Capítulo 5: La consagración
Miguel se quedó a vivir en la casa. No hizo falta que lo pidiéramos: una mañana, después de una noche larga de tequila y de humo, apareció con una maleta en la mano y la dejó en el cuarto que antes usaba cuando visitaba. "Compadre", me dijo, con esa sonrisa de bestia que le conozco, "el rancho ya tiene quien lo atienda. Yo ya cumplí mi tiempo allá. Ahora quiero cumplir mi tiempo aquí, con mi familia." No hizo falta responderle. Le di una palmada en la espalda y le dije que esa era su casa. Porque lo era. Esta casa, con sus dos hembras, era de los tres hombres que la gobernaban.
Esa misma tarde, mientras las mujeres dormían la siesta en el cuarto de Elena, los tres nos sentamos en el patio con unas cervezas. El sol caía a plomo, pero había una brisa que venía del monte y hacía el calor más llevadero. Samuel estaba callado, pero yo conocía esa mirada: estaba tramando algo. "Papá", dijo, después de un rato, "la consagración. ¿Cuándo la hacemos?"
"Esta noche", respondí, sin dudarlo. "Ya es tiempo. Las mujeres están listas. Han aprendido todo lo que tenían que aprender. Ahora es el momento de sellarlo para siempre."
Miguel se relamió, con los ojos brillando de anticipación. "¿Y cómo va a ser el ritual, compadre? Cuéntame, que quiero saber qué voy a hacer."
"Va a ser una especie de ceremonia", expliqué, encendiendo un cigarro. "Las dos mujeres van a estar desnudas, de rodillas, en el centro de la sala. Nosotros, los tres hombres, vamos a estar sentados frente a ellas. Cada una va a besar los pies de cada uno de nosotros, uno por uno, como signo de sumisión. Después van a decir sus promesas: que van a servirnos, a obedecernos, a agradecernos, hasta el final de sus días. Y después, la fiesta. Una sesión larga, sin límites, donde vamos a usarlas de todas las formas que se nos ocurran. Para que sepan, con el cuerpo, lo que han prometido con la boca."
Samuel sonrió, con esa sonrisa que es mía. "Me gusta. ¿Y quién las va a preparar?"
"Elena va a preparar a Lucía", dije. "Y yo voy a preparar a Elena. Así las dos entran en calor, se acuerdan de lo que son, y llegan listas a la ceremonia."
A media tarde, llamé a Elena a mi cuarto. Entró descalza, con un vestido ligero que dejaba ver las curvas de su cuerpo, y se arrodilló frente a mí sin que se lo pidiera. "Mi señor me llamó", dijo, con la mirada baja.
"Esta noche es la consagración, Elena", le dije, tomándole la barbilla y levantándole la cara. "El ritual final. ¿Estás lista?"
"Sí, mi señor. He estado esperando este momento desde que llegué a esta casa. Desde la primera noche en que me enseñaste a arrodillarme, supe que esto iba a pasar. Que un d
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