Era una noche fría, oscura y nublada. El parque parecía un lugar olvidado del mundo. Antonieta llegó envuelta en un abrigo largo negro, con las piernas temblando y el corazón latiéndole con fuerza. No sabía que Don Jorge estaba allí.

—Quítate el abrigo y camina —ordenó Don Héctor por teléfono—. Quiero que deambules como una puta barata. Mueve las caderas. Despacio.

—No… por favor… alguien puede verme… —suplicó ella.

Don Héctor activó al máximo el vibrador y el plug anal. Antonieta soltó un gemido ahogado y, entre lágrimas, se quitó el abrigo.

Quedó expuesta: solo con una falda plisada cortísima y un corpiño blanco semitransparente abierto. Sus tetas grandes se balanceaban con cada paso, los pezones duros por el frío. La falda se levantaba constantemente, mostrando su culo grande y el hilo negro hundido entre sus nalgas.

Empezó a caminar por el sendero, muerta de miedo.

Dios… ¿y si pasa alguien? ¿Y si me reconoce un vecino? Estoy casi desnuda en un parque público… caminando como una prostituta… si me ven así, estoy perdida…

Cada ruido la hacía saltar. Un perro ladró a lo lejos y ella se escondió detrás de un árbol, con el corazón en la garganta. La falda se le subía todo el tiempo. Don Héctor la regañaba por teléfono cada vez que intentaba bajársela.

Después de varios minutos de humillante caminata, Don Jorge, que estaba sentado en un banco bajo un farol, la vio. El viejo amigo de su padre se quedó paralizado.

—No… esto no puede ser… —murmuró para sí mismo—. Es la hija de mi compadre… la vi crecer… soy su padrino de bautismo… No puedo hacerle esto…

Pero su cuerpo lo traicionaba. Sentía una erección fuerte y dolorosa.

Antonieta pasó cerca del banco sin verlo. Don Héctor, que observaba todo, le habló:

—Sigue caminando. Hay alguien que quiere verte.

Don Jorge ya no resistió más. Se levantó y se acercó con pasos vacilantes.

—Antonieta… —dijo con voz ronca.

Ella se giró y al reconocerlo se quedó helada, intentando cubrirse inútilmente.

—Don Jorge… —susurró muerta de vergüenza.

El viejo luchaba visiblemente. Su rostro mostraba culpa y deseo al mismo tiempo.

—Esto está mal… muy mal… —dijo con voz temblorosa—. Eres como una hija para mí… tu padre me mataría… No debería tocarte… soy un viejo degenerado…

Pero sus manos se movieron solas. Levantó la falda cortísima hasta la cintura y apretó con fuerza una de sus nalgas grandes y suaves.

—Perdóname, Antonieta… Dios me perdone… pero no puedo parar… qué culo más rico tienes…

Metió la otra mano por el corpiño abierto y agarró una de sus tetas pesadas, apretándola con avidez, pellizcándole el pezón.

—Siempre te deseé… —confesó con voz entrecortada mientras la manoseaba—. Cuando eras adolescente ya me volvías loco… y ahora… mírate… convertida en toda una mujer puta…

Antonieta gemía sin control. El vibrador seguía zumbando dentro de ella mientras las manos arrugadas del viejo amigo de su padre la recorrían sin piedad.

Don Jorge, ya completamente entregado al deseo, separó las nalgas de Antonieta y pasó dos dedos gruesos por su coño empapado.

—Estás chorreando… —gruñó—. Perdóname, mi niña… pero este coño está pidiendo que lo toquen… toda mi vida fantaseé con esto…

La manoseó con más intensidad: apretando sus tetas, pellizcando sus pezones, metiendo dedos entre sus piernas, dándole cachetadas suaves en el culo. Todo mientras murmuraba frases de culpa y lujuria mezcladas.

—Esto es una aberración… soy un monstruo… pero qué rica estás… qué cuerpo más delicioso…

El placer y la vergüenza fueron demasiado para Antonieta. Tuvo un orgasmo violento, arqueando la espalda y soltando un gemido largo y vergonzoso mientras su coño se contraía alrededor de los dedos de Don Jorge.

Don Jorge la sostuvo mientras ella temblaba. Cuando el orgasmo pasó, él retiró lentamente las manos, con la respiración agitada y la mirada llena de culpa y satisfacción.

—Perdóname… —susurró una última vez.

Antonieta, destrozada, solo pudo llorar en silencio, sintiéndose completamente rota.

Desde las sombras, Don Héctor sonreía satisfecho. El capítulo de la degradación de Antonieta avanzaba exactamente como él quería.