Antonieta ya estaba completamente hundida en su doble vida. Pero el destino le tenía preparada una trampa mucho más oscura y peligrosa.
Don Héctor López, de 72 años, era amigo íntimo de sus padres desde hacía más de treinta años. Exvecino de la familia. Un hombre que ella había visto cientos de veces en las reuniones familiares, en las barbacoas de los domingos y en las cenas de Navidad. Siempre sonriente, siempre “el tío Héctor”. Pero desde que Antonieta era una niña, él la había deseado con una lujuria enferma y silenciosa.
Aquella tarde, Don Héctor pasó frente a la casa donde ella había estado y grabó todo con su celular. Lo que vio lo dejó temblando de excitación: Antonieta siendo follada brutalmente, gritando como una puta, corriéndose mientras la degradaban.
Al día siguiente le envió el mensaje con el video adjunto. El chantaje fue claro y despiadado:
“Si no quieres que tu marido, tus padres y todos tus conocidos vean en qué puta te has convertido, estarás mañana a las 2 pm en el Hotel Luxor Sola. Habitación 312. No llegues tarde, niñita.”
Antonieta pasó la noche en vela, llorando de miedo y vergüenza. Recordaba perfectamente cuando tenía trece años y Don Héctor le regalaba chocolates en la puerta de su casa. “Para la niña más linda del barrio”, le decía mientras le acariciaba el cabello. Sus padres confiaban ciegamente en él. Ahora ese mismo hombre tenía un video donde ella se comportaba como una zorra.
A las dos de la tarde del día siguiente, sentada en su auto frente al hotel, Antonieta temblaba. Las manos le sudaban sobre el volante.
No puedo entrar… no con él. Es el amigo de papá. El que me cargaba en sus hombros cuando tenía siete años. El que me veía crecer…
Pero su cuerpo la traicionaba completamente. Tenía el coño empapado. Se mordió el labio con fuerza y, casi sin poder evitarlo, deslizó una mano bajo su falda. Se frotó el clítoris por encima de las bragas empapadas mientras las imágenes del video pasaban por su mente. El riesgo extremo la estaba excitando de una forma enfermiza.
¿Qué estoy haciendo? Me estoy tocando pensando en ese viejo… Dios mío, estoy enferma. Debería sentir asco, repulsión… ¿por qué me excita tanto?
Respiró agitada, ahogó un gemido y se corrió discretamente en el estacionamiento, con las mejillas ardiendo de humillación y autodesprecio. Ese orgasmo solo la hizo sentir más sucia.
La habitación 312
Don Héctor la esperaba sentado en un sillón, con una sonrisa triunfal y lujuriosa.
—Por fin… Después de más de treinta años fantaseando con la niñita del vecino, aquí estás. Desnúdate. Lentamente. Quiero disfrutar cada segundo.
Antonieta obedeció con manos temblorosas. Mientras se quitaba la blusa, recordó cuando tenía catorce años y Don Héctor la ayudaba “accidentalmente” a bajar de un árbol en el patio. Sus manos siempre terminaban rozando sus senos incipientes. Ella se ponía roja y corría a su casa, sintiéndose extraña y sucia, sin entender del todo qué pasaba.
—Hueles igual que cuando eras joven… —dijo él inhalando profundamente su perfume—. Qué ironía que ahora estés aquí, convertida en lo que siempre supe que serías.
La puso de rodillas frente a él. Su verga gruesa olía a sudor viejo. Antonieta sintió náuseas.
Este es el mismo hombre que me sentaba en sus piernas durante las reuniones familiares. Me decía al oído que yo era su niña favorita. Y ahora…
—Chúpala, ex vecina. Esto es lo que soñaba cada vez que te veía saltar la cuerda con esas falditas cortas o cuando venías a mi casa a pedir dulces.
Antonieta abrió la boca. El sabor era fuerte y repugnante. Don Héctor la agarró del pelo y le folló la boca con lentitud posesiva.
