Elena tenía 45 años y un cuerpo que todavía despertaba miradas. Su hija Sofía, de 22, vivía con ella desde que terminó la universidad. El novio de Sofía, Andrés, de 24, pasaba casi todas las noches en la casa. Era alto, de manos grandes y una verga gruesa que Sofía no se cansaba de alabar en secreto.
Esa noche de verano el calor era pegajoso. Sofía y Andrés estaban en la habitación de ella, besándose con urgencia. Elena, en pijama corto, pasó por el pasillo y escuchó los gemidos. Se detuvo. La puerta estaba entreabierta. Vio a Andrés embistiendo a su hija de lado, con una mano apretándole una teta. Sofía gemía con la boca abierta.
Elena no se fue. Se quedó mirando, con la respiración acelerada y la humedad empezando a acumularse entre sus piernas. Andrés levantó la vista y la vio. No se detuvo. Sofía también lo notó y, en lugar de asustarse, sonrió con picardía.
—Mamá… —susurró—. Quédate.
Elena entró. Cerró la puerta detrás de sí. Andrés se sacó de Sofía y se sentó en la cama, la verga brillante de jugos apuntando hacia arriba. Sofía se arrodilló y le hizo una seña a su madre.
—Ven. Quiero que lo pruebes.
Elena se acercó. Se arrodilló junto a su hija. Las dos miraron la polla gruesa y venosa de Andrés. Sofía la tomó por la base y se la ofreció a la boca de Elena. La madre abrió los labios y la chupó despacio, saboreando el sabor de su propia hija mezclado con el de él. Sofía se inclinó y lamió los huevos mientras su madre chupaba la cabeza. Andrés gruñó y les acarició el pelo a las dos.
Todo estaba permitido.
Elena se quitó el pijama. Sus tetas pesadas y aún firmes quedaron al descubierto. Andrés las agarró con ambas manos mientras Sofía se montaba a horcajadas sobre su cara y se sentaba. Elena se inclinó y volvió a tomar la verga de Andrés en la boca, chupando profundo mientras él le comía el coño a Sofía. Los gemidos de madre e hija se mezclaron.
Andrés se sentó. Sofía se puso a cuatro patas. Él entró en ella de un solo empujón. Elena se colocó delante de su hija y le ofreció las tetas. Sofía las chupó con ganas mientras recibía las embestidas. Luego Elena se giró, se arrodilló y le ofreció el culo a Andrés. Él se sacó de Sofía, escupió en el culo de Elena y empujó despacio. La madre gimió largo cuando la verga gruesa la abrió. Sofía se metió debajo y le lamió el clítoris a su madre mientras Andrés la follaba por detrás.
Madre e hija se turnaban. Andrés se corrió primero en la boca de Sofía y ella se lo pasó a Elena con un beso abierto, compartiendo el semen espeso. Luego volvieron a empezar. Andrés acostó a Elena de espaldas, le abrió las piernas y la penetró profundo. Sofía se sentó sobre la cara de su madre y se frotó el coño mojado contra su lengua. Elena gemía dentro de su hija mientras Andrés la embestía sin piedad.
Cambió de posición. Sofía se montó sobre Andrés. Elena se colocó detrás de su hija, le abrió las nalgas y le lamió el culo mientras él la follaba. Luego Elena se sentó sobre la cara de Andrés y Sofía le chupó los pezones. Andrés se corrió otra vez dentro de Sofía y, cuando se sacó, Elena se inclinó y lamió el semen que salía del coño de su hija, metiendo la lengua profundamente.
La noche no tenía límites.
Andrés se puso de rodillas. Elena y Sofía se colocaron una frente a la otra, de rodillas también, y se besaron mientras él las follaba por turnos: primero a una, luego a la otra, sin sacarse del todo. Las dos se tocaban los pechos, se metían los dedos en la boca, se miraban a los ojos mientras compartían la misma verga. Cuando Andrés se acercó al orgasmo final, se sacó y se la ofreció a las dos. Madre e hija chuparon juntas, lamiendo y besando alrededor de la cabeza hasta que él se corrió en ambas caras, manchándolas de blanco. Se limpiaron mutuamente con la lengua.
Después se tendieron los tres en la cama grande. Andrés en el centro. Elena a un lado, Sofía al otro. Las manos de las dos recorrían su cuerpo todavía sensible. Sofía le susurró al oído a su madre:
—Esto se va a repetir.
Elena sonrió, todavía con restos de semen en los labios, y besó a su hija en la boca mientras la mano de Andrés bajaba otra vez entre las piernas de ambas.
Habían cruzado la línea. Y ninguna de las dos quería volver atrás.
Para dejar un comentario debes iniciar sesión.
Iniciar sesión