Soy Marta, la chica gallega que había escrito a esta sección hace unos días para contaros lo que me pasó el verano pasado, estando de vacaciones en un pueblo de la costa norte gallega.

Pues bien, aquella experiencia extrema de sexo, aunque al principio me resultó bastante difícil de asimilar, poco a poco me fui dando cuenta que no era nada malo.

A fin de cuentas, ¿qué había hecho yo aparte de gozar como una condenada con un montón de tíos buenísimos? Quizás ellos pensasen que era una puta y que me habían utilizado, pero yo llegué a pensar que no era nada malo gozar del sexo sin inhibiciones, y en realidad, me dije, fui yo quién los utilicé a ellos.

Sólo había que ver lo calientes que estaban y cómo en todo momento se ocupaban de mí sin atender a ninguna otra cosa. ¡Qué demonios! A fin de cuenta tengo 20 años y derecho a disfrutar de esta vida tan corta lo más aprisa que pueda.

En esas vacaciones, por supuesto, tuve más relaciones sexuales aparte de la del equipo de baloncesto, pero fueron bastante normalitas, por eso no voy a perder el tiempo contándolas aquí; ya sabéis, las típicas noches que sales de marcha y te acabas yendo con un tío que te mola a follar en cualquier playa de los alrededores o en el coche del tío en cuestión.

Pero lo realmente interesante me ocurrió justo al volver de las vacaciones.

Resulta que me tuve que volver a mi pueblo a mediados de agosto por causa de los exámenes.

Soy estudiante universitaria, y me habían quedado un par de asignaturas para septiembre, con lo que tenía que regresar para concentrarme y estudiar.

Por su parte, mis padres se quedaron en el lugar de veraneo hasta principio de septiembre, pues mi padre no tenía que trabajar hasta entonces.

Con esto, un domingo por la tarde cogí el autobús y después de dos horas y media de viaje, llegué a la estación de autobuses de mi pueblo.

Allí me esperaba mi hermano, que se había quedado en casa todo el verano castigado estudiando, pues le habían quedado nada menos que ocho asignaturas, y mis padres se pusieron hechos unas furias y le dijeron que no vendría con nosotros de vacaciones.

Al bajar del autobús, mi hermano me dio dos besos y juntos nos fuimos paseando hacia casa, contándonos mutuamente cómo habíamos pasado ese mes y medio que habíamos pasado sin vernos.

Mi hermano Sebastián es un jovencito de 16 años, que como todo chaval de su edad está en esa época difícil del despertar sexual.

Yo ya lo había descubierto varias veces hurgando en mi ropa y en alguna ocasión me habían desaparecido tangas, con lo que supuse que las cogía para masturbarse, pero no le di ninguna importancia, pues creía que eran cosas de la edad, aunque era un poco fuerte pensar que mi propio hermano me mirase con deseo y que le gustaría echarme un buen polvo.

Yo era consciente de eso, y cuando estábamos en casa, lo provocaba disimuladamente, por ejemplo saliendo de la ducha media desnuda o cambiándome de ropa en mi habitación con la puerta abierta, para que él pudiera verme. Pero, en fin, no dejaba de ser una especie de jueguecillo prohibido.

Cuando llegamos a casa ya eran más de las once y media, y le hice una cena a base de huevos fritos y luego me fui para cama, pues estaba agotada del viaje.

Al día siguiente, me levanté temprano para ir a la biblioteca a estudiar, y volví a la una de la tarde para hacer la comida.

Mi hermano era un traste; le quedaban apenas quince días para los exámenes y no cogía un puto libro en la mano. Era el típico chico rebelde, de media melena y con un pendiente en su oreja izquierda.

Al terminar de comer, me ayudó a recoger la mesa y luego le dije que me iba a duchar para inmediatamente volver a la biblioteca.

Cuando salí de la bañera después de la ducha, al cerrar el agua oí la voz de mi hermano, y supuse que estaba hablando con alguien por teléfono, pero hablaba muy bajito, casi susurrando, obviamente para que yo no me enterase.

