Me llamo Lucía y tengo un secreto inconfesable.
Todo empezó hace dos años, yo tenía 18 y mi hermano mayor, Iker, tenía 20.
Mis padres solían irse los fines de semana a la casa de la montaña, nosotros nos quedábamos en casa con la excusa de los estudios, y aprovechábamos para traer amigos y ver películas.
Hubo una noche que llovía mucho, llegó mi mejor amiga, Paula, y el mejor amigo de mi hermano: Daniel.
Hicimos unas pizzas en el horno y nos pusimos a ver la televisión, estuvimos un rato viendo una película.
Cuando ya estábamos por irnos a dormir, mi hermano y yo recogimos y en la cocina soltó:
—¿Sabes? Siempre he pensado que le gustas a Daniel. ¿A ti te gusta?
—¿Perdón? Tu amigo no es para nada mi tipo. Más bien creo que a ti te gusta Paula.
—Pues para nada. ¡Y no desvíes la atención!
Me reí y dejé esa conversación en el aire. Al llegar al salón, nuestros amigos estaban dormidos en el sofá. Apagué la tele y puse rumbo a mi habitación. Noté una presencia tras de mí, estaba segura de que era mi hermano. Me giré molesta porque él sabe perfectamente que odio que entre en mi habitación. No era él. Era Daniel.
—¿Qué haces? ¿Por qué me sigues? Me has asustado.
—Vengo a dormir contigo.
Dijo Daniel mientras acercaba su boca a la mía. Me tocó los pechos y empezó a besarme.
—¡Para! ¡Apártate!
Grité bruscamente.
Empezamos a forcejear, rajó mi camiseta al estirar de ella. En ese momento yo no era consciente de la situación, solo quería quitármelo de encima.
—Daniel, ¡basta! ¡Sal de aquí!
Grité mientras él no dejaba de insistir en tocarme.
De repente, apareció mi hermano. Sinceramente no sé ni de dónde salió. Apareció de la nada. Apartó a Daniel, lo tiró al suelo y lo golpeó en la cara más de una vez.
—¡Vete de aquí si no quieres que te mate!
Gritó mi hermano con una agresividad en su rostro que no había visto antes. Yo estaba bloqueada, me costaba articular palabra. Empecé a entender lo que acababa de pasar.
Paula se despertó y vino a mi habitación. Vio a Daniel en el suelo, nos miró, miró mi camiseta rasgada y nos preguntó con la voz rota:
—¿Qué… qué coño ha pasado aquí?
Dijo mientras miraba con odio a Daniel.
—Paula, por favor saca de la habitación a este cobarde.
Dijo mi hermano con una elegancia y serenidad increíbles.
Daniel se levantó, le sangraba la nariz y me miró fijamente mientras abandonaba la habitación. Paula salió tras él.
Iker se quedó pensativo. Se sentó en mi cama y sin mirarme a la cara dijo:
—Debemos llamar a la policía. Hay que hacerlo.
No supe qué decir. Me senté a su lado, no me di cuenta de que estaba temblando hasta que él puso su mano sobre la mía.
—Has llegado a tiempo. Estoy bien.
Dije casi en piloto automático. Intentando autoconvencerme.
Iker me miró. Miró mi camiseta. Volvió a mirarme a los ojos. Y con lágrimas en los ojos me dijo:
—No soporto la idea de que hayas vivido esto. Necesito matarlo. No puedo verte temblar.
—Deja que se vaya. Quiero que se vaya.
Le pedí casi suplicando.
En ese momento alguien golpeó la puerta. Pegué un bote del susto. Mi hermano fue corriendo, estoy segura de que si hubiera sido Daniel lo hubiera matado. Era Paula.
—Chicos, Daniel se ha ido. ¿Me contáis qué está pasando?
—Está bien, Paula. Mañana lo arreglaremos. Vete a la habitación de invitados. Lucía necesita dormir.
Dijo Iker con voz protectora.
Paula salió de la habitación, vi la impotencia en su rostro pero no tenía fuerzas para explicarle que mi hermano acababa de salvarme del despreciable de su amigo.
—Hay que denunciarlo.
Insistió mi hermano mientras cerraba la puerta tras salir Paula.
—Yo lo que necesito es ducharme. No puedo con esta sensación.
