El aguacero la agarró a media cuadra del edificio, con las bolsas del súper rompiéndose entre los dedos. Marta corrió los últimos metros con el pan bajo el brazo como si fuera un balón, empapada hasta los huesos, maldiciendo en voz baja el paraguas que se había dejado en la cocina de su madre esa mañana.

El portal de mármol donde se refugió no era suyo. Era el portal de un edificio que ella limpiaba tres veces por semana, de siete a diez, antes de que los dueños bajaran a desayunar. Pero a esa hora, un jueves cualquiera de las cinco de la tarde, no tenía por qué estar nadie.

Estaba él.

De traje gris, con el teléfono pegado a la oreja y una expresión de quien lleva media hora discutiendo cifras que no le importan. Se calló a mitad de una frase cuando la vio entrar empapada, con el pelo pegado a la cara y una bolsa de pan reventada goteando en el suelo que ella misma abrillantaba cada semana.

—Te llamo luego —dijo él, y colgó sin esperar respuesta.

Marta se quedó quieta, consciente de pronto de cómo la camiseta mojada se le pegaba al cuerpo, de que no llevaba maquillaje, de que sus botas de trabajo dejaban charcos sobre el suelo que era, técnicamente, su responsabilidad mantener seco.

—Perdón —dijo, sin saber muy bien por qué se disculpaba—. Ya me voy.

—No hace falta. —Él no se movió. La miraba con una atención que no encajaba con el traje, con el reloj, con todo lo que representaba—. Está diluviando.

Ella lo reconoció entonces. Lo había visto en fotos, en el ascensor de servicio, en las conversaciones de las otras chicas de la limpieza que bajaban la voz cuando hablaban de él. El dueño. El marido de la señora del ático que nunca la miraba a los ojos cuando se cruzaban.

—Usted vive aquí —dijo Marta, y sonó más a acusación que a comentario.

—Y usted limpia mi casa los martes, jueves y sábados —contestó él, sin ninguna hostilidad—. Sé quién eres, Marta.

Que supiera su nombre la desarmó más que la lluvia. Se quedaron así, separados por tres metros de mármol y un abismo mucho más ancho, mientras afuera el agua caía con una violencia que parecía tener prisa por algo. Él la miraba de un modo que ella no supo nombrar en ese momento —no era lástima, no era condescendencia— y ella sintió el calor subirle por el cuello, incómodo, casi ofensivo, como si su cuerpo hubiera decidido traicionarla delante de un hombre que ni siquiera debería estar mirándola así.

—Debería subir a cambiarme la corbata —dijo él por fin, sin moverse—. Se ha manchado.

No se había manchado. Los dos lo sabían. Pero fue la excusa que ambos necesitaban para que aquello terminara antes de que se convirtiera en algo que no tenía nombre todavía.

—Que tenga buena tarde, señor Aldana.

—Diego —dijo él—. Cuando no estás fregando mi suelo, puedes llamarme Diego.

Marta salió a la lluvia otra vez, aunque ya no tenía prisa, y dejó que el agua se llevara el calor de la cara. No miró atrás. No hacía falta. Sabía que él seguía en la puerta, viéndola irse, con el teléfono ya olvidado en el bolsillo.

Esa noche, en la cama estrecha que compartía habitación con su madre dormida, Marta se sorprendió repitiendo el nombre en voz baja, como quien prueba una palabra en un idioma nuevo. Diego. Le pareció ridículo. Se durmió pensando en otra cosa, o al menos lo intentó.

Diego, dos pisos más arriba de donde ella vivía, en un ático que costaba lo que Marta ganaba en quince años, se quedó despierto junto a Constanza, que dormía de espaldas a él como llevaba haciendo desde hacía tiempo, y pensó en unas botas de trabajo dejando charcos sobre un mármol que jamás en su vida había mirado con tanta atención.