—Más profundo… Así, tragátela. ¿Sabías que me pajeaba pensando en ti mientras tus padres me invitaban a cenar? Me imaginaba cogiéndote en tu propia cama, justo debajo de las narices de tu papá y tu mamá. Mientras ellos lavaban los platos, yo fantaseaba con romperte ese culito virgen.
Antonieta lloraba y sentía arcadas, pero su coño palpitaba.
Esto es una pesadilla… Es el padrino de mi prima. El que me regalaba regalos de cumpleaños. Y yo estoy aquí de rodillas, chupándosela como una puta barata. ¿Qué clase de hija soy? ¿Qué clase de mujer asquerosa me he vuelto?
La levantó, la tiró sobre la cama y le abrió las piernas con brusquedad. Le escupió directamente en el coño y la penetró de un solo empujón brutal.
—¡Ayyy Dios! ¡Don Héctor…! —gritó Antonieta.
Él la follaba con rabia acumulada de décadas, agarrándola del cuello.
—Dime qué eres ahora.
—Soy… soy su puta… —gimió ella.
—Más fuerte, zorra. Dime que eres la niñita que yo veía crecer y que ahora es mi puta.
—¡Soy la puta del vecino de mis padres! —gritó Antonieta, roja de vergüenza—. ¡La que usted deseaba desde que yo tenía trece o catorce años!
Don Héctor la volteó en cuatro patas, le metió dos dedos gruesos en el culo y empujó su verga dentro de su ano sin piedad.
—¡Me está rompiendo! ¡Es muy gruesa! —aulló ella.
Mientras la embestía salvajemente, Antonieta tenía flashes de recuerdos: Don Héctor mirándola fijamente cuando ella usaba shorts cortos en el verano, sus “abrazos” demasiado largos, las veces que la retenía en su casa con cualquier excusa. Siempre había sentido miedo e incomodidad. Ahora ese miedo se mezclaba con un placer oscuro que la aterrorizaba.
Me estoy mojando más… ¿Por qué? Debería odiarlo con todo mi ser. Debería querer matarlo. En cambio, mi cuerpo se abre para él. Me estoy rompiendo por dentro. Ya no sé quién soy.
La folló brutalmente en el culo durante varios minutos, tirándole del pelo y llamándola “zorra de barrio”, “niñita de papá convertida en guarra”, “la puta familiar que siempre soñé”. Luego la puso de lado y alternó entre coño y culo con fuerza salvaje.
Al borde del orgasmo, la obligó a arrodillarse de nuevo y le descargó una corrida espesa en la cara y dentro de la boca, obligándola a tragarse gran parte mientras le sostenía la cabeza.
Mientras Antonieta estaba tirada en la cama, destruida, con semen chorreando por toda su cara, tetas y culo, Don Héctor le agarró la barbilla con fuerza y la miró a los ojos:
—Esto es solo el principio, puta. A partir de ahora vendrás cuando yo te llame. Me mandarás fotos y videos de todo. Y muy pronto te voy a obligar a hacer algo especial… algo que involucre la casa de tus padres.
Antonieta levantó la mirada, temerosa y rota.
Don Héctor sonrió con malicia perversa:
—Quiero que sientas el riesgo de verdad, Antonieta. Quiero que te humilles donde antes eras la niñita inocente.
Ella sintió un escalofrío profundo. El miedo y la humillación se mezclaban con una excitación tan fuerte que le dolía el vientre.
—Entendido… —susurró, completamente destruida.
Don Héctor le dio una última nalgada fuerte y le susurró al oído:
—Bienvenida a tu nueva vida, puta mía.
Antonieta se quedó sola en la habitación, mirando el techo con los ojos llenos de lágrimas. El semen se enfriaba sobre su piel y una sola pregunta la atormentaba una y otra vez:
¿Cuánto de esto es realmente chantaje… y cuánto es algo que siempre estuvo dormido dentro de mí?
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