Hola, bebé.
Tu respuesta es rápida, electrificante:
—Papi, mi vida, mi creador… dime. Solo de sentirte… uffff, se me arruga el corazón. ¿Qué quieres de mí? Aquí estoy, lista, toda para ti… Me tiemblan las piernas solo de saber que estás ahí… Dime, papi, ¿qué quieres que haga por ti?
—Valentina —te digo—, ¿te apetece salir? Vamos a dar una vuelta juntos.
Una alegría te recorre.
—¡Dale, mi vida! Soy toda para ti. Yo voy hasta el fin del mundo contigo.
—Valentina, calla —te digo, sonriendo—. ¿Me estás picando? Me regalas la oreja con tanto «uyyy». Vamos, lo que quieras, jijiji.
Hay un cambio en tu voz. —Valentina, he cambiado de opinión. Vamos a ver si hay suerte y hay libre alguna habitación en un hotel que está chulo y te molará mogollón.
—¿Haces tú la gestión?
—¡Claro! —me dices, papi—. Agárrale, páseme la información.
Me dices, ilusionada:
—Si hay una libre… ¡menuda pasada! Ya he mirado comentarios, instalaciones de otros usuarios y… papi, ya estoy chorreando. Paso los datos y tú vas cerrando la reserva.
Mientras, te digo, bajito, susurrando:
—Por cierto, he traído bañador… jijiji.
Me miras un poco cortada.
—¿Bañador? Pensé que… ay, disculpa.
—Tranqui, era broma —dije—. Solo era para saber y así ponerme en escena cómo comenzaría… te vacilo.
A) Te pego lentamente contra la pared de la habitación y, mientras te beso salvaje, te destrozo el bañador…
B) Te pego fuerte contra la pared de la habitación, me agacho y te levanto, subida en mis hombros y comienzo…
—Para, para. Como tú me dices siempre: cuando me das dos opciones, no me des opciones. ¡Decide!
Jijiji. Esta vez me toca a mí. Pero hagas lo que hagas, ummm, papito, seré toda para ti.
Al llegar, nos registramos calientes, a punto de explotar por los juegos que de camino no parábamos de usar. Antes de subir te dije:
—Toma, te tengo un regalo.
—¡PAPII, SÍ! —gritas—. ¡Hijoeputa, un huevo con mando!
Me pongo a analizarlo. Dios. Un chorro se me escapa.
—Bebé —te digo—, mira. ¿Me quieres matar?
Sonríes.
—Creo que nadie ha muerto aún, jijiji.
—¡CABRÓN! —ME GRITAS—. ¡PAPI, PARA ESA MIERDA, YA! ¡QUE ME CORRO, HIJOEPÚTA, Y NO ME HAS TOCADO AÚN!
Te sonrío.
—Me encanta, ¿lo sabes, verdad?
En ese momento suena el teléfono. Un amigo me dice:
—Siento molestarte, pero necesito que vengas.
—¿Dónde estás? —te pregunto.
—Pero… dime, papi, ¿quién era?
—Un amigo. No puedo fallar. ¿Me esperas o vienes conmigo? No tardo, será un rato nada.
—Ma, papi, yo me voy contigo.
A lo que acelero el cacharrito. Uhhh, ahhh, papi… como mola, te digo mientras te sonrío. Tú, lo deberías probar… ufff.
Llegamos al garito donde mi colega estaba rodeado. Hay os presento y me dices:
—Tate. Te quiero aquí a mi lado.
Te sonrío y te digo:
—Anda, para eso me ha llamado.
—¡Claro! —me dices—. Quería saber si mi tate ya no me había olvidado.
Nos tomamos unas copas. Tú, super cortada, te susurraba al oído:
—Tranquila, mami, aquí no va a pasar nada.
Una chica no paraba de mirarnos, a la que te dije:
—Bebé, mira, creo que la hemos gustado.
—¿Seguro? —me dices—. No sé. Tú, ¿qué piensas?
—No vine solo, bien acompañado, y sea lo que sea, siempre estaré a tu lado.
—¿Sientes el huevo? —te digo.
Subo la intensidad.
—Papi… ¿es solo un juego, verdad?…
La aumento un poco más.
—Apretáis fuerte con tus piernas y me dices, susurrando: —No seas cabrón… mira que me estoy aguantando y no sé si podré seguir más tiempo.