“¿Pero qué cojones andará tramando éste” me dije yo, mientras me acercaba a la puerta sigilosamente y la abría con mucho cuidado para no hacer ruido. En ese momento decía mi hermano a su interlocutor:

– Sí, sí , Manu. No te preocupes por nada. Vamos a estar solos toda la tarde. Mi hermana se va dentro de diez minutos para la biblioteca a chapar. En cuanto salga, paso por ahí, cogemos las cosas, llamamos a los otros y nos venimos para acá.

Ya no me hacía falta escuchar más, estaba llamando a uno de sus mejores amigos para montar alguna especie de fiesta o algo así en nuestra casa aprovechando que yo me iba a estudiar por la tarde.

“Pues te va a salir el tiro por la culata, chaval, pensé”, y acto seguido volví a cerrar la puerta del cuarto de baño con el mismo cuidado con el que la abrí, para no levantar sospechas, y acabé de secarme el cuerpo. Antes de salir hacia mi habitación, me enrollé la toalla al cuerpo, pero la dejé muy subida para que me quedara bien cortita por abajo, de manera que apenas tapaba mi culito.

Estaba dispuesta a calentar un poco a mi hermanito, que se hallaba tumbado en el sillón mirando la tele, como estaba casi todo el día.

Hice como si fuese hacia la cocina a buscar algo, y al pasar por el salón, donde estaba él, dejé caer al suelo un bote de crema corporal que llevaba en las manos, y me incliné para recogerlo, dejando en ese momento ante los ojos de mi hermano Sebas la esplendorosa visión de mi culo y mi coño en toda su extensión.

Por el rabillo del ojo pude ver como Sebas clavaba los ojos como dos puñales en mi trasero, poniéndose colorado ante el espectáculo. “Eres una auténtica bruja” , pensé para mí.

Después de pasar por la cocina(para disimular) fui a mi habitación, me puse una tanguita violeta con un sujetador a juego, un vestido blanco con lunares rojos de una pieza y unas chanclas de plataforma; cogí la carpeta y me dirigía hacia la puerta de salida de casa. Eran casi las cuatro de la tarde. Antes de marcharme le dije a mi hermano:

-Sebas, me voy para la biblio. Vendré sobre las nueve y media o diez.

-Vale, no te preocupes. Yo me voy a quedar en casa estudiando. Chao.

Con esto, salí de casa y bajé las escaleras del edificio hasta llegar a la calle (vivimos en un 2º piso); bajé por la carretera en dirección a la biblioteca, pero en la primera bocacalle me metí a la derecha y di toda la vuelta a la manzana, apareciendo nuevamente al lado del portal del edificio en el que vivo.

Acto seguido, me escondí detrás de un coche que había aparcado a unos veinte metros de la entrada, pero en la acera de enfrente, y me puse a vigilar desde allí la salida.

Como había supuesto, no pasaron ni cinco minutos antes de ver al caradura de mi hermano salir a toda pastilla cuesta abajo hacia la casa de su amigo.

Cuando se hubo alejado lo suficiente, volví a entrar en el edificio y subí a casa.

Me metí en mi habitación y me puse a mirar por la ventana, pues desde allí puedo ver toda la calle. Al cabo de un cuarto de hora aproximadamente vi acercarse cuesta arriba a cuatro chicos; al acercarse un poco más comprobé que era mi hermano con tres de sus mejores amigos: Manu, Fran y Luis, tres jóvenes de la edad de mi hermano, es decir, todos rondan los 16 ó 17 años.

Manu vive muy cerca de nosotros y es el amigo más íntimo de Sebas. Es un chico alto y fuerte, muy espabilado para su edad. Es muy moreno y sus colegas lo llaman familiarmente “el negro”.

Fran es el más guapo de todos. Es rubio, de ojos azules y está considerado el guaperas y el ligón de la pandilla.

Por su parte, Luis es el típico chaval “heavy” de pelo largo que se rebela contra todo.

Los cuatro venían muy contentos bromeando entre ellos, y tanto mi hermano Sebas como Manu traían cada uno en sus manos una bolsa. Probablemente eran botellas.

Seguro que querían emborracharse en casa y dejar todo hecho un asco y yo no estaba dispuesta a permitirlo, pero no quería aguarles la fiesta ya desde el primer momento, sino que tenía pensando pillarlos “in fraganti” para darles una sorpresa; por eso, mientras ellos subían por las escaleras yo me agaché debajo de mi cama.

