Nunca pensé que escribiría algo así. Durante mucho tiempo me guardé esta historia porque me avergonzaba incluso admitir lo que sentí en aquel momento. No ocurrió nada entre nosotros, ni siquiera algo cercano. Todo sucedió en mi cabeza, en mis pensamientos y en mis sueños, pero fue tan intenso que durante meses no pude dejar de darle vueltas.

Yo tenía veinticuatro años cuando pasó. Mi tía Clara llevaba poco más de un año saliendo con Valentina. La primera vez que la conocí fue en una comida familiar de domingo. Recuerdo perfectamente aquel día porque, aunque todos parecían verla como una invitada más, yo tuve la sensación de que su presencia llenaba la habitación.

No era únicamente por su aspecto. Había algo en su forma de hablar, de escuchar y de relacionarse con los demás que llamaba la atención. Mientras algunas personas intentan ser el centro de todo, ella parecía conseguirlo sin esfuerzo. Siempre tenía una historia interesante que contar o una pregunta que hacía que la conversación tomara un rumbo inesperado.

Al principio no le di importancia. Pensé que simplemente me había caído bien. Sin embargo, durante las semanas siguientes coincidimos en varias reuniones familiares y empecé a notar que esperaba esos encuentros con más entusiasmo del habitual.

Cuando llegaba a casa después de verla, me sorprendía recordando detalles absurdamente específicos: alguna frase que había dicho, una broma que había hecho o incluso la forma en que sonreía cuando alguien contaba algo divertido.

Eso empezó a preocuparme.

Sabía perfectamente quién era ella. Era la pareja de mi tía. Además, nunca me había dado ningún motivo para pensar que existiera algo más que una relación cordial entre nosotros. Aun así, mi imaginación parecía empeñada en construir historias que no tenían nada que ver con la realidad.

Intenté convencerme de que aquello era una tontería pasajera.

Pero una noche tuve un sueño.

Recuerdo que estaba caminando junto a ella por una playa casi vacía. El cielo tenía ese color anaranjado que aparece justo antes del anochecer. Hablábamos durante horas. No recuerdo exactamente de qué, pero sí la sensación que me producía. Era como si me entendiera completamente, como si pudiera decir cualquier cosa sin miedo a ser juzgado.

Cuando desperté, me quedé varios minutos mirando el techo de mi habitación.

Lo extraño no era el sueño en sí. Todos soñamos cosas raras. Lo extraño era lo real que había parecido. Durante unos segundos me costó distinguir entre lo que había ocurrido y lo que había imaginado.

A partir de entonces tuve más sueños parecidos.

Nunca eran iguales. Algunas veces aparecíamos conversando en una cafetería. Otras veces viajábamos en tren por alguna ciudad desconocida. Siempre existía una sensación de cercanía emocional que parecía auténtica.

Y cada mañana me despertaba con una mezcla de emociones difíciles de explicar.

Por un lado, me sentía feliz por haber vivido algo tan vívido en mis sueños.

Por otro, me sentía culpable.

Sabía que aquellas fantasías no tenían nada que ver con la realidad.

Con el paso de los meses comprendí algo que entonces no veía con claridad. Mi obsesión no tenía tanto que ver con Valentina como persona, sino con lo que ella representaba para mí.

En aquella época yo me sentía perdido.

No estaba satisfecho con mi trabajo. No tenía una relación sentimental estable. Muchos de mis amigos estaban construyendo sus propias vidas y yo sentía que me había quedado atrás.

Valentina parecía representar todo lo contrario.

Seguridad.

Madurez.

Confianza.

Cuando hablaba con ella, sentía que estaba frente a alguien que tenía las cosas claras. Y creo que, sin darme cuenta, convertí esa admiración en algo más grande dentro de mi imaginación.

Un día sucedió algo que terminó cambiando mi perspectiva.

Estábamos todos reunidos en una comida familiar y en algún momento me quedé hablando a solas con ella en la cocina mientras preparábamos café.

La conversación fue completamente normal.

Hablamos sobre trabajo, sobre libros y sobre algunos planes que ella tenía para el futuro.

Sin embargo, hubo un momento en que me di cuenta de algo.

La persona que tenía delante no era el personaje idealizado que existía en mis sueños.

Era una persona real.

Con dudas.

Con inseguridades.

Con problemas que yo desconocía.

Y de repente toda aquella fantasía empezó a perder fuerza.

No porque dejara de admirarla, sino porque entendí que había estado proyectando sobre ella muchas cosas que en realidad pertenecían a mis propios deseos y necesidades.

Aquella noche regresé a casa pensando en eso.

Por primera vez en mucho tiempo no tuve ningún sueño extraño.

Y fue entonces cuando comprendí algo importante.

A veces las personas que aparecen en nuestras fantasías no son realmente el objetivo de esas fantasías. Muchas veces representan aquello que creemos que nos falta o aquello que estamos buscando en nuestra propia vida.

Hoy, varios años después, sigo recordando aquella etapa con cierta vergüenza, pero también con una sonrisa.

Porque, aunque durante mucho tiempo pensé que aquella historia trataba sobre Valentina, con el paso de los años entendí que en realidad trataba sobre mí y sobre la persona que estaba intentando convertirme.