Era una tarde calurosa de verano en la ciudad, de esas en las que el sol se filtra por las cortinas entreabiertas y el aire se siente pesado.

Yo tenía 18 años recién cumplidos y acababa de unirme al equipo de básquet como el más joven. Ellos dos, Jamal y Tyrone, eran las estrellas indiscutibles. Con 25 años cada uno, medían casi 2 metros, cuerpos esculpidos por años de entrenamientos intensos: hombros anchos, brazos musculosos, abdominales marcados que se veían incluso debajo de las camisetas sudadas. Piel oscura, brillante, mandíbulas fuertes, sonrisas blancas que derretían a cualquiera en las gradas. Eran los más famosos del equipo, los que llenaban el gimnasio con fans gritando sus nombres. Y por alguna razón, me habían tomado bajo su ala.

Vivíamos cerca, así que muchas tardes terminábamos en mi casa después del entrenamiento. Mis padres trabajaban hasta tarde, así que teníamos la casa para nosotros solos. Al principio era solo bromas, risas, videojuegos y cervezas frías. Pero poco a poco las cosas cambiaron.

La primera vez que pasó fue un viernes por la tarde. Estábamos tirados en el sofá del salón, yo en el medio, todavía con las camisetas del equipo puestas. Jamal, el más alto y con una barba cuidada que le daba un look de modelo, estiró las piernas y soltó una carcajada profunda.

—Hermano, hoy jugaste bien a la play para ser un novato —dijo Tyrone, el de los brazos más gruesos y una sonrisa traviesa—. Pero aún te falta calle.

Se miraron entre ellos y, sin decir más,

le dije ke estaba aburrido ke si keria jugar a la play Jamal me responde estas aburrido yo te lo puedo kitar en ese momento le respondí y como

se abrió la bragueta del pantalón y se le miraba los boxers y momento después sacó su verga semi-dura saltó libre, gruesa, oscura, fácilmente 28 centímetros de pura carne pesada que reposaba sobre su pantalón musculoso. Tyrone hizo lo mismo al otro lado, su polla igual de impresionante, venosa, con una cabeza gruesa

— en ese momento yo con mi tono de voz un poco indignado dije ke estan haciendo y ellos solo rieron y respondieron

—Mirá esto, chiquito —dijo Jamal con voz grave, moviéndola un poco con la mano—. Esto es lo que te hace falta para ser de verdad del equipo.

tenía su mano en la verga y la otra mitad se movía como una gelatina para todos lados

Me quedé congelado, el corazón latiéndome fuerte en el pecho. Eran enormes, intimidantes, perfectas. Sentí que se me calentaba la cara, pero me hice el difícil. Crucé los brazos y solté una risa nerviosa.

—¿Y qué? ¿Creen que con eso me van a impresionar? He visto cosas mejores en internet —mentí, mirando hacia otro lado.

Ellos se rieron fuerte, sin ofenderse. Tyrone se acercó más, su muslo fuerte rozando el mío.

—Ah, ¿sí? Entonces por qué no paras de mirar, eh? —Sus ojos oscuros brillaban con diversión y algo más caliente.

No se las toqué esa tarde aunque si quería hacerlo. Me levanté fingiendo que iba por más bebidas y cambié de tema. Pero ellos sabían. Sabían que me había quedado con las imágenes grabadas en la cabeza.

Las siguientes semanas se convirtieron en un juego. Cada vez que estábamos solos en casa, después de entrenar o ver películas, encontraban la forma de mostrármelas. A veces era Jamal quien se sentaba con las piernas abiertas, su verga colgando pesada mientras jugábamos a la consola, rozándome el brazo “sin querer”. Tyrone era más directo: se paraba frente a mí en la cocina, bajándose los pantalones y moviéndola despacio, diciéndome lo dura que se ponía pensando en mí.

—Mirá cómo late por vos, flaco —murmuraba Tyrone, su voz ronca—. 28 centímetros esperando que dejes de hacerte el difícil.

