Hubo un momento, como le ocurre a todo hombre, en que dejé de jugar con juguetes y empecé a ver a las mujeres de mi entorno de otra manera. Dejé de verlas simplemente como mujeres y comencé a notar sus piernas, sus nalgas, su cintura y sus pechos. Eso me pasó desde la escuela: sus cuerpos me tenían cautivado, sin poder apartar la mirada. La belleza y la sensualidad de las mujeres eran tan cautivadoras como excitantes: lo que más me llamaba la atención era su rostro y su cuerpo… o al menos eso creía yo. Hasta que, inevitablemente, cuando los cambios en mi cuerpo comenzaron a aparecer —de niño a adolescente, y de adolescente a hombre—, lo primero que empecé a notar fueron las nalgas, la cintura y los pechos de mi mamá.

Siempre admiré y amé la forma de ser de mi mamá: una mujer bellísima a la que he adorado con todo mi corazón desde pequeño. Al ser ella la primera mujer que me cuidó, que me atendió, que veía caminar de un lado a otro en casa… y con la que a veces dormía, era inevitable dejar de verla solo como mi madre. Y así, sin esperarlo, llegó el momento en que comencé a mirarla… y a desearla también como mujer.

Siempre vi y he mirado a mi mamá por años moverse con libertad en casa. Y eso, momento a momento, me permitía apreciarla de formas que antes no entendí: vestida ligera, con blusas y shorts cortos, sin sostén debajo… Y cuando esos pequeños descuidos ocurrían, cuando mi mamá se agachaba frente a mí… ustedes me entienden. Era inevitable no admirar su cuerpo de mujer: sus curvas, su cintura, su escote… y la redondez plena, perfecta y sensual de sus pechos. Pero qué hermosos pechos y qué nalgas tan redondas ha tenido toda la vida mi mamá. Y con el paso del tiempo, con los años… mi mamá se iba poniendo cada vez más hermosa, cada vez más mujer. Y lo que más disfrutaba yo, como hombre a pesar de ser su hijo… era ver cómo, al caminar frente a mí, la ropa se le iba metiendo entre sus nalgas, marcándolas, revelando su forma completa… y yo ahí, sin poder apartar la vista, devorándola con la mirada.

El ambiente se tensó de golpe, y cayó un silencio denso entre nosotros. Mis ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo, admirando su belleza de mujer: sus curvas suaves, sus piernas esbeltas… y cómo la tela de su short ajustado se apretaba entre ellas. Seguí subiendo la mirada despacio: sus caderas anchas y firmes, su cintura… y luego sus pechos, redondos y altos, que se marcaban bajo su blusa. Cuando mi madre comprendió que la observaba con detenimiento, se sonrojó profundamente. Me sostuvo la mirada, fija y temblorosa, y me dijo con voz entrecortada:

—Te dije que no me miraras así… esto no es correcto.

Se giró de lado, cruzó y apretó sus piernas instintivamente, y llevó ambas manos hasta sus pechos como queriendo cubrirse. Pero entonces… ella también comenzó a mirarme. Me recorrió despacio, de arriba abajo, escaneando mi cuerpo: ya no el de su niño, sino el de un hombre. Y en ese cruce de miradas, en ese silencio compartido… los dos perdimos el aliento