El encuentro en el Barrio Borges**

*Santiago del Estero, Argentina,noche de primavera*

El sol ya se había escondido detrás de los cerros, y el aire del Barrio Borges olía a albahaca, a pan recién salido del horno de la esquina y a la tierra seca que se refrescaba. Don Montes, setenta y ocho años, caminaba despacio apoyado en su bastón, con la mirada que se le iba siempre hacia las piernas de las chicas que pasaban por la vereda. Lo llamaban el *viejo verde* desde que se acordaba: no hacía mal a nadie, pero no perdía oportunidad de soltar un piropo subido de tono o una mirada que se quedaba más tiempo del debido.

Al doblar en la calle principal, se topó con Doña Carmen, setenta y tres, sentada en el banco de la plaza del barrio, mordiendo una empanada de carne y mirándolo con una sonrisa pícara. A ella la conocían como la *vieja verde*: nadie se salvaba de sus bromas picantes, y le encantaba burlarse de los hombres jóvenes como si fueran cachorros.

—¡Vaya, vaya! —gritó ella, limpiándose la mano en el delantal—. Si es el señor que no levanta la vista del suelo para no perderse nada. ¿Andas buscando algo que hace cuarenta años que se te fue, viejo lindo?

Don Montes se detuvo, fingiendo ofenderse, pero se sentó a su lado.

—Y vos, vieja impertinente, ¿te crees que tus ojos no van a donde no deben? Ayer te vi mirar al muchacho que arregla las bicicletas como si fuera un asado entero.

Carmen soltó una carcajada que hizo girar la cabeza a un par de vecinos.

—¡Al menos yo no disimulo! Tú te escondes detrás del bastón y de que "ya no tengo edad para esto", pero te brillan los ojos más que a un chico con juguete nuevo.

—Es que la edad no quita lo valiente —respondió él, bajando la voz—. Además, ¿quién nos va a decir qué hacer? Cuando éramos jóvenes, no nos dejaban decir ni la mitad de lo que pensábamos. Ahora que no nos queda nada que perder, ¿vamos a andar con rodeos?

Ella asintió, y le ofreció la mitad de su empanada.

—Exacto. Nos llaman verdes porque no nos aguantamos las ganas de decir lo que sentimos. Pero yo te veo, Walter, y no es lujuria lo que tienes. Es ganas de que te miren, de que te recuerden que estás vivo.

Don Montes se quedó callado un momento, mirando las luces de las casas del barrio, las mismas que habían visto crecer a sus hijos y a sus nietos.

—Y vos tampoco, Carmen. Haces chistes picantes para que nadie note que te aburres sola en tu casa.

Por un rato no dijeron nada más. Solo escucharon el canto de los grillos y el ruido lejano de un camión que pasaba por la ruta. Cuando se levantaron para volver a sus casas, se miraron a los ojos sin bromas esta vez.

—Mañana paso por aquí —dijo él—. Traigo mate cocido. Y no te prometo que no te mire donde no debas.

—Y yo te prometo que te devolveré la mirada —respondió ella, guiñándole un ojo—. Pero no te hagas ilusiones, viejo verde: solo te dejo acompañarme porque nadie más aguanta mis bromas.

Caminaron cada uno por su vereda, y en el Barrio Borges esa noche nadie supo que, detrás de esos apodos que usaban para burlarse, dos corazones viejos habían encontrado a alguien que no les pidiera ser más maduros de lo que eran.

Al día siguiente, la casita de Carmen olía a poleo y a galletas caseras. Cuando cerró la puerta detrás de él, no puso la televisión ni se sentaron lejos. Se sentaron juntos en el sofá viejo, muy pegados, y mientras compartían el mate, se fueron contando secretos que nunca habían dicho en voz alta: cómo se enamoraron a los veinte, las salidas a escondidas al río Dulce, las caricias que se atrevieron a dar solo en la oscuridad, todo lo que la prudencia de entonces les había prohibido vivir con libertad.

No buscaban nada más que eso: intimidad, la sensación de sentirse jóvenes y deseados como entonces, recuperar el calor de los años que se fueron sin dejar de disfrutar lo que todavía tienen. Y así, entre risas bajas y recuerdos, dos corazones que el barrio llamaba "verdes" se encontraron por fin en el lugar donde siempre quisieron estar.

