qué es…?

—Mi nudo —gruñó Azrael contra su cuello—. Voy a trabarme dentro de ti. Y vas a quedarte así hasta que yo diga.

El nudo se hinchó por completo, atrapándolos juntos. Azrael embistió un par de veces más y se corrió con un gruñido grave, llenando a Elias con chorros calientes y abundantes. La presión del nudo y el calor interno empujaron a Elias sobre el borde. Se corrió con un grito ahogado, apretando alrededor del demonio.

Se quedaron unidos un largo rato, respirando agitados. Azrael lo abrazó por detrás, todavía dentro, y le mordió suavemente el hombro.

—Una noche menos, brujito —susurró—. Y apenas estoy empezando contigo.

Elias, exhausto y todavía trabado, soltó una risa débil.

—Genial. Solo me quedan seis noches para arrepentirme de no haber prestado atención en clase de rituales.

Azrael sonrió contra su piel.

—Demasiado tarde para arrepentimientos.

Cuando el nudo bajó lo suficiente, se separó con cuidado. Elias se apoyó en la pared, las piernas temblando, sintiendo cómo el semen del demonio se deslizaba por el interior de sus muslos.

Azrael lo observó con ojos dorados satisfechos.

—Mañana es Gula. Y pienso hacerte comer… y follarte al mismo tiempo.

Elias se quedó mirando el techo del sótano, el cuerpo temblando y la mente en blanco.

—Esto va a matarme —murmuró.

Desde la puerta, la voz grave de Azrael llegó clara y divertida:

—Eso espero.

Fin del Capítulo 1