Habían pasado cuatro días desde el encuentro en el cine. Antonieta apenas dormía. Cada noche revivía las escenas: el baño sucio, la verga de Don Héctor en su garganta, el sabor espeso… Las órdenes diarias de él se volvían cada vez más personales, más cercanas a su pasado.
El miércoles por la tarde llegó el mensaje:
“Tienda de siempre. 8:30 pm. Entra por la puerta de atrás. Usa el vestido azul que te ponías a los 16. Sin ropa interior. Plug anal puesto. No llegues tarde.”
Antonieta sintió un nudo en el estómago. Esa tienda… el lugar donde todo comenzó. El vestido azul todavía estaba guardado en el fondo del clóset. Se lo puso con manos temblorosas. Ahora le quedaba más ajustado, marcando descaradamente sus tetas grandes y su culo maduro.
Llegó a las 8:25. La tienda estaba cerrada al público. Solo una luz tenue en la parte trasera. Empujó la puerta de servicio y el olor la golpeó como una bofetada: polvo viejo, cartón húmedo, abarrotes, madera gastada y ese leve olor a sudor y colonia barata que siempre asociaba con Don Héctor. Era como viajar en el tiempo.
Él estaba sentado detrás del mostrador, con la misma sonrisa torcida de siempre.
—Miren nada más… la misma niñita flaca que venía a comprar con moneditas sudadas. Pero ahora con tetas de puta y culo de guarra —dijo, devorándola con la mirada.
Antonieta se quedó paralizada en medio de la tienda. Los recuerdos la invadieron con fuerza: ella a los quince años, con uniforme escolar, entrando a comprar pan o leche. Don Héctor siempre encontraba una excusa para acercarse. Sus manos grandes y ásperas “se resbalaban” sobre sus senos al cobrar. La retenía más de lo necesario, respirándole cerca del cuello. Ella salía roja, con ganas de llorar, sintiéndose sucia. Nunca se lo contó a nadie.
—Acércate —ordenó él.
Cuando estuvo frente al mostrador, Don Héctor se levantó, dio la vuelta y se pegó contra su espalda. Sus manos fueron directo a sus tetas, apretándolas con fuerza por encima del vestido, igual que hacía décadas.
—¿Te acuerdas cómo te tocaba aquí, eh? Tú te quedabas calladita, temblando como un conejito, con los ojos bajos. Algunos días salías casi corriendo. Otros… te quedabas un segundo más, apretando los muslos. ¿Creías que no me daba cuenta, Antonieta?
Ella respiraba agitada. De joven solo sentía miedo y asco. Ahora, mientras las manos rugosas del viejo le masajeaban las tetas con brutalidad, sentía cómo se le mojaban los muslos. El plug anal vibraba suavemente con cada movimiento.
—Quítate el vestido. Ahora.
Antonieta obedeció. Quedó completamente desnuda en medio de la tienda, solo con el plug en el culo. Don Héctor la inclinó sobre el mostrador. La madera vieja y gastada se le clavaba en las caderas, exactamente igual que cuando, a los quince, se apoyaba allí muerta de vergüenza mientras él la rozaba “sin querer”.
Le sacó el plug de un tirón seco y, sin ningún aviso, le metió la verga gruesa en el coño de un solo empujón brutal.
—¡Ayyy Dios! —gritó Antonieta.
—Esto es lo que quería hacerte cada puta vez que venías —gruñó Don Héctor follándola con embestidas fuertes y profundas—. Mientras tú pensabas en escapar y te sentías sucia por tener tetas tan jóvenes, yo imaginaba doblarte aquí mismo, arrancarte esa falda del uniforme y llenarte el coño hasta que lloraras.
Antonieta gemía sin control. Cada embestida mezclaba recuerdos encontrados: el terror de los quince años y el placer oscuro y adictivo de ahora. Miedo y deseo. Vergüenza y lujuria.
Don Héctor la giró, la sentó sobre el mostrador y le abrió las piernas obscenamente. La penetró mirándola fijamente a los ojos.
—Dime la verdad, Antonieta. De joven me odiabas… ¿verdad?
—Sí… —susurró ella entre gemidos.
—Y ahora eres mi puta. Dilo fuerte.
—Soy tu puta, Don Héctor… La niñita que tocabas se convirtió en tu puta.
La folló con más fuerza, pellizcándole los pezones con saña y mordiéndole el cuello. Antonieta se corrió violentamente, apretando la verga con su coño, chorros de jugos cayendo sobre el mostrador viejo y manchándolo.
Cuando él estaba a punto de correrse, la bajó al suelo y la puso de rodillas.
—Abre la boca, niñita.
Se corrió abundantemente sobre su lengua y cara, llenándola de semen espeso y obligándola a tragarlo todo mientras le sostenía la cabeza con firmeza.
Después, mientras Antonieta seguía arrodillada, desnuda y con semen chorreando por su barbilla y tetas, Don Héctor le acarició el pelo casi con ternura perversa.
—La próxima vez traerás fotos tuyas de cuando tenías quince. Quiero verte exactamente como eras cuando te tocaba. Y te voy a follar en el mismo cuarto donde me pajeaba pensando en ti, niña.
Antonieta salió de la tienda tambaleándose, el vestido mal puesto, el sabor salado del viejo todavía fresco en la boca. Ya en la calle, se pasó los dedos por la cara, recogiendo el semen que le chorreaba y llevándoselo instintivamente a los labios. Mientras caminaba hacia el coche sintió el vacío donde antes estaba el plug y una pregunta que le ardía en el pecho y entre las piernas:
¿Cuánto de esto era solo chantaje… y cuánto era algo que siempre había estado ahí, dormido y húmedo dentro de ella
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