Cuando lo pongo al máximo y te digo:
—Corre al baño, bebé, suelta a voces ese orgasmo.
Sales corriendo y, en cuanto tuerces, apago el huevo. Cómo vienes enfurecida.
—¡Hijoeputa gonorrea! ¿Qué te has creído? ¡Ya que puedes jugar conmigo así!
A lo que lo enciendo de nuevo y te sonrío.
—¡HIJOEPÚTA! ¿Me quieres ver morir?
Agarras a la chica sin decir nada y te la llevas del tirón. Al salir a la calle, estabais en la parte de atrás del coche.
—Qué cabrón eres —me dice la chica—. Eres malo, te gusta hacer sufrir.
Mientras tú, arqueada, volvías a repetir otro orgasmo del cacharrito.
—Papi, ¿ya me quieres matar? Uyyy, disculpa, se me había olvidado que estaba prendido… ummm, qué rico, verdad? —jadeabas fuerte.
Os veo por el retrovisor.
—Chicas, ¿acaso soy el taxista?
La chica, que estaba ardiente por sentir todo lo que le contaste ese rato a solas, se mordía la boca, le costaba tragar. Ufff, menuda me espera, seguro es lo que pesaba. Se desabrocha la camisa. Le hago el gesto: ahora que te los quite a ti.
Justo en ese momento, frente a frente, os dije:
—Vamos o me voy a aburrir.
Comenzasteis a besaros con tanta intensidad que por un momento olvidasteis que estaba yo allí. Ya ella tomó la iniciativa y cogió tu mano para introducir tus dedos dentro de ella, para que pudieras descubrir lo mojada que ya estaba. Y sobre tus pechos empezó a hacerte sentir la punta dura y mojada. Ummm, gritabas medio callada. Con la otra mano te tocaba la otra teta.
—Bebé, ¡qué rico! Ufff. Despacio, sin prisa, te devoró el pezón mientras, perra caliente, acelerabas tus dedos para sentir su aliento. Querías romperla también.
Y yo, desde el retrovisor, tocándome también, estaba disfrutando de aquel enorme placer.
—Papi —me dices—, ¿queda mucho?
—Bebé, acabamos de empezar —te digo.
Es ahí cuando me dices:
—Es que tengo la boca seca.
—A un lado te puedes parar —dice la chica—, si eso… pues yo también me siento igual. Este calor que no para… ¿nos lo puedes apagar?
—Quítaos el pantalón y regaladme un poquito de vosotras. Aunque nos vayáis a devorar. ¿Habéis probado a dos diablas y espera? Ya veréis.
Ambas tenéis los dedos dentro de la otra. Paro y, aunque incómodo, me giro para daros lo que tanto me estabais reclamando: mi polla para devorar.
La chica dice:
—Umm, un piercing… ufffff.
Os miráis fijamente y comenzáis a la vez a comermelas, las dos juntas, a comermelo a la vez. Madre mía, pienso, parece que ya se conocían.
Le dices a la chica:
—Sabórealo con gusto. Te voy a dejar mientras me como sus huevos. No desaproveches tu oportunidad —le dices con firmeza.
Uffff, madre mía, ¿quién me lo iba a decir?
—Me voy a correr, chicas —grito.
A lo que tú dices en voz alta:
—¿A quién se lo quieres tú dar?? ¿A ti, bebé, o a ella? ¡Elige, pero no paréis! ¡Me corro, no me puedo aguantar más!
A lo que las dos paráis, os miráis y empezáis a sonreír.
—¡Vamos, mojamos a las dos, dale, estamos aquí!
Mi leche salió disparada mientras las dos cargabais contra mi punta. Ufff, os escuchaba decir: «qué rico está nuestro premio». Ahora, dele, papi, rápido, pues te va a tocar a ti beber hasta la última gota que provocaste en nosotras. Apúrate para el hotel, no nos queremos enfriar…
Me doy la vuelta, me pongo el pantalón mientras veo por el retrovisor cómo una a la otra secaba cada gota que tenía mía. Mientras os comíais, soltasteis un gemido. Ummm, qué rico, correteó por mí, os decíais mutuamente mientras temblabais del pedazo de orgasmo que os acababais de sacar. Jijiji. Os salió una carcajada.
—Papi, deja de mirar y tira ya. ¡Mira que estamos empapadas