Al atardecer, los dos solos en la alberca…
El sol ya se estaba escondiendo lentamente, tiñendo todo de ese color dorado cálido que se clava en el agua y baila suavemente sobre nuestras pieles. Alrededor de la alberca se alzaban palmeras altas y esbeltas, cuyas copas se mecían despacio con la brisa suave, y de ellas colgaban los cocos redondos y firmes, oscureciéndose apenas bajo la luz que se apagaba poco a poco. A un costado se veía un pequeño kiosco rústico, construido para asar carne y compartir comidas, con su techo y su espacio abierto que ahora permanecía tranquilo, esperando. Y más allá, una fuente encendida arrojaba su agua en un suave murmullo, cayendo una y otra vez con un sonido que parecía acompañar el ritmo de nuestros latidos. Luces tenues y cálidas se esparcían por todo el recinto, bañando el agua y nuestras pieles con un brillo suave y dorado, mientras el cielo, limpio y hermoso, se teñía de colores profundos y hermosos. El aire era fresco y agradable, ni calor ni frío, solo esa temperatura perfecta que acaricia la piel y hace que todo se sienta bien, tranquilo… y mágico.
Estábamos tú y yo, solos, adentro de la alberca; el agua nos llegaba justo al pecho, clara y tibia, y el silencio era solo roto por el chapoteo suave cuando nos movíamos despacio. La fuente seguía cantando suavemente a lo lejos, y las luces nos envolvían como si quisieran protegernos del mundo entero. No había nadie más. Solo nosotros dos, el agua, la luz y ese cielo que nos miraba en silencio.
Me acerqué despacito a ti, mi hijo… muy despacio, como si temiera que el momento se rompiera si me movía de prisa. Y quedé frente a frente, tan cerca que podía sentir tu respiración tibia mezclándose con la mía. El agua nos rodeaba, tibia y suave, como si nos abrazara ella también. Te miré a los ojos, y en la luz dorada del atardecer vi cómo me mirabas… con ese deseo que ya no podías esconder, ese brillo en tu mirada que me decía todo lo que tus labios aún no se atrevían a pronunciar.
—¿Te gusta estar así, solo conmigo, hijo mío? —te susurré bajito, casi sin voz, mientras acercaba mi cuerpo un poquito más al tuyo, sintiendo cómo tu piel se erizaba al contacto con la mía bajo el agua tibia—. ¿Te gusta que estemos solos… tú y yo… lejos de todo?
Te quedaste sin palabras, solo me mirabas… y tus ojos lo decían todo. Tus manos se movieron despacio bajo el agua, buscándome, dudando un instante antes de posarse en mí, y yo… yo no me aparté ni un milímetro. Dejé
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