Enseguida se abrió la puerta del piso y se empezaron a oir las risas de los chicos.

-Venga tíos, que nos lo vamos a pasar de puta madre. Pero antes de nada dejadme ir a comprobar que no hay moros en la costa –dijo mi hermano, pasando acto seguido a revisar una por una todas las habitaciones de la casa para verificar que no había nadie.

-Todo correcto. Venga, sentaos por ahí que voy a poner la peli –dijo acto seguido.

-Será bastante guarra, ¿no? –habló Fran de repente.

Sebas le contestó enseguida:

-Por eso no te preocupes, tío. Dile ahí a Manu, que vino a alquilarla conmigo. En la carátula se veía a una tía buenísima que tenía dos pollas a la vez metidas en la boca, mientras un tío se la enchufaba por el coño y otro le daba por el culo. Así que… imagínate.

-Joder, pues venga, ponla ya –dijo entonces Luis.

¡Una peli porno! Para eso querían quedarse solos en casa los chavales. Ahora lo comprendía todo.

Enseguida se empezaron a oír gemidos en el televisor y frases guarras. Había comenzado el espectáculo. Salí de debajo de la cama y asomé la cabeza por la puerta de mi habitación.

Luego me quité las chanclas y comencé a andar muy despacio por el pasillo que conduce al salón. Desde el umbral de la puerta podía ver la tele de frente.

Delante de ella estaban sentados Fran y Luis en el sillón grande. A los dos lados de la mesa de la televisión se hallaban mi hermano y Manu, cada uno sentado en los sillones individuales. En la pantalla se veía a una chica haciendo una tremenda mamada a un negro con un pollón descomunal, mientras otro tío le magreaba las tetas.

Los cuatro chicos no pestañeaban, parecían como hipnotizados por la visión y hacían comentarios como: “joder como traga la tía”, “vaya puta de mierda”, “que se la follen por todos los agujeros a esa guarra”.

Todos estaban bebiendo cervezas de lata, de ahí las bolsas con las que los había visto subir a casa. Se les notaba excitadísimos y yo también me estaba calentando.

En ese momento me fue inevitable pensar en el verano y en la historia del equipo de baloncesto. ¡Cómo me habían dominado aquellos cabrones! Y ahora era mi oportunidad para tomarme la revancha (por decirlo de alguna manera) y ser yo quien dominase la situación.

En un instante me decidí. Saqué el vestido, el sujetador y el tanga, quedándome en pelota picada, y sin mediar palabra entré en el salón y me fui a sentar en el sillón grande, entre Fran y Luis. Quedé totalmente abierta, con mi pierna derecha apoyada en el regazo de Luis y mi izquierda en el de Fran.

No os podéis imaginar la cara de los chavales. Estaban rojos como tomates y con los ojos como platos, sin poder articular palabra. Sin duda debían pensar que estaban soñando. Mi hermano se había apresurado en apagar la tele y visto que nadie decía nada, hablé yo, como si nada pasase:

-Bueno, chicos ¿qué estáis viendo? Anda, cerveza, ¿me das un poco? –y le arranqué el bote de las manos a Luis, que era el que tenía más cerca.

Los cuatro estaban paralizados, no sabían qué hacer. Manu clavaba sus ojos en la raja de mi coño, que se mostraba en todo su esplendor al estar yo tan abierta de patas.

Mi hermano Sebas me miraba boquiabierto, como diciendo “¿pero qué estás dispuesta a hacer?”. Los otros dos, que tenía pegados a mí casi no se atrevían ni a mirarme con lo acojonados que estaban.

-Sois unos maricones –les dije-. Mucha peliculita porno y cuando tenéis delante a una buena hembra con ganas de guerra quedáis como muertos. ¿Qué pasa, Manu, no te gusto? –el chico asintió con la cabeza- Pues ven aquí ahora mismo y cómeme el coño, hijo de puta.

El chaval se levantó del asiento como un resorte y se arrodilló delante mía, agachando la cabeza contra mi pubis tímidamente. Yo lo agarré por los pelos y lo junté con fuerza contra mí, empezando enseguida a desperezarse y a juguetear con su lengua en mi clítoris.