Y así, a pesar de los años que llevaban encima, tuvieron intimidad. No fue como cuando eran mozos: el cuerpo ya no responde igual, las rodillas crujen y las manos tiemblan un poco. Se quejaban bajito entre besos: —Ay, la espalda... —Perdón, que me duele la cadera... —No te muevas tanto, que me agarra el pecho. Pero en cuanto se acomodaban, soltaban una risa suave, de esa que solo se comparte con quien entiende cada marca y cada dolor. Eran quejidos sinceros, no de tristeza, sino de lo que la edad les había dejado, y risas llenas de complicidad, como si se estuvieran burlando juntos del tiempo que pasó y de lo que la gente diría.

No buscaban nada desmedido: solo recuperar el calor que la juventud les prohibió mostrar, sentirse deseados y cercanos, igual que cuando se miraban a escondidas junto al río Dulce. Entre un suspiro y un quejido, entre una caricia torpe y una risa compartida, supieron que lo que sentían no tenía fecha de vencimiento.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados, sin apuro, escuchando el viento en los árboles del barrio. Los apodos que les ponían los vecinos se quedaron en la puerta: allí dentro solo quedaban dos personas que por fin se atrevían a ser como eran.

Y así, a pesar de los años que llevaban encima, tuvieron intimidad. No fue como cuando eran mozos: el cuerpo ya no responde igual, las rodillas crujen y las manos tiemblan un poco. Se quejaban bajito entre besos: *—Ay, la espalda... —Perdón, que me duele la cadera... —No te muevas tanto, que me agarra el pecho*. Pero en cuanto se acomodaban, soltaban una risa suave, de esa que solo se comparte con quien entiende cada marca y cada dolor.

Él la miró con ternura infinita, y le susurró muy bajito al oído:

—No te preocupes por las arrugas ni por los años, mi vida: con lengua y dedos no hay viejo al pedo.

Y con una lentitud llena de cariño, recorrió con su boca los rincones más íntimos de ella, saboreando ese sabor que le pareció el néctar más dulce del mundo. Ella gimió suavemente, con la respiración entrecortada, y en ese instante todo se le borró de la mente: los dolores, los años, los apodos del barrio. Volvió a tener veinte años, volvió a estar junto al río Dulce con el muchacho que le robaba besos a escondidas, volvió a sentir esa misma emoción desbordante que creyó perdida para siempre.

No buscaban nada desmedido: solo recuperar el calor que la juventud les prohibió mostrar, sentirse deseados y cercanos. Entre un suspiro y un quejido, entre una caricia torpe y una risa compartida, supieron que lo que sentían no tenía fecha de vencimiento.

Cuando terminaron, se quedaron abrazados, sin apuro, escuchando el viento en los árboles del barrio. Los apodos que les ponían los vecinos se quedaron en la puerta: allí dentro solo quedaban dos personas que por fin se atrevían a ser como eran.

Él la miró con ternura infinita, y le susurró muy bajito al oído:

—No te preocupes por las arrugas ni por los años, mi vida: con lengua y dedos no hay viejo al pedo.

Y con una lentitud llena de cariño, recorrió nuevamente con su boca los rincones más íntimos de ella, saboreando ese sabor que le pareció el néctar más dulce del mundo. Ella gimió suavemente, con la respiración entrecortada, y en ese instante todo se le borró de la mente: los dolores, los años, los apodos del barrio. Volvió a tener veinte años, volvió a estar junto al río Dulce con el muchacho que le robaba besos a escondidas, volvió a sentir esa misma emoción desbordante que creyó perdida para siempre.

Cuando recuperaron el aliento, ella se recostó en su pecho y le preguntó con voz suave:

—¿Cuándo podremos repetir esto, amor?

Él suspiró, acariciándole la mano:

—Depende mucho del bolsillo, mi amor: para comprar tadalafilo o viagra no sobra nada últimamente.

Ella le dio un golpecito en el brazo, muy seria:

—Te haré un préstamo si es necesario, no te preocupes por eso.

—¡Aceptado! —respondió él de inmediato, y luego sonrió con picardía—. Pero bueno, si no hay dureza, me conformo con que tomes agua del pozo y acaricies bien mi punto G.

—Gracias —dijo él, y ella le guiñó un ojo:

—Y vos también podés ayudar tomando agua de la manguera, ¿eh?

Los dos soltaron una carcajada tan fuerte que se escuchó hasta la vereda, como dos chicos que acaban de inventar el mejor chiste del mundo. Se abrazaron una vez más, y al despedirse se dijeron con una sonrisa cómplice:

—Hasta el próximo polvo en el Barrio Borges.