Los martes, jueves y sábados empezaron a tener una textura distinta.

Al principio fue solo un café. Diego lo dejaba servido en la cocina de servicio, todavía caliente, sin decir nada, como si fuera una casualidad que se repitiera con una precisión sospechosa. Marta se lo bebía de pie, mirando por la ventana, diciéndose que era simple cortesía de un hombre que probablemente hacía lo mismo con el jardinero y con el electricista.

Pero el jardinero no tenía café esperándolo. Y ella lo sabía.

Empezaron las preguntas breves, casi administrativas —¿cuánto tiempo llevas en esto?, ¿vives cerca?— que se alargaban sin que ninguno de los dos lo planeara. Diego aprendió que su madre tenía la cadera mal y el corazón peor, que su padre se había ido cuando ella tenía nueve años y no había vuelto a dar señales, que Marta soñaba, en secreto y sin decírselo a nadie, con estudiar enfermería algún día, aunque el dinero y las horas nunca le alcanzaran para empezar.

Marta aprendió que Diego se había casado con Constanza porque las dos familias llevaban generaciones haciendo negocios juntas, que el amor no había sido nunca parte de la ecuación, que llevaba quince años viviendo dentro de una vida que otros habían diseñado para él y que solo firmaba.

Una noche de finales de octubre, con Constanza de viaje en Milán y la casa vacía de todo menos de silencio, Diego la encontró terminando tarde, con las manos agrietadas por el amoniaco y el pelo recogido de cualquier manera. Le ofreció un vaso de agua. Se quedaron en la cocina —el territorio de ella, por una vez, no el de él— hablando de nada durante casi una hora. Diego escuchaba como si nadie le hubiera contado nunca algo real, con esa atención absoluta de quien lleva mucho tiempo hambriento sin saberlo.

No la tocó. Pero cuando ella se fue, él se quedó con la mano apoyada en la encimera donde ella había estado sentada, como si todavía pudiera sentir el calor.

Los encuentros se repitieron. Nunca se buscaban de manera directa —eso habría sido admitir algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar—, pero los horarios empezaron a coincidir con una regularidad que ya no podía llamarse casualidad. El contacto físico seguía siendo mínimo, y por eso mismo se volvía insoportable: una mano que rozaba otra al pasarse una taza, la distancia de medio metro que ninguno de los dos cerraba pero que tampoco ensanchaba. Marta empezó a notar que se arreglaba el pelo antes de subir al ático de servicio, y eso la enfadó consigo misma durante días.

La tormenta que lo rompió todo llegó un sábado de noviembre.

Diego la ayudó a bajar unas cajas pesadas al almacén del sótano, un espacio sin ventanas que olía a detergente industrial y a humedad de cemento viejo. La luz era una sola bombilla que parpadeaba. En algún momento, entre una caja y la siguiente, la distancia que llevaban semanas midiendo con tanto cuidado desapareció sin que ninguno de los dos decidiera exactamente cuándo.

No fue un beso planeado ni romántico. Fue urgente, casi doloroso, cargado de todo lo que habían estado conteniendo desde la lluvia de octubre. Las manos de Diego, que a pesar del dinero conservaban callos de una juventud que ya nadie recordaba, se enredaron en el pelo de Marta con una torpeza que no encajaba con su aplomo habitual. Ella sintió la respiración de él contra su cuello, entrecortada, y comprendió con una claridad helada que ya no había manera de deshacer aquello.

Después, ninguno de los dos habló. Diego se quedó con la frente apoyada en la de ella, respirando como si hubiera corrido varios kilómetros, mientras arriba la casa seguía funcionando como si nada hubiera pasado, como si el mundo entero no acabara de partirse en dos mitades: la de antes y la de después.

A partir de ahí se instaló una complicidad hecha de gestos pequeños. Una nota debajo de un jarrón. Un mensaje enviado desde un número que ella borraba en cuanto lo leía. Encuentros robados en un motel de carretera a cuarenta minutos de la ciudad, donde nadie conocía ni el apellido de él ni la cara de ella. Diego empezó a llevarle libros —ella, sin proponérselo, le enseñó a mirar el mundo de otra manera, algo que ninguna mujer de su círculo se había molestado nunca en hacer—. Marta aprendió el peso de la ropa cara bajo los dedos, la suavidad de una camisa que costaba más que su alquiler mensual, y el contraste brutal entre esa suavidad y las manos que la sostenían, que seguían teniendo, contra todo pronóstico, la aspereza de alguien que alguna vez trabajó de verdad.

La culpa llegó despacio, pero llegó. Diego empezó a evitar los espejos. Sentía que traicionaba no solo a Constanza sino a la idea que tenía de sí mismo: un hombre correcto, cumplidor, útil, el que su padre había educado para sostener un apellido sin fisuras. Marta, por su parte, temía perder el trabajo, temía lo que dirían las otras chicas si algún día se sabía, y temía, más que nada, la facilidad con la que se había vuelto imprescindible para un hombre que no le pertenecía y que, en el fondo de su cabeza más fría, sabía que nunca le pertenecería del todo.

Ambos entendían que aquello tenía fecha de caducidad. Ninguno de los dos consiguió dejarlo.