Yo agarré las pollas de Luis y Fran y las empecé a masajear por encima del pantalón. Sus erecciones eran impresionantes. Ambas trancas estaban duras como piedra.

Ellos parecía que ya empezaban a perder su timidez y me tocaban las tetas y pasaban sus lenguas mojadas por mis orejas, mis mejillas y mi cuello. Naturalmente también me querían morrear, y yo tenía que ocuparme de ambos un poquito tiempo para que el otro no se celase.

Por su parte, mi hermano seguía en su asiento mirando el espectáculo sin saber muy bien cómo actuar, aunque en un evidente estado de excitación.

Le miré fijamente a los ojos y pasé mi lengua lascivamente por mis labios, de un lado a otro, pero viendo que aún así no se movía le dije sin contemplaciones:

-Pero a ti , ¿qué te pasa? ¿Eres maricón o gilipollas? Ven aquí ahora mismo y chúpame las tetas.

Fueron las palabras mágicas. Como si acabase de despertar de una sueño pegó un salto en el sillón en el que estaba y se abalanzó contra mí como un animal en celo.

Quién sabe cuántas veces había soñado con ese momento. Me apretaba las bufas con una fuerza que hacía que gritase de dolor, mientras sus dientes y su lengua se cebaban con mis pezones.

El trabajo que por su parte estaba haciendo Manu en mi coño no era ni mucho menos propio de un crío de inexperto de dieciséis años, pues su lengua buscaba mi clítoris con maestría, mientras sus dedos se introducían como flechas en el agujero de mi coño.

La verdad es que yo me encontraba en éxtasis: pajeando a Luis y Fran por encima del pantalón mientras me morreaba con ellos por turnos, recibiendo en mi coño las lamidas fenomenales de Manu, y si por esto fuera poco, mi propio hermano comiéndome las tetas con un frenesí que parecía que le fuese a dar un ataque. Para resumirlo: ESTABA EN LA GLORIA. No lo podía soportar más.

Un orgasmo salvaje sacudió todo mi cuerpo llevando a un éxtasis al que nunca antes había llegado en mi vida. Y lo más curioso que me lo habían provocado cuatro chiquillos inexpertos que probablemente no habían estado nunca con una tía.

En ese momento decidí volver a tomar el mando. Me quité a los chicos de encima como pude, me puse de pie y adopté un rictus serio.

La cara de los amigos en ese instante reflejaba una inquietud tremenda, pensando seguramente que me había enfadado por algo e iba a acabar con la orgía de inmediato, ignorantes ellos de que me acababan de provocar el orgasmo más intenso de toda mi vida. Por supuesto, la última idea que se me pasaba por la cabeza era acabar con aquello, pero sentía la necesidad de imponerme a ellos, y haciéndome la enfadada les dije:

-No sois más que unos putos niñatos. Quitaos toda la ropa enseguida. Si en medio minuto no estáis en pelotas, me largo de aquí pitando y os matáis a pajas.

Aún no había terminado la frase, cuando ya ellos habían empezado a desnudarse a velocidad de vértigo, creo que no tardaron ni diez segundos.

Los cuatro quedaron parados delante de mí con sus vergas duras como piedras y no sabiendo muy bien qué hacer, ansiosos porque yo tomase la iniciativa. La verdad es todos estaban muy bien dotados y sus pollas no eran precisamente las de unos niños.

Cualquier tío de treinta años podría darse por conforme teniendo un instrumento como el de aquellos chicos. Pero entre todos destacaba especialmente Manuel.

Su tranca no era mucho más grande que la de sus amigos, pero os puedo asegurar que de gorda, poco le faltaba para ser como las latas de cerveza que habían traído. Os prometo que llevo probado muchas pollas en mi vida, pero creo que ninguna tenía ese grosor.

-Joder, Manu –le dije sorprendida- pero eso ¿qué es? ¿Una polla o un cañón?

El chico se puso rojo y los otros se rieron.

Acto seguido me arrodillé en el suelo y les dije con voz autoritaria:

-Ahora venid todos aquí y haced un círculo a mi alrededor.

Ellos obedecieron al instante y yo empecé a comer pollas sin parar. Empecé por la de mi hermano, por eso de portarse bien con la familia y seguí con las demás.

