Capítulo 2

Capítulos de la serie:

Me dormí a tu lado, rendido. De repente, escucho tu voz llamando a recepción.

—Hielo y fuego —pediste.

Mire el reloj. Ya había pasado un par de horas.

—Buenos días —me dijiste con voz sonriente.

Caí rendida, no me acordaba de nada.

—¿No jodas? —pensé.

Un frío atravesó todo mi cuerpo. Te echaste encima de mí, casi pegando tus labios con los míos.

—Perdón, de verdad, perdón —me dijiste—. ¿Por qué? ¿Por qué después de tu pedazo mamada me dormí y no me acuerdo de nada?

Sonriendo, te dije:

—No pasó nada más.

Anda, me te quedaste sin follarme?.

—¿No me lo creo? —preguntaste.

Te metiste unos dedos dentro de tu coño.

—¿Será verdad? —dudaste.

Cogí tu mano y me llevé tu mano mojada a la boca, lamiendo lentamente la humedad de tus dedos.

Justo en ese momento tocaron la puerta: el agua y los hielos.

—¡Bien! —gritaste entre dientes.

De un empujón me hiciste quedar totalmente tumbada en la cama.

—Ahora me toca a mí —dijiste.

Bebiste un trago de agua y empezaste a escupirla lentamente sobre mis partes íntimas.

—Quiet —me ordenaste.

Confías en mí. Te colocas encima mía, enseñándome el culo. Pero, ¿cómo? Como mucho llegaría a tocar… Coges un hielo, vuelves a beber. Te giras, subes a mis labios y sueltas un pequeño buche.

Bajando lentamente, vas dejando gotear, como si de una cañería rota se tratara, el agua fría sobre mi cuello, mis pezones. Guardas tu último sorbo para morderme y prestarme el hielo que tanto me estaba haciendo disfrutar. Lo derretimos entre nuestras lenguas y vas a por más. Casi no te cabía una gota.

¡Cabrona provocativa! Habías encontrado el alma de mi zapato. Te giraste de nuevo.—Ummmm…

Empezaste a soltar ese agua helada sobre mis genitales mientras, decidida y de una, te dispusiste a comerme lentamente. Pude notar como entraba hasta lo más profundo de tu garganta. Buscaste mis manos y las colocaste encima de tus nalgas, enseñándome que querías que te las golpeara.

*¡Plaff!* Sonido fuerte. Te arqueas hasta quedarte solo unos pocos milímetros de pene dentro de ti.

*¡Plaffff!* Otro fuerte azote. Te hace soltarme y soltar un gemido brutal. Te echas más pa’lante y robes mi pene helado, empapado sobre tus labios, mientras me dices:

—¿Quieres más?

Y callada, introduces unos milímetros y preguntas:

—¿Te he dicho si quieres más?

Al no contestarte, de una tajante me dijiste:

—¿No quieres jugar?

Yo seguía haciéndome el duro, quería ver hasta dónde querías llegar. Te introduces de golpe hasta el fondo. Mi polla te provocó una arcada y me dijiste:

—Entonces, a trabajar.

Subiste sin decir palabra, un poco decepcionada porque seguro esperabas algo más. Y ahí, chula y determinante, te sentaste encima de mi boca sin apenas dejarme hueco para respirar. Tu cadera contoneaba, embujando hacia abajo. Si la diera igual lo que yo hiciera, ya arriba, ya abajo…

apretabas tus labios vaginales con una violencia tal que casi ni mi lengua dejaba entrar.

Entonces coloqué mis manos en la parte de tu espalda. Abrí fuerte la boca; no quería que se perdiera ni una gota más de ti. Tu leche me chorreaba por la barbilla, bajaba por mi cuello, mientras te corrías duro, una y otra vez. Perdí la cuenta y por un momento no sabía qué era ficción o qué realidad. Mientras aún palpabas como una loca, con las piernas que te costaba sostenerte de tanto calambre, bajaste a mi cuello y empiezas a lamerme, empapado de ti. Sonreías. «Jjjj», mientras tu cuerpo no paraba de contonearse.

Subes hasta mi boca y me dices, con vello:

—Miguel… ¿de verdad eres así?

Suelto una carcajada.

—¿No quieres jugar? ¿Es por mí? —me dites a la que te digo, chalada—. Me tienes loco con tus jugadas. Me flipas, me gustas, me encantas, pero por días me quieres follar… ya que me van a explotar los huevos de la tensión que me tienes. Así me dices, «jajajaja», mándame un mail.

Te incorporas, haces como que te vas a levantar. No me lo puedo creer. ¿Primero la borrachera y ahora qué?Me miras, coges el poquito hielo que te queda y te lo metes dentro. En ese momento fue cuando pensé: «Te gusta el frío, ¿eh?».

Te subes encima de mí, la agarras con firmeza, como si te fuera a escapar, y la metes hasta dentro mientras sueltas un gemido que me hace temblar.

—No puede ser… —pienso—. ¡Noto como el calor me invade!

—Firme —me dites—. ¿Te gusta?

—Sí, sí —te digo mientras me corro como un bebé a los cuatro meneos de entrar dentro de ti.

Sonríes.

Yo, tímido, pensando: «Cagada, no duré nada». Normal, como me tenías.

Seguías bailando encima de mí, mordiéndote los labios, empiezas a gemir.

—Toma… tomaaaaa… —gritas fuerte.

¡Para ti! Mientras un dolor se mezclaba con placer, no me dejaba parar.

—¡Duele! —me dice—, mientras sí… Para, poquito, por favor.

A la que ya, como si de una carrera de corta distancia se tratara, empezaste a sacar tu mejor repertorio de movimientos. ¡Qué brutalidad!

—¡Grita! —me dice—, ¡dame uno más!

Mientras gritas: «Me vuelvo a correrrrrrrr… Papi, dame uno más».

Una explosión enorme. Sentí que se me partían los cojones de la dureza de ese orgasmo. Se tumbó encima mía y, temblando, me dijo:

—Así, síiiii, verdad… Así… Siénteme tuya.

Dibujando tu piel

Dibujando tu piel