Parte 1

El jueves amaneció con un aire completamente diferente. Caminar por los pasillos del Conalep ya no se sentía como una condena; ahora lo veía como mi patio de juegos personal.

En la primera hora, nos tocó Historia. Me senté estratégicamente un par de filas detrás de Camila para poder observarla. La pobre no podía ni agarrar bien el lápiz para tomar apuntes. Tenía unas ojeras tremendas, como si no hubiera dormido nada, pero la piel le brillaba de una forma rara, casi febril.

Se la pasó toda la hora cruzando y descruzando las piernas, removiéndose en la butaca de madera, frotando los muslos disimuladamente por debajo de la banca. Yo sabía perfectamente por qué estaba así: su mente reprimida no paraba de darle vueltas a lo de ayer, y su cuerpo todavía estaba lidiando con la sensación de haber sido llenada sin protección por primera vez. Esa morra ya estaba rota; la nerd se había vuelto adicta a que la preñaran. De vez en cuando volteaba hacia atrás, cruzaba miradas conmigo, se ponía rojísima y se mordía el labio con un hambre que ya no podía disimular.

A la hora del recreo, me llevé a Melissa a comprar algo a la cooperativa y nos sentamos en una de las jardineras, un poco alejados del desmadre de los güeyes de electromecánica que andaban jugando futbol.

Le pasé el brazo por los hombros y le di un beso lento en el cuello, sintiendo cómo se erizaba.

—Oye, amor... mis papás tienen turno doble mañana viernes en la fábrica —le comenté como si nada—. La casa va a estar sola toda la noche.

Melissa me volteó a ver con una sonrisa traviesa.

—Mmm... ¿quieres que vaya a hacerte compañía? —ronroneó, pasándome una mano por el pecho.

—Quiero algo mejor.

Bajé mi mano izquierda y busqué el borde del reloj. Apreté el botón. El pitido ultrasónico zumbó en el aire, imperceptible para los demás, pero directo al cerebro de ella. Los hombros de Melissa cayeron un par de centímetros y sus pupilas se dilataron.

Acerqué mis labios a su oreja y le hablé con voz grave, dándole justo en su punto débil.

—Quiero que organices una pijamada en mi casa mañana en la noche. Invita a Jackie, a Camila y a Andrea. Diles que vamos a ver películas, tomar algo y quedarnos a dormir. Pero tú y yo sabemos a qué van. Quiero que las traigas para mí. Claro que me encargaré de que les quede claro a todas quién es la dueña de la casa, quién manda, y de quién es mi verga.

El reloj hizo su magia, pero el fetiche territorial de Melissa fue el que realmente encendió la mecha. Vi cómo su respiración se aceleraba. La idea de tener a sus amigas ahí, sometidas a mi autoridad y viéndola a ella como la "reina", le voló la cabeza.

—Sí... —susurró Melissa, con la voz temblorosa y los ojos oscurecidos por el morbo—. Yo las invito. Voy a hacer un grupo en WhatsApp ahorita mismo. Que vayan. Que vean que soy la principal y que soy la única que te coge sin condón.

Tuve que morderme la lengua para no reírme ahí mismo al escuchar su falsa sensación de seguridad, sabiendo perfectamente que la mitad de mi leche de ayer seguía adentro de Camila.

Melissa sacó su celular y empezó a teclear desesperada. A los cinco minutos, el grupo estaba hecho. Jackie aceptó de volada, mandando un sticker de un diablito. Camila tardó un par de minutos, seguro dudando por puro nerviosismo, pero terminó confirmando.

La única que puso peros fue Andrea. Mandó un mensaje diciendo que no sabía si sus papás la iban a dejar quedarse a dormir en casa de un hombre, la típica excusa de niña buena. Pero Melissa, empujada por la orden que le di y su propia calentura, le marcó por teléfono ahí mismo y la manipuló diciéndole que mis papás sí iban a estar, que iban a hacer tarea y que no fuera aburrida. Al final, Andrea cedió.

Yo me quedé