Yo me mordía el labio, sentía el calor subiendo por todo mi cuerpo, la polla mía dura dentro de los shorts, pero siempre respondía lo mismo:

—Sigan soñando, grandotes. No soy tan fácil.

y ellos respondieron nunca dijimos ke fueras fácil

Era adictivo. Me encantaba verlos frustrados y excitados al mismo tiempo, sus cuerpos enormes y perfectos reaccionando a mi rechazo fingido. Jamal, con su pecho ancho y tatuajes tribales en los brazos, se masturbaba lento frente a mí una noche, su mano apenas rodeando esa verga monstruosa, gotas de precum brillando en la punta.

—Vení, tocá aunque sea una vez. Sabés que querés —gruñía.

Yo negaba con la cabeza, sonriendo de lado, aunque mis manos temblaban de ganas.

—Tal vez cuando ganemos el campeonato estatal… —les decía, provocándolos.

ke va a pasar cuando ganemos no las vas a chupar en ese momento les respondí

claro les voy a mamar esa verga si ganamos eso se los prometo

Una tarde llegamos a La casa estaba fresca. Nos quitamos las camisetas y nos tiramos en mi cama grande. Esta vez fueron los dos al mismo tiempo. Jamal y Tyrone se pararon frente a mí, bajándose todo, sus vergas erectas apuntando hacia mí como dos torres oscuras y palpitantes. 28 centímetros cada una, gruesas, venosas, cabezas hinchadas. Sus bolas pesadas colgaban abajo, llenas.

—Mirá lo que nos hacés, pendejo —dijo Jamal, agarrando la base de la suya y moviéndola despacio—. Estamos duros desde el vestuario pensando en vos.

Tyrone se acercó más, casi rozándome la cara con la punta.

—Dejá de jugar, wey. Sabemos que querés chuparlas. Querés sentir cómo te llenamos la boca.

Mi respiración era agitada. El olor a ellos era embriagador: sudor, piel caliente, deseo puro. Me recosté contra el cabezal, fingiendo indiferencia aunque mi short estaba a punto de romperse.

—¿Y si no quiero? ¿Qué van a hacer, grandotes y fuertes? ¿Me van a obligar? —los provoqué, mirándolos a los ojos con una sonrisa desafiante.

Se rieron, pero sus ojos ardían. Jamal se arrodilló en la cama, su cuerpo musculoso cerniéndose sobre mí, y Tyrone hizo lo mismo al otro lado. Sus vergas rozaban mis muslos, dejando rastros calientes de precum.

—No te vamos a obligar… todavía —susurró Tyrone, su mano fuerte acariciando mi pecho—. Pero algún día vas a rogar por estas vergas negras.

Pasamos horas así esa tarde. Ellos masturbándose lento, mostrándome cómo latían, cómo se ponían aún más grandes cuando yo las miraba fijamente. Me contaban en detalle lo que querían hacerme: cómo me iban a abrir despacio, cómo me llenarían por los dos lados, cómo me dejarían temblando y pidiendo más. Yo seguía negándome, tocándome por encima del short pero sin dejar que ellos me tocaran todavía.

El juego se puso más intenso con los días. En la ducha de casa, después de entrenar, se paraban los dos bajo el agua caliente, sus cuerpos relucientes, vergas semi-duras balanceándose mientras se enjabonaban. Yo me quedaba mirándolos desde la puerta, mordiéndome el labio.

—Entrá —decía Jamal—. Solo mirá de cerca.

Yo entraba, pero solo miraba. Les decía lo impresionantes que eran, lo grandes y fuertes que se veían, pero nunca las tocaba. Eso los volvía locos. Sus gemidos llenaban el baño mientras se pajeaban pensando en mí.

Una noche, después de una victoria grande, la tensión explotó un poco más. Estábamos en el salón, luces bajas. Ellos dos sentados en el sofá, yo de rodillas en el piso frente a ellos “buscando el control remoto”. Sus vergas estaban afuera otra vez, duras como piedra.

—Mirá lo que provocás —gruñó Tyrone, agarrando mi cabello suavemente—. Abrí la boca aunque sea un segundo.

Me acerqué tanto que sentí el calor irradiando de sus pollas, el olor fuerte y masculino. Casi, casi las probé… pero me retiré riendo.

—Todavía no, cracks. Sigan ganando partidos y tal vez…

Ellos gruñeron frustrados, pero sus ojos decían que les encantaba el juego tanto como a mí. Sus cuerpos grandes, fuertes, super guapos y negros brillando de sudor, vergas de 28cm palpitando de deseo por mí.