Las fotos de Jaime ya formaban parte de nuestras noches. Ricardo la tocó en el carro. Cogimos con gente cerca y hasta nos paró la policía. Pero lo más fuerte fue la noche en que le pedí que me humillara… y ella, entre vergüenza y excitación, lo hizo. Ya no éramos los mismos cuando nos casamos.
Después de que Jaime mandó el segundo pack, la cosa ya no volvió a ser igual. Esas fotos y el video de quince segundos se volvieron parte fija de nuestras noches. Yo las tenía guardadas en una carpeta escondida del celular. Cuando estábamos cogiendo, en cualquier momento sacaba el teléfono, se lo ponía enfrente de la cara y le hablaba bajito al oído mientras la penetraba despacio.
—Míralo bien… se nota que es casi el doble.
—La mía llega a lo normalito, trece, catorce, quince centímetros… esa se ve de otro nivel.
—¿Te imaginas sintiéndola completa? ¿Te imaginas cómo te estiraría?
Al principio ella cerraba los ojos o apartaba la cara. Después ya no. Se quedaba mirando la pantalla mientras yo la cogía y gemía más fuerte de lo normal. Los orgasmos le empezaron a salir distintos: más largos, más temblorosos, a veces casi con ganas de llorar. Yo lo notaba y me calentaba todavía más. Había noches en las que solo con mostrarle dos o tres fotos de Jaime y hablarle al oído ella se venía antes de que yo acelerara.
La plática con Jaime se volvió casi diaria. Ya no solo pasaba cuando estábamos en la cama fumando. A cualquier hora yo le preguntaba:
—¿Le has escrito hoy?
A veces decía que sí, a veces que no. Cuando decía que no, yo insistía hasta que agarraba el celular. La resistencia seguía existiendo, pero cada vez duraba menos. Jaime seguía pidiendo fotos de las tangas puestas. Ella se negaba una y otra vez. Hasta que un día, después de mucho rato de mensajes, él cambió de estrategia:
Jaime: Está bien, no me mandes las tuyas.
Jaime: Mejor dime si quieres que te mande más de las mías.
Luz me mostró el mensaje. Yo le dije que le contestara que sí. Minutos después llegaron varias fotos nuevas y otro video corto. En una se veía de frente, agarrándose la verga con las dos manos. En otra estaba de lado, bien dura, y se notaba todavía más el grosor. Luz se quedó callada mirándolas. Yo me puse detrás de ella, le bajé el pantalón y se la metí ahí mismo, de pie, mientras le mostraba las fotos una por una.
—Dime la verdad… se te antoja.
No contestó con la boca. Contestó con el cuerpo. Se vino apretándome fuerte y temblando.
Por esos días también seguíamos saliendo con Juan y Ricardo. Una noche, ya de regreso en el cuarto, Luz se quedó callada un rato y de repente me dijo:
—Tengo que contarte algo.
Resultó que la noche anterior, mientras íbamos en el carro, Ricardo iba atrás de ella. Empezó a pasar la mano por el espacio que quedaba entre el asiento y la puerta. Primero le tocó la pierna. Ella se quedó quieta. Después subió un poco más, a la cintura. Luego al brazo. Según me contó, estuvo así un buen rato: tocaba, dejaba de tocar, volvía a tocar. Unas cuantas veces intentó bajar hacia adentro del muslo y ella le regresaba la mano. Casi al final del camino, cuando ya estábamos cerca de la casa, le agarró el pecho. Como siempre andaba sin brasier, lo sintió completo. Ella me dijo que no gritó ni hizo un escándalo porque era mi primo y no quería que se armara un pleito. Solo se dejó, quieta, hasta que llegamos.
Cuando me lo contó sentí una mezcla rara: celos, enojo y una excitación que no quería admitir. Le pregunté que por qué no me había dicho en el momento. Me contestó que tenía miedo de que yo reaccionara mal ahí mismo, con ellos adentro del carro. Esa noche la cogí pensando en la mano de Ricardo sobre su pecho y se me hizo más intenso de lo normal.
También empezamos a arriesgarnos más en la calle. Una de las primeras veces fue en la arboleda, ese lugar donde entras con el carro, te venden alcohol y siempre hay gente. Esa noche íbamos bien metidos en el cristal. Me la llevé al asiento de atrás y empezamos a besarnos y a meternos mano. En poco tiempo ya la estaba cogiendo. Afuera se oían voces, risas, pasos. Varias veces pasaron personas justo al lado de las ventanas. Estoy seguro de que más de uno se dio cuenta de lo que estaba pasando adentro. A Luz le dio miedo al principio, pero el cristal y el morbo pudieron más. Se vino con el labio apretado para no gritar demasiado.
Eso se repitió un par de veces más en otros lugares. Una de las más fuertes fue de día, cerca de la carretera, justo antes de entrar al centro de la ciudad. Íbamos en el carro y de pronto, sin avisar, Luz se agachó y me empezó a chupar. Me estacioné a unos metros de la carretera, en una zona bastante despejada. Ella siguió. Yo le metí la mano por debajo de la blusa, le bajé un poco el pantalón y terminé acomodándola de misionero en el asiento del copiloto. Estábamos casi desnudos cuando tocaron el vidrio.
Eran seis policías estatales. Nos rodearon. Tuvimos que vestirnos como pudimos mientras ellos miraban. Luz, molesta, le dijo a uno que se quitara del lado de la ventana porque no la dejaba acomodarse. Al final nos dejaron ir, pero nos costó trabajo. Incluso les tuvimos que pedir que “echaran paro”. Esa vez sí nos asustamos de verdad… pero también nos calentó de una forma extraña. En los días siguientes lo recordábamos y terminábamos cogiendo más fuerte.
La noche más pesada de toda esa época llegó unas semanas después.
Estábamos solos en el cuarto. Habíamos fumado bastante y el cristal ya nos tenía los sentidos afilados. Llevábamos rato cogiendo. Yo estaba profundamente obsesionado con una idea que me daba vueltas desde hacía semanas: quería que ella tomara el control de verdad, que me hablara sucio, que me bajara de la posición de marido y me pusiera en otro lugar. No me bastaba con que aceptara lo que yo le pedía. Quería oírla a ella empujándome hacia abajo.
Empecé a decírselo mientras la penetraba con fuerza.
—Esta noche quiero que me hables diferente…
—Quiero que me trates como si yo no fuera tu marido…
—Quiero que me humilles.
Luz soltó una risa nerviosa y me miró como si estuviera loco.
—No sé hacer eso… se siente bien raro.
—Sí sabes. Nada más suéltate. Dime cosas feas. Dime que mi verga no te alcanza. Dime que necesitas una más grande.
Seguí empujando. Cada vez más caliente, casi rogando. Le pedía que me hablara como si en ese mismo momento me estuviera poniendo los cuernos. Ella negaba con la cabeza, me tapaba la boca, decía que no. Pero yo no paraba. Le susurraba más fuerte, más claro:
—Dime que te gusta la idea de que otro se venga adentro de ti…
—Dime que me vas a hacer limpiarte después…
—Dime que mi verga ya no te basta.
Al principio solo contestaba con “no” y “qué te pasa”. Después, cuando ya estaba empapada y el cuerpo le temblaba, algo se rompió. Empezó a soltar frases cortas, casi probando el sabor de las palabras:
—¿Te gustaría… que te pusiera los cuernos…?
Yo asentí con fuerza, sin dejar de cogérmela.
—Dilo completo —le ordené casi en un susurro.
Ella cerró los ojos y habló más bajo, más sucio:
—¿Te gustaría que me cogiera otro sin condón… y después te hiciera limpiarme con la lengua…?
Se me puso todavía más dura. Le dije que no parara. Ella dudó unos segundos, respirando agitada, y entonces se inclinó hasta mi oreja y empezó a soltar todo lo que yo le había estado pidiendo durante semanas:
—Te voy a tener mirando desde la puerta mientras me la meten…
—Te voy a poner debajo de mí después para que me limpies…
—Voy a tener un amante fijo… uno que venga todas las noches a usarme… y tú solo vas a poder escuchar…
—Ya no te voy a dejar metérmela… solo me la vas a chupar cuando él se haya venido adentro…
—Si te portas bien… tal vez te deje correrte en mi mano… pero nada más…
Yo estaba perdido. Le pedí más. Ella, entre vergüenza y una excitación que ya no podía disimular, se bajó de encima, me volteó de lado y me dio la primera nalgada seca.
—Así te voy a tener… quieto… mirando…
Otra nalgada, más fuerte.
—Así te voy a dejar… con las ganas…
Tercera nalgada.
—Tú nada más vas a limpiar… y a agradecer que te deje hacerlo…
Me hablaba al oído mientras me nalgueaba y yo solo podía gemir. Le pedí que me montara de nuevo. Lo hizo, pero esta vez se sentó más arriba, casi sobre mi cara, y me sujetó la cabeza con las dos manos.
—Así te quiero… debajo… oliéndome… sabiendo que otro ya me usó…
Me restregó un poco contra la boca. Yo saqué la lengua. Ella se rio bajito, nerviosa y caliente al mismo tiempo, y me dejó lamerla unos segundos mientras me seguía hablando:
—Imagínate que esto no es mío… imagínate que es de él… que me la llenó y ahora te toca a ti limpiar…
Me corrí de una forma que casi me da vergüenza. Casi sin que me tocara la verga. Solo de oírla y de tenerla encima de la cara. El semen me salió a chorros contra mi propio estómago. Ella se quedó quieta unos segundos, respirando fuerte, mirándome como si ella misma no pudiera creer lo que acababa de hacer y decir. Después se tapó la cara con las manos y soltó una risa nerviosa.
—No vuelvas a pedirme eso… se siente demasiado raro…
Pero no se bajó de inmediato. Y yo supe, en ese preciso momento, que aunque dijera que no… algo dentro de ella también se había movido.
En los días siguientes no repetimos la escena completa. Ella se avergonzaba cuando yo le recordaba alguna frase. Pero de vez en cuando, cuando el cristal y el sexo nos tenían bien metidos, volvía a soltar algún comentario de ese estilo. Y cada vez que lo hacía, a mí se me disparaba la cabeza de una forma que ya no podía controlar.
Así llegamos a finales de 2011. Ya no éramos la misma pareja que había empezado la unión libre. Luz seguía siendo la chica buena, amigable y fiestera de siempre… pero ahora aceptaba cosas que un año atrás ni siquiera habría escuchado. Y yo ya no podía parar de empujar.
El 22 de diciembre de 2011 nos casamos.
Yo tenía la ilusión de que el matrimonio iba a calmar un poco todo esto.
Estaba muy equivocado.
El 22 de diciembre de 2011 nos casamos.
Yo pensé que el matrimonio iba a calmar un poco todo esto.
Estaba muy equivocado.
En el siguiente relato empieza lo que vino después de la boda… y créanme que la intensidad solo subió.
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