Sabrina caminaba de forma extraña, casi cojeando, con las piernas más abiertas de lo normal. Después de haberla destrozado sobre el capó del auto, su ano debía estar ardiendo y completamente abierto. Aun así, no se quejaba. Al contrario, parecía feliz de estar tan rota. Sus piernas temblaban con cada paso, el pelo rubio revuelto, el fleco cayéndole sobre los ojos y el maquillaje corrido por las lágrimas de placer.
Caminábamos por los pasillos del supermercado como una familia normal, pero la realidad era completamente obscena. Debajo de esa falda corta del uniforme no llevaba nada. Su coño y su ano seguían expuestos, y yo sabía perfectamente que mi semen aún se escapaba lentamente de su culo recién follado, deslizándose por sus muslos.
Llevaba una canasta en la mano izquierda mientras íbamos metiendo los ingredientes: huevos, harina, azúcar, leche condensada, polvo de hornear… Todo lo necesario para el pastel.
Lo único que nos faltaba era el cacao en polvo. Sabrina se había detenido frente al estante, eligiendo con mucho cuidado entre las cajas, moviéndose con lentitud, como si cada movimiento le costará.
—¿Tú crees que este esté bien, pa? —preguntó Sabrina con su vocecita dulce e inocente, mostrándome una caja de chocolate—. ¿O mejor este otro…? Aunque trae menos…
Elegía cada ingrediente con una dedicación casi obsesiva. Recorrimos toda la tienda mientras ella se detenía en cada estante, comparando productos. Caminaba despacio, tambaleándose ligeramente, y en más de una ocasión tuve que sostenerla por la cintura para que no perdiera el equilibrio. La gente nos miraba de reojo. Era imposible no notar su aspecto.
—Creo que ese es mejor —dije, señalando la caja que tenía en la mano derecha—. Ese es el que usa tu abuela para sus pasteles.
Sabrina se quedó pensativa un segundo, mordiéndose el labio, y luego devolvió la otra caja al estante.
—Está bien… nos llevaremos este —dijo con una sonrisa lenta y perversa—. Para darle ese toque bien casero.
No pude evitar sonreír con la misma oscuridad.
—No puedo esperar para empezar a prepararle su sorpresa a tu mamá —respondí, mirándola directamente a los ojos.
Sabrina me devolvió la mirada, con las mejillas ligeramente sonrojadas.
Después de terminar las compras, nos dirigimos directamente a casa. Habíamos perdido bastante tiempo en el supermercado, aunque en realidad ambos sabíamos que el verdadero culpable había sido el intenso sexo en el estacionamiento abandonado.
Mi esposa estaría fuera por varias horas más, trabajando. Eso nos daba toda la tarde libre para crear nuestra obra de arte sin interrupciones.
El trayecto de vuelta fue extrañamente silencioso. No había tensión ni incomodidad entre nosotros. Era una quietud cargada de anticipación, casi eléctrica. Mi corazón latía con fuerza contra mi pecho, una mezcla de nervios y una excitación enfermiza que no había sentido en toda mi vida.
Era surrealista.
Hace solo unos días era un padre normal. Y ahora estaba a punto de preparar un pastel de chocolate con fresas usando el culo de mi propia hija de dieciocho años… y la idea me tenía completamente obsesionado. El proyecto que había empezado como una fantasía perversa de Sabrina se había convertido en algo que me consumía por completo.
Mientras conducía, miré de reojo a mi hija. Ella sonreía con esa expresión inocente y perversa al mismo tiempo, con las piernas todavía temblando ligeramente.
Llegamos a casa, bajamos del auto en silencio pero compartiendo miradas cargadas de complicidad. En cuanto entramos a la cocina comenzamos a sacar todas las compras sobre la mesa. Sabrina sacó su teléfono y puso un video tutorial de una “Torta Tentación de Chocolate y Fresa”.
—Se ve rico —comenté, mirando el resultado final en la pantalla.
—Verdad… creo que no va a ser tan complicado —dijo ella con una sonrisa nerviosa.
Me quedé observánd