Capítulo 4: Las reglas del juego
Cuando Lucía volvió del rancho, tres días después, ya no era la misma muchacha que se había ido. Bajó de la camioneta de Miguel con el pelo un más suelto, la piel tostada por el sol, y una sonrisa que yo no le había visto nunca: la sonrisa de la mujer que ha descubierto lo que es su cuerpo y ya no le tiene miedo. Miguel venía detrás, con esa satisfacción del hombre que ha hecho un buen trabajo, y me abrazó con fuerza.
"Compadre, me la devuelves hecha una mujer", le dije, palmeándole la espalda.
"Te la devuelvo mejor de lo que me la prestaste", respondió, con una risa baja. "Esa muchacha tiene una sed que no se acaba nunca. Me tuvo tres días enteros pidiendo más. Creo que me dejó los huevos secos."
Lucía se acercó, se paró frente a mí, y bajó la mirada, pero no por sumisión: por coquetería. "¿Ya estás lista para volver a casa, hija?", le pregunté, tomándole la barbilla. "Lista, papá", respondió, con la voz firme. "Y lista para aprender lo que falte."
Esa respuesta me llenó de orgullo. La semilla que había sembrado, con paciencia, con mano firme, estaba dando el fruto exacto que yo había imaginado. Elena salió a recibirla, y las dos mujeres se abrazaron en el patio, con una ternura que me gustó ver. Madre e hija, unidas no solo por la sangre, sino por algo más profundo: el conocimiento de lo que son, de lo que sirven, de lo que disfrutan. Elena le susurró algo al oído, y Lucía se rio, con una risa nueva, de mujer, que no era la risa nerviosa de la muchacha que se había ido.
Esa noche, la casa volvió a llenarse de humo, de tequila y de risas. Miguel se quedó a cenar, y después de la cena, cuando las mujeres recogieron los trastes, los tres hombres nos sentamos en la sala, con una botella de ron y un cigarro de hierba que circulaba de mano en mano. Era el momento de poner las reglas.
"Compadre", dije, dando una calada larga al cigarro. "La casa ya está completa. Las dos hembras están listas, entrenadas, y hambrientas. Ahora necesitamos que todo funcione como debe. Necesitamos reglas."
Miguel asintió, con los ojos brillantes. "Me gusta, compadre. A mí siempre me ha gustado saber dónde estoy parado. ¿Y cuáles son esas reglas?"
"Primero: las mujeres de esta casa caminan descalzas o mostrando sus dedos que tanto nos gustan. Siempre. Eso les recuerda, a cada paso, que el suelo que pis
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