El sábado siguiente amaneció perfecto: soleado, sin entrenamientos obligatorios y la casa completamente vacía. Mis padres se habían ido de fin de semana a visitar a unos familiares, así que teníamos todo el día y la noche para nosotros. Jamal y Tyrone llegaron cerca del mediodía, todavía con esa energía de victoria del partido anterior. Vestían shorts holgados de básquet y camisetas ajustadas que marcaban cada músculo de sus torsos anchos y definidos. Entraron riendo, chocando puños conmigo, y enseguida nos tiramos en el sofá grande del salón con los controles de la Xbox en mano.
—Hoy te vamos a destruir en NBA 2K, novato —dijo Jamal con esa voz grave y confiada, sentándose a mi izquierda. Su muslo enorme rozó el mío sin disimulo.
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Tyrone se acomodó a mi derecha, más cerca todavía, su brazo musculoso apoyado en el respaldo del sofá justo detrás de mi cabeza.
—Prepárate, que hoy no te salvás —agregó, sonriendo con esos dientes blancos perfectos.
Empezamos a jugar. El ambiente estaba relajado al principio: risas, insultos amistosos, empujones suaves cuando alguien hacía una jugada sucia. Pero yo sabía cómo terminaban estas sesiones. Llevábamos como media hora jugando cuando sentí que la tensión subía. Jamal empezó a moverse inquieto, ajustándose los shorts.
—Joder… —murmuró.
pasaron como 30 minutos despues
De repente, sin decir nada más, se bajó el elástico de los shorts y sacó su verga gruesa. Ya estaba semi-dura, pesada cayendo sobre su muslo. Tyrone soltó una risa baja y lo imitó al instante: su polla oscura y venosa también salió libre, balanceándose, la cabeza gruesa ya brillando un poco.
—Mirá lo que nos hacés solo con estar sentado ahí, pendejo —dijo Tyrone, moviendo la suya lentamente con una mano mientras intentaba seguir jugando con la otra.
Yo me hice el difícil, como siempre. Mantuve la vista en la pantalla, aunque por el rabillo del ojo veía perfectamente cómo sus vergas crecían, endureciéndose más y más.
—¿Otra vez con eso? —respondí con tono burlón—. Concentráte en el juego, grandote, que te estoy ganando.
Pero la verdad era que el salón ya olía a ellos: ese aroma masculino, cálido, a deseo acumulado. Sus cuerpos grandes y fuertes ocupaban casi todo el sofá, sus abdominales marcados subiendo y bajando con la respiración cada vez más pesada. Jamal empezó a pajeársela despacio, la mano apenas rodeando esa monstruosidad. Tyrone hizo lo mismo, más agresivo, su bíceps flexionándose con cada movimiento.
—Solo mirá… no tenés que tocar —gruñó Jamal, su voz más ronca—. Mirá cómo se pone por vos.
en ese momento volteo a mirar su verga y le lanzo un pico en el aire y lo miro a los ojos mientras me rio
Seguimos jugando, o al menos intentándolo. El partido en la Xbox se volvió caótico porque ellos dos estaban cada vez más distraídos. Sus vergas completamente erectas apuntaban hacia arriba, palpitando, gruesas venas marcadas recorriéndolas. Gotas de precum empezaban a caer sobre sus muslos oscuros y musculosos.
De repente, Tyrone soltó un gemido bajo y profundo.
—Mierda… estoy demasiado caliente…
Apenas dijo eso, su cuerpo se tensó. Su verga dio un par de latidos fuertes y, sin poder controlarlo, explotó. Chorros gruesos y blancos salieron disparados, cayendo sobre su la pantalla del tv marcado todo, sobre su pecho y hasta salpicando un poco el sofá. Se corrió fuerte, gruñendo, la cara contraída de placer y sorpresa.
—Casi al mismo tiempo, Jamal soltó el control.
—No… joder… —masculló.
Su polla también empezó a palpitar violentamente. Intentó parar, apretando la base, pero ya era tarde. Se corrió igual de rápido, chorros potentes que le cubrieron los abdominales y parte del short bajado. Los dos se quedaron allí, respirando agitados, sus vergas todavía duras pero goteando los últimos restos, mirando sus propios cuerpos manchados con cara de frustración.
Tyrone fue el primero en enojarse.
—¡¿Qué carajo?! —gruñó, golpeando el sofá con la mano libre—. Ni siquiera me tocaste y ya me corrí como un puto adolescente. Esto es tu culpa, wey.
Jamal, con el pecho subiendo y bajando, también se veía molesto consigo mismo. Su verga aún semi-dura seguía latiendo, otra gota cayendo.
—Joder, sí… mirá esto. Dos minutos de verte ahí sentado y ya estamos hechos mierda. Parecemos novatos.
Yo no pude evitar reírme, aunque por dentro estaba ardiendo. Ver a esos dos gigantes negros, fuertes, famosos y super guapos, corridos tan rápido solo por mostrarme sus vergas me ponía increíblemente cachondo.
—¿Tan rápido, cracks? —les dije con tono provocador, dejando el control a un lado—. ¿Y eso que son los más famosos del equipo? Pensé que aguantaban más.
Tyrone me miró con los ojos entrecerrados, todavía respirando fuerte.
—Cállate, chiquito. Esto es porque llevamos semanas con vos haciendo el difícil. Me tenés las bolas llenas desde el miércoles.
Jamal se limpió un poco el abdomen con la camiseta, pero seguía enojado.
—Ni siquiera llegamos a calentar… Mierda, me siento ridículo. Mirá cómo estoy todo pringado.
Se quedaron allí un momento, refunfuñando, limpiándose con toallas que fui a buscar riéndome. Pero sus vergas no bajaron del todo. Seguían pesadas y semi-duras entre sus piernas, como si el enojo mismo las mantuviera excitadas.
—Esto no se va a quedar así —dijo Tyrone, mirándome fijo—. La próxima no me corro tan fácil. Te voy a hacer rogar.
Jamal asintió, todavía limpiándose el pecho musculoso.
—Exacto. Hoy vamos a seguir jugando… pero sin corrernos hasta que vos decidas tocar, cabrón.
El resto de la tarde fue una tortura deliciosa. Volvieron a sacar sus vergas mientras jugábamos otra partida, pero esta vez intentaban controlarse. Cada vez que yo hacía un comentario provocador o los miraba de reojo, ellos gruñían y se apretaban la base, frustrados. Sus cuerpos sudados, grandes y fuertes, llenaban el sofá. El olor a semen fresco y a hombre seguía en el aire.
En un momento, Tyrone se acercó más y me rozó la oreja con los labios.
—Algún día vas a pagar por esto… y te vamos a llenar hasta que no puedas caminar.
Yo solo sonreí y seguí jugando, manteniendo el juego.
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