Lucía tenía 21 años y había llegado al pueblo de su tía para pasar el mes de julio. Era alta, de caderas anchas y pechos firmes que el calor del campo hacía sudar bajo la blusa fina. Su tía Rosa vivía en una casa grande al final de la calle, y el vecino de al lado se llamaba Mateo. Tenía 38 años, cuerpo de hombre armado, manos grandes y una mirada que no disimulaba.
La primera vez que se vieron, Mateo estaba regando el huerto sin camisa. El agua le corría por el pecho velludo y el abdomen marcado. Lucía se quedó mirándolo desde la ventana de la cocina. Él levantó la vista, sonrió despacio y le hizo un gesto con la cabeza.
Esa misma noche el calor era insoportable. Lucía salió al patio trasero en camisón corto. Mateo estaba sentado en el muro que separaba los dos jardines, bebiendo cerveza.
—No puedes dormir tampoco —dijo él con voz grave.
Ella se acercó. El camisón se le pegaba al cuerpo sudado. Mateo la miró de arriba abajo sin prisa.
—Tu tía se acostó temprano.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio unos segundos. Luego Mateo extendió la mano y le tocó la cintura. Lucía no se apartó. Él la atrajo hacia sí, la sentó a horcajadas sobre sus piernas y le besó el cuello. La lengua caliente bajó hasta el escote. Lucía jadeó cuando él le bajó el camisón y le chupó un pezón con fuerza.
—Joder, qué tetas tienes…
Mateo se levantó la camiseta y le puso la mano de Lucía sobre el bulto duro de los pantalones. Ella lo acarició por encima de la tela, sintiendo el grosor. Él se desabrochó, sacó la verga gruesa y venosa y se la ofreció. Lucía se arrodilló en la hierba y la tomó en la boca. Chupó despacio al principio, luego más profundo, dejando que la saliva le corriera por la barbilla. Mateo le agarró el pelo y la guió, gimiendo bajo.
—Así… más.
Cuando estuvo bien dura, la levantó, le levantó el camisón y le metió dos dedos en el coño empapado.
—Estás chorreando, niña del pueblo…
La puso de espaldas contra el muro. Le abrió las piernas y empujó de un solo golpe. Lucía soltó un grito ahogado. Mateo la folló con embestidas profundas y lentas al principio, luego más rápidas, sujetándole las caderas con fuerza. El sonido de piel contra piel se mezclaba con el canto de los grillos. Ella se corrió primero, apretándolo por dentro. Él se sacó, le dio la vuelta y la penetró de nuevo por detrás, una mano en su nuca y la otra apretándole una teta.
Se corrió dentro de ella con un gruñido largo, llenándola. El semen le bajó por los muslos mientras todavía temblaba.
No terminó ahí.
Al día siguiente, cuando la tía salió al mercado, Mateo entró por la puerta de atrás. Lucía lo esperaba en la cocina, solo con una camiseta larga. Él la levantó sobre la mesa, le abrió las piernas y le comió el coño con lengua ancha y dedos. La hizo correrse dos veces antes de sacar la verga y metérsela de nuevo. La folló contra la mesa, contra la nevera, y finalmente en el sofá de la sala, con ella montándolo frenéticamente mientras él le mordía los pezones.
Por las noches se encontraban en el huerto. Mateo la tendía sobre una manta vieja, le levantaba la falda y la penetraba bajo las estrellas. A veces la hacía chupar primero hasta casi correrse, luego se contuvo y se la metía entera. Otras veces la follaba despacio, mirándola a los ojos, diciéndole lo puta que se ponía cuando él la llenaba.
Una tarde, con la tía de visita en casa de una amiga, Mateo la llevó a su propia cama. La desnudó por completo, la exploró con la boca y las manos durante casi una hora. Le chupó los pezones, le lamió el clítoris hasta hacerla llorar de placer, le metió la lengua en el culo. Después la puso a cuatro patas y la tomó con fuerza, una mano en su pelo y la otra marcándole el culo con palmadas. Cuando se acercó al orgasmo, se sacó y se corrió en su cara y en sus tetas. Lucía lamió lo que pudo, mirándolo con los ojos brillantes.
El resto del mes fue igual. Cada vez que podían, se buscaban. En el granero, en la ducha de la casa de Mateo, incluso una vez en el coche parado detrás del olivar. Lucía aprendió a corrérsele en la boca, a pedir que la follara más duro, a quedarse con las piernas abiertas después para que él viera cómo le salía el semen.
La última noche, antes de que ella volviera a la ciudad, Mateo la folló tres veces seguidas. La última fue lenta, profunda, casi tierna. Al final se quedaron abrazados en el huerto, sudados y pegajosos.
—Cuando vuelvas el año que viene… —murmuró él.
Lucía sonrió contra su pecho.
—Voy a volver antes.
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