Con la de Manu tenía algún problema, pues era tan gorda que tenía que hacer un gran esfuerzo para abrir la boca al máximo y poder tragarla.

Los chicos aullaban de placer, y yo, para que sufriesen más, les clavaba un poquito los dientes en los capullos, lo que los hacía enloquecer.

Pero enseguida empezaron a impacientarse para que les llegase el turno e incluso se celaban entre ellos si estaba mucho tiempo dedicado a uno.

Poco a poco iban desinhibiéndose por completo e incluso siguieron bebiendo sus cervezas mientras yo les hacía las mamadas.

Pero la inexperiencia de su corta edad se empezó a notar. No llevaba ni cinco minutos chupando, cuando Luis me llenó la garganta de leche. Fue en el momento en que yo me estaba metiendo su pene hasta el fondo de la garganta para ver a dónde me llegaba. La primera descarga fue a parar a mi campanilla.

Luego le saqué la polla un poquito más hacia fuera y una segunda y más terrible descarga se estrelló en mi paladar. La verdad es que los otros chicos no se enteraban muy bien qué pasaba hasta que vieron la cara descompuesta de su amigo gritando como un loco, pues yo en ningún momento abrí la boca. Me lo tragué todito, sin que me saliese ni una gota por fuera.

Luis quedó rendido y se fue a sentar al sillón. Yo le di un cachete en el culo y le dije:

-Tenía el depósito lleno, ¿eh, campeón?

Al ver mi comportamiento los otros chicos se excitaron aún más y obviamente todos quisieron correrse en mi boca, para no ser menos que su amigo.

El segundo en descargar fue mi hermano Sebas, que me agarró por los pelos con fuerza y empezó a agitar la tranca apuntando directa a mi boca abierta. Al menos tres chorros de esperma caliente penetraron en mi garganta, mientras otros dos se estrellaron contra mis labios y mi nariz, dejándome la cara manchada.

El siguiente fue Fran, el guaperas. De éste sólo pude recibir dentro de la boca el primer chorro, pues fue tan grande que me la llenó toda con su leche. Los demás los recibí resignadamente contra las mejillas y contra los labios. Ya tenía toda la cara empapada y la lefa se deslizaba por mis tetas llenando todo mi cuerpo.

Y aún faltaba lo peor: el pollón de Manu. Aquello era espeluznante. Los chorros del chico salían de su polla sin ningún control y me manchó el pelo, la frente, los ojos, la nariz, las orejas, y lo que era peor aún, ¡la alfombra de mi madre! Vaya semental de 16 años.

Me levanté como pude y fui a tientas hacia el baño, pues tenía los párpados llenos de semen y no podía abrir los ojos. Me estaba echando agua a la cara para quitarme la lefa, cuando siento por detrás una cosa dura que se apoya contra mi culo y dos manos que me agarran las tetas con fuerza. Al subir la cabeza vi que era mi hermano Sebas.

-Me has puesto como una moto, hermanita. Quiero follarte ahora mismo –dijo, y sin más me inclinó el cuerpo hacia delante y después de tantear la entrada de mi coño, me lo atravesó con la polla de un golpe seco y duro. Yo ya estaba muy caliente y empecé a disfrutar como una loca de los pollazos de mi hermano.

Al poco rato, asomó por la puerta del cuarto de baño la cabeza de Fran, que gritó inmediatamente a sus compañeros:

-Ey, tíos, venid aquí, que hay un espectáculo de cine.

Y enseguida aparecieron los otros dos para mirar el incesto que se estaba produciendo.

Los tres amigos se reían mientras Sebas me la metía y le decían:

-Oye, tío, que te estás follando a tu hermana. Vaya guarra que es. No la rompas que aún tenemos que darle un repaso nosotros.

Después de unos cinco minutos noté como un chorro caliente inundaba mi agujerito y mi hermano dejó sitio a sus amigos, que uno a uno fueron pasando por mi entrepierna.

Pero luego decidí tomar otra vez el mando. Temí que se corriesen demasiadas veces y que ya no se les levantase más y aún quería que me hiciesen más cosas.

-Esperad un momento y seguidme, quiero daros una sorpresa –les dije, y salí del lavabo andando lenta y provocativamente, ante la mirada cercana de los chicos que me seguían como si fuesen un rebaño de ovejas.

Entré en la cocina, cogí un plátano del frutero y el bote de mantequilla. Acto seguido me senté encima de la mesa con las piernas abiertas y echadas hacia atrás y empecé a untarme la mantequilla en el culo. Los tíos estaban todos delante mía con cara de flipados, con sus rabos empinados y haciéndose pajas.

Yo empecé a meter lentamente un dedo por el culo, luego dos, luego tres y finalmente logré meter hasta cuatro. Con la otra mano cogí el plátano y me lo llevé a la boca, chupándolo lascivamente como si fuese una polla. Luego me lo metí en el coño totalmente, todo ello sin sacar los dedos de la otra mano del culo.

Parece que la imagen fue demasiado fuerta para Fran, que empezó a correrse, echando toda la lefada encima de la mesa donde yo estaba. Yo dejé mi labor, y poniéndome a cuatro patas encima de la mesa absorví con mi boca toda la corrida sin desperdiciar ni una gota.

Luego bajé y me puse de pie dándoles la espalda e inclinando todo mi cuerpo de manera que quedó apoyado en la mesa, y les dije:

-Venga, chicos. Podéis darme por el culo hasta que me reventéis.

Todos se pusieron como locos para ver quién era el primero, y viendo que la discusión iba subiendo de tono tuve que intervenir. El primero sería Sebas, que por algo era mi hermano.

Después de haberme untado con mantequilla y metido los dedos, tenía el agujero muy dilatado y su pene entró si dificultad. La verdad es que el cabrón bombeaba muy fuerte y se le notaba que me follaba con ganas.

Yo sentía su cipote golpeando mis intestinos mientras sus amigos hacían cola diciéndole que terminara rápido, que me iban a romper.

Todos pasaron por mi retaguardia varias veces y yo estaba de espaldas recibiendo todo su empuje juvenil y disfrutando muchísimo la enculada.

Después de más de media hora de enculamiento, me incorporé y mandé a Manu que se tumbase en el suelo. Obedeció al instante, y yo agarré su pollón con mi mano y lo ensarté de una tacada por el ano. Entonces le dije a Sebas que me la metiese por le coño y por supuesto también me complació. Después le dije a los otros dos:

-Vosotros intentad metérmela los dos a la vez en la boca, a ver si hago como la de la película.

-Joder, como la de la película. Es verdad –dijo Fran entusiasmado.

Fue un importante esfuerzo, pero mereció la pena. Al final las dos pollas se alojaron en mi boca al mismo tiempo, mientras sus amigos me hacían una doble penetración que tardaré muchísimo en olvidar. Estaban perfectamente coordinados, ni que llevasen toda la vida ensayando la posturita.

O quizás fuese de ver tanta peli porno que habían aprendido. Lo cierto es que tuve un orgasmo brutal, que me hubiese hecho chillar como una loca de no haber tenido la boca totalmente llena. ¡En fin!

Como fin de fiesta les tenía preparado algo realmente guarro para que lo recordasen siempre. Así les pedí que no se corriesen dentro mía, y que cuando estuviesen a punto se saliesen de mi cuerpo y esperaran. Una vez más obedecieron como buenos chicos.

Yo volvía a coger el plátano de marras, lo pelé y lo puse encima de la mesa de la cocina.

-Ahora correos todos encima de él, que tengo hambre y me lo quiero comer.

Los chavales pusieron cara de alucinados, pero siguieron mis instrucciones. Lo llenaron de leche por todos lados. Luego yo ni corta ni perezosa lo comí bocado a bocado con lentitud y saboreándolo a conciencia:!ESTABA RIQUÍSIMO! Os lo digo en serio.

Después de todo el ajetreo los chicos quedaron bastante cansados, y yo también a decir verdad. Pero había merecido la pena.

Antes de irse insistieron en llevarse un trofeo de recuerdo de aquella increíble tarde, y tuve que darles a cada uno (incluido mi hermano) una tanga mía, previamente pasadas por mi coño todavía húmedo. Y todos se fueron tan contentos. ¡Juventud divino tesoro!