Llegaron ambos uniformados, no podían evitar mostrarse ansiosos y a la vez temerosos de su reacción; no habían vuelto a verse desde que discutieron. Su presencia en blancos y almidonados uniformes contrastaba con la caleidoscópica exuberancia tropical a su alrededor.
La mañana estaba algo nublada y los céfiros llenaban el aire.
Al fondo, recortada contra el azul grisáceo del cielo en aquel momento, la figura de Anilem destacaba sobre el Gakan bukan, el peñasco más imponente de la isla. Miles de años de oleaje contra su base, le habían dado la forma de una gigantesca cabeza sin rasgos, pero con un cuello muy bien definido, de hecho eso significaba su nombre. Los nativos utilizaban aquel peñasco para las ceremonias de iniciación de los jóvenes y también para presentar sus respetos al mar, por lo cual colocaban escaleras de madera y liana desde su base hasta su cima y cuando la salinidad y la humedad las estropeaban las reemplazaban.
Su belleza resaltaba demasiado en aquel escenario, que ya era sumamente bello de por sí; a Alessio le recordó a la Joven sirena de Anderssen, en el puerto de Copenhague o a una de las estatuas de alguna de las tantas fontanas de Roma.
Llevaba un corto bikini tejido de fibras de coco y miraba distraídamente al horizonte.
El peñasco tenía una superficie de unos diez metros cuadrados, lo suficiente para que pudieran estar los tres cómodos sobre él. Aquel era un excelente mirador, desde donde se podía dominar la infinita superficie del pacífico y las