CHARLINES.

Soy una mujer de cuarenta años con un cuerpo cuidado. Mi larga melena rubia le da a mi cuerpo un aspecto más salvaje. He cuidado mi cuerpo y lo he entrenado para hacer diabluras sobre una buena polla, me gustan grandes y gordas. Sí, ya sé, ya sé, que el tamaño no importa, pero a mí me gustan así, grandes y gordas que me llenen entera, que me hagan daño al principio, que estiren mi boca, que tapen mi garganta. Cada día me esfuerzo en el gimnasio para que mi cuerpo esté preparado. Me gusta provocar a los alumnos y observar cómo va creciendo su polla a la vez que yo hago que mi sexo se marque en mis pegados leggins. Hoy tenía tres alumnos, uno de ellos creo que no llegaría a los veinte años. Buen cuerpo y en su pantalón de estilo ciclista se marcaba un buen instrumento. Me acerqué a él para enseñarle la forma correcta de hacer las mancuernas. Pude observar que tenía brazos de hierro, un cuerpo duro y tras mis toqueteos había más cosas duras en su cuerpo. Le dejé y me puse de espaldas a él para hacer estiramientos. Sabía que cada vez que levantaba la pierna, mi coño se marcaba claramente, pues no llevaba bragas. Le mostré mi perfecto culo y cómo se balanceaban mis tetas de talla 34D. Podía sentir sus ojos fijos en mí, casi podía sentir su lengua recorriendo mi cuerpo. Me estaba excitando y creo que mis leggins ya portaban una mancha de mis propios flujos. Me giré y lo vi, con los ojos fijos en mi culo y con la lengua fuera como si me estuviera lamiendo. ¿Te gusta lo que ves?

Me encanta, pero me gustaría verlo más de cerca.

Sonreí, me fui a atender a otro alumno. Este ya es mayor, pero sus ojos me desnudan y eso me vuelve loca. Le corregí alguna postura y le clavé mis tetas en la espalda, él gimió y yo chorreé al ver su polla tiesa y dura levantar el pantalón de deporte. En estas estaba cuando el muchacho se acercó a mí y me preguntó dónde estaban los servicios. Yo estaba caliente como una perra. Le dije que me siguiera y le metí en el almacén. Me bajé el pantalón, me senté sobre una mesa que había ahí y le dije: Ven, cómeme el coño.

Él me miró sorprendido y yo le sujeté la cabeza y la llevé a mi coño. Chupa, cabrón, esto querías, ¿no? Chupa hasta que llene tu cara de mí.

Torpemente el chaval empezó a chupar sin atinar al principio, pero al rato ya sabía dónde ir. Mis manos lo habían colocado delante de mi clítoris y ahí lo tenía chupando desesperadamente. Despacio, más despacio, así, sí, así, despacito.

El chaval aprendió rápido y con la punta de su lengua hacía círculos sobre mi clítoris. Yo me deshacía en su boca, lo apretaba y rodeaba su cuello con mis piernas. Me estaba volviendo loca. Ahora me lamía toda la raja desde mi culo a mi clítoris y yo temblaba sobre su lengua, me volvía loca. Sí, así, no pares, no pares, no se te ocurra. Sí, sí, me corro, sííí.

Me corrí, me corrí en su boca apretando mis piernas intentando meterle dentro de mí. Quería su polla, deseaba su polla y levantándome de la mesa, di la vuelta y clavé mis tetas sobre esa dura madera. Fóllame, fóllame cabrón, destrózame el coño, reviéntame.

El chaval no se lo pensó dos veces, acercó su polla a mi coño y el muy cabrón la fue metiendo muy, muy despacito. En un principio la esperaba de una, pero me gustó, me gustó sentir cómo esa polla me iba abriendo, cómo rozaba mi sexo y cómo llegaba casi hasta mi útero. El muy cabrón salió despacio para volver a entrar más despacito, así lo hizo unas cinco veces, no sé, me corrí perdiendo la noción del tiempo. Relamía mis labios para disfrutar así de ese placer sublime que me provocaba. El muy hijo de puta, al notar cómo le bañaba la polla, empezó a darme con fuerza, con mucha fuerza. Nuestras carnes sonaban y su ímpetu era como si estuviera azotándome. Así, dame fuerte, mátame, hazme enloquecer.

Qué empuje tenía el chaval, me daba sin compasión haciendo arder mi coño. Me volvía loca y empecé a soltar chorros por mi coño. Pensé que pararía para dejarme descansar, pero no, no paró y creí volverme loca a la vez que, por unos segundos, perdí el sentido. Él me dio la vuelta, me hincó de rodillas y me clavó la polla en la garganta, donde se descargó abundantemente. Toma puta, toma, traga y no dejes nada, la próxima vez te preñaré putón, que eres un putón.

Lo miré, me limpié con el dorso de la mano y le dije: Gracias, me has follado muy bien. Él sonrió, me dio una suave palmada en la cara y me dijo: Tranquila, no será la única vez.

Se levantó y salió del cuarto. Yo me levanté, me temblaban las piernas y mi cara era el espejo de la felicidad. Al salir a la sala, el hombre mayor me miró y sonrió ladinamente. Fui donde él y le pregunté: ¿Por qué te ríes?

Él me miró y me dijo: ¿La próxima vez podría ser yo?

Me lo dijo sujetando su polla que tenía un importante grosor. Yo la miré, me mojé los labios y le contesté: La esperanza es lo último que hay que perder.

Me di la vuelta y contoneando mi culo con gracia me alejé hacia mi mesa. Una vez en ella pensé: el joven tiene fuerza y espíritu. Posiblemente este otro tendrá paciencia y experiencia, podría ser interesante comprobarlo. Una ladina idea surcó mi mente y decidí que sí, quería esa polla también para mí, quería probarla. En un papel escribí mi dirección, un día y una hora: jueves a las 20:30. Al pasar por donde estaba el hombre, se la entregué. No hubo más palabras, los dos quedamos callados. El jueves llegó y yo estaba como una colegiala, súper nerviosa. Me había bañado y perfumado, no sabía por qué. Sobre la cama tenía un precioso conjunto de raso rojo y un vestido de tirantes también rojo. Pero, en el último momento, eran ya las 20:15, decidí cambiar todo y me vestí con una minifalda y una camisa súper ajustada de color blanco, por supuesto sin ropa interior. Mis pezones se marcaban en la tela semitransparente que dejaba ver mis areolas más oscuras. A la hora en punto sonó el timbre. Abrí la puerta con una coqueta sonrisa. El hombre con un traje perfecto me entregó un ramo de rosas rojas. Ehhh, gracias, no tenía por qué, no hacía falta.

Las cosas siempre hay que hacerlas bien.

Me acompañó hasta la cocina donde busqué un jarrón para poner las rosas. Las puse en el jarrón y fui hasta el salón. Una vez dejé el jarrón, el hombre me dio la vuelta y buscó mi boca. Su lengua entró en mí con suma lentitud, bailando lento con la mía. Me apretaba contra la pared y podía notar su bulto contra mi vientre. El beso me calentaba enormemente, mientras él exploraba mi cuerpo. Bajó hasta mi culo y metiendo las manos bajo la falda, lo acarició. Separó un instante su boca de la mía. Ya sabía yo que eras una buena puta.

Me amasaba el culo con una tranquilidad que yo ya tenía olvidada. Restregaba su bulto sobre mi vientre haciéndome gemir. Sus dedos curiosos encontraron mi humedad y ahí jugó a buscar mi punto G. Me excitó sobremanera, incansable, jugaba con mi cuerpo haciéndome gemir de placer. Con una de mis piernas rodeé su cadera, dejándole así mejor camino. Todo en él era dulzura y mi cuerpo empezaba a chorrear. Estaba a punto de correrme y el muy cabrón paró. Qué hijo de puta, me dejó ahí, chorreando. Gemí y lo miré con odio, él me miró, sonrió y dio dos pasos hacia atrás y empezó a soltar el nudo de su corbata, la colocó pulcramente sobre la silla. Se quitó la americana haciendo lo mismo que con la corbata. Después soltó uno a uno los botones de su camisa, para dejarla junto al resto de su ropa. Los zapatos, los calcetines que metió uno en cada zapato. Desabrochó su cinturón y rasgó el aire con el ruido de su cremallera. Se deshizo de su pantalón colocándolo en el asiento de la silla. Me miró tiernamente y dio un paso al frente. Su mano recorrió mi mejilla, su pulgar atravesó mis labios y yo lo acogí en mi boca y se lo chupé. Descendió lentamente por mi cuello. Se acercó al botón de mi camisa, lo desabrochó, bajó al siguiente haciendo la misma operación. Yo temblaba de excitación cuando el último botón dejó libres mis pechos. Los miró, los acarició y me apretó los pezones. Fue algo suave, sutil, que me erizó la piel. Sus manos recorrían mi cuerpo casi sin tocarme, muy lentamente. Rodeaba la circunferencia de mis pechos, acariciaba mi cuello. Descendía por mis senos para dirigirse a mis pezones. Me tenía chorreando, gemía como una primeriza. Bajó por mi cuerpo hasta el vientre, se pasó la vida acariciando mi barriguita, haciendo como que bajaba sin bajar. Mi sexo era una charca y las gotas descendían por mis piernas, él las vio y sonrió. Metió sus dedos entre la falda y mi piel y yo empujé con mi cuerpo. Paró, me miró a los ojos y soltó el botón de la falda. La dejó caer, volvió a empujarme contra la pared. Su boca se pegó a mi pezón, mientras su mano recorría extremadamente lenta el canal de mis labios vaginales. Me volvía loca, estaba extremadamente excitada y ese hombre seguía con sus dedos torturando mi sexo. Ahora había parado en mi clítoris y lo acariciaba de arriba hacia abajo, tan lento, tan lento que parecía que me tenía flotando. No aguantaba más y abriendo mis piernas me lancé a su boca y se la comí entera, mientras me corría entre sus manos. Él no paró, mi clítoris excitado me mandaba corrientes intensas que hacían correrme una y otra vez. Mi cuerpo temblaba mientras él me sujetaba con fuerza contra la pared, le miré con ojos suplicantes y le dije: Fóllame, fóllame.

Me miró sonriente y me dijo: No, zorrita, no. Desnúdame y cómeme la polla.

De rodillas frente a él, con las dos manos bajé de una sus calzoncillos al suelo y lancé mi boca para atrapar su polla. Metí lo que pude de esa gorda polla en mi boca y frenética me la empecé a comer. Me sujetó la cabeza. Tranquila putita, tranquila, ve despacio, tan despacio que se te haga eterno recorrer mi polla.

Me tranquilicé y empecé a saborear la polla, la metía en mi boca, rodeaba el capullo con mi lengua, chupaba y la metía cuanto podía. Noté que mis arcadas lo excitaban y procuré tener unas cuantas. Las lágrimas invadían mi cara y las babas se escapaban de mi boca. Él no, pero yo con la excitación volví a correrme teniendo que bajar mi mano para frotar con fuerza mi clítoris. Tuve un tremendo orgasmo que me dejó laxa y cansada. Él me levantó, me colocó tumbada sobre los posa brazos del sofá. Yo le miraba a los ojos y casi no le veía, las lágrimas cubrían mis ojos. Con una mano sobre mi vientre me sujetó contra el sofá y con la otra cogió su polla y la pasó con fuerza sobre mi sexo, mi clítoris estalló en mil pedazos y mi cuerpo se convirtió en una fuente que lo regó por entero. Aquí me volví loca, mi cuerpo estalló y me desvanecí. Desperté sobre mi cama, desnuda entre los brazos del hombre. Lo besé y lo acaricié notando su hombría dura, muy dura. Bajé mi boca hasta ella y la adoré durante unos minutos, él me alzó. Me coloqué sobre él y yo misma me encajé la polla en lo más hondo de mi cuerpo. Sentía esa polla llenarme entera. Esta vez todo fue lento, tierno, me levantaba con lentitud para volver a hincarme otra vez. Besaba su boca con pasión a la vez que él jugaba con su dedo a la entrada de mi culo. Me estaba volviendo loca y creo que él también estaba muy excitado. Me dio la vuelta y apretando mis pechos empujó con fuerza dentro de mí. Una, dos, tres, cuatro veces y se corrió dentro de mí, apretando mis pechos, mis pezones con fuerza, con mucha fuerza. Fue algo muy excitante notar cómo me llenaba de él. Creo que nos quedamos dormidos, pues el sol me despertó al día siguiente.

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