—Eso es lo último que se debe hacer en una situación así.
—No me ha tocado, Iker. Voy a ducharme. Lo necesito.
Cogí un pijama limpio, ropa interior y me fui al baño.
Al salir, mi hermano estaba en la puerta como si fuera un guardaespaldas.
—Me voy a dormir.
Dije con voz cansada.
—Estaré en la habitación de al lado. Dejo la puerta abierta.
Dijo Iker con tono de preocupación.
Seguí andando hacia mi habitación. Algo me decía que me daba miedo cruzar la puerta.
—Iker, ¿duermes esta noche conmigo?
Lo solté sin pensar. Algo en mí necesitaba su compañía.
Antes de acabar la pregunta Iker ya estaba de camino a mi habitación. Parecía que esperaba que se lo pidiera.
Esperó pacientemente a que me tumbara, me arropó y se tumbó al otro lado.
Al apagar la luz sabía que ambos no dormiríamos esa noche. Se notaba la tensión.
Oí sus sollozos, intentaba ahogarlos bajo sus manos para que no los escuchara.
Me giré y acaricié su rostro.
—Estoy bien. Estoy aquí y estoy bien.
Intenté convencerlo.
Él comenzó a llorar sin consuelo.
—Es culpa mía. No debí invitarlo a casa. No me imaginé jamás que haría algo así. Debería haberlo matado.
—Si no fuera por ti a saber qué habría pasado. Tú me has salvado, Iker. Desgraciadamente hay gente así.
Me miró profundamente a los ojos y dijo algo que jamás olvidaré:
—No soportaría vivir en un mundo donde tú sufras. Necesito que entiendas que todos los hombres no somos así. El deseo no es eso.
—Lo sé. Solo necesito que se me vaya el miedo que he sentido. Me gusta que estés aquí.
—Pues nunca me dejas entrar en tu habitación.
Sonrió por fin.
—Iker, has dicho que el deseo no es «eso». ¿Qué es entonces el deseo? Explícamelo así pienso en otra cosa.
—El deseo es mirarte a los labios y necesitar besarlos. Es tenerte cerca y no querer separarte nunca. Es sentir que una cuerda invisible nos une.
Me quedé perpleja por cómo lo dijo. Sus ojos marrones tenían verdad. No era una frase hecha. Él lo había vivido. Por un momento pensé que lo decía por mí. La idea se borró rápido de mi cabeza.
Me acurruqué en sus fuertes brazos de gimnasio. Olía a crema de después del afeitado. Varonil y limpio.
Sentí que la ropa estorbaba. Sentí incluso que nuestros cuerpos estorbaban. Estaba sintiendo una conexión con mi hermano que jamás había sentido con nadie.
—Ojalá no fuéramos hermanos.
Una vez lo dije me di cuenta de que lo había dicho en voz alta.
—¿Por qué dices eso?
Preguntó Iker con curiosidad.
—Pues porque serías un novio perfecto.
Dije lamentándome.
—No puedo ser tu novio. Pero puedo acariciarte si quieres.
Dije que sí con la cabeza.
Iker pasó el dorso de su mano por mi brazo, llegó a mi vientre y empezó a acariciarme con firmeza. Me dio un beso en la cabeza.
Confieso que yo era virgen, pero sé reconocer perfectamente que si no hubiera sido mi hermano me hubiera lanzado a sus labios.
—Si no fueras mi hermano ya te habría besado.
Dije con tono burlón.
Iker dudó unos segundos y finalmente soltó con voz temblorosa:
—Yo creo que no pasa nada porque nos besemos si queremos.
Me lancé a sus labios. Fue un beso húmedo y apasionado. No sé cuánto duró pero noté que ninguno de los dos quería que acabara.
Me apartó delicadamente.
—¿Has visto? No pasa nada por un beso. Duérmete.
Me dijo de repente. Estaba claro que estaba incómodo, también estaba claro que lo deseaba tanto como yo.
—¿Lo deseabas?
Pregunté con voz dulce.
—Más de lo que quiero reconocer. Pero ni es correcto ni es la noche adecuada.
Volvió a poner esa cara de preocupación con la que había estado desde el incidente con Daniel.
Continuará… (y